Lía Salcedo es una joven enfermera a cargo de los cuidados de Bautista Alcázar, un magnate que termino en coma debido a un accidente. Lo que no esperaba es que esa primera noche, el padre de Bautista pusiera una droga en la habitación con la intención de que su protegida, Renata, lograra quedar embarazada, pero, quien termino pasando la noche con Bautista fue Lía.
Así que lo que parecía un trabajo simple, se vuelve algo más peligroso, viéndose envuelta en disputas familiares, con la madre de Bautista tratando de protegerlo y su padre intentado que Renata conciba un hijo de Bautista usando cualquier medio para lograrlo. Mientras que Lía también lidia con su propia familia que quiere venderla. Pero, en medio de todo esto, se descubre que Lía está embarazada y Valeria la madre de Bautista, aprovechara esto para dejar fuera a Horacio y Renata.
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Capítulo 16
Capítulo 16
El rumor del “novio” de Lía no murió en la puerta de la Quinta.
Creció, cambió de ropa y aprendió a caminar por los pasillos.
Para el mediodía, medio personal decía que un hombre golpeado había venido a buscarla. Para la tarde, ya era un prometido abandonado. Para la noche, una historia de estafa, embarazo interesado y enfermera trepadora.
Lía escuchó dos versiones distintas mientras caminaba hasta el cuarto de Bautista.
No lloró.
Ya había llorado suficiente por gente que no merecía agua.
Daro la esperaba con cara seria.
—Piba, si querés que diga algo...
—No.
—Pero...
—No le debo explicaciones a los pasillos.
Bautista la oyó entrar. El silencio de Lía venía con filo.
En la mesa de noche había una nota de Valeria: “No escuches basura antes de desayunar”.
Lía la leyó dos veces.
—Tu mamá da órdenes hasta cuando intenta ser amable.
Daro miró el papel.
—Es su forma de abrazar sin tocar.
Lía lo guardó en el bolsillo del uniforme antes de darse cuenta de lo que hacía.
Ella se sentó junto a su cama.
—Tu casa habla mucho.
Él quiso decirle que no escuchara. Que la gente de servicio, la familia, los agregados, todos vivían de morder lo que no podían tener.
Pero no podía.
Lía le tomó la mano.
—Ese hombre no es mi novio. Mi mamá quiso venderme. Mi hermano aceptó. Braian pagó una seña como si yo fuera un auto usado.
La vergüenza le quemó más que la rabia.
Él también la había comprado, en cierto modo. Su familia la había convertido en contrato, vientre, riesgo controlado.
—No te lo cuento para darte lástima —siguió ella—. Ni sé si me escuchás. Pero si un día despertás y alguien te dice que yo soy una cualquiera, acordate de esto: a mí me empujaron muchas veces, pero todavía no me caí del todo.
La mano de Bautista, bajo la suya, tembló apenas.
Lía se quedó quieta.
—¿Fuiste vos?
Nada.
Ella miró la sábana, no su cara.
—No voy a armar circo. Ya hubo suficientes.
Bautista agradeció eso con una desesperación ridícula.
Esa misma tarde, Don Atilio pidió ver a Lía.
Valeria dijo que no.
Don Atilio apareció igual.
Entró al ala médica con Horacio detrás y Ramiro a un costado, más callado de lo habitual. Desde que Bruno había duplicado cámaras, Ramiro sonreía menos cerca de Lía.
—Quiero escuchar a la muchacha —dijo el viejo.
Valeria se cruzó de brazos.
—La muchacha tiene nombre, embarazo de riesgo inicial y cero obligación de entretenerlo.
Lía, desde la puerta del cuarto de Bautista, levantó la barbilla.
—Puedo hablar.
Valeria la miró como si quisiera retarla y protegerla a la vez.
Don Atilio apoyó ambas manos en el bastón.
—Tu familia vino a reclamarte.
—Mi familia vino a cobrarme.
Horacio frunció el ceño.
—No hace falta ponerse ordinaria.
—Ordinario es vender a una hija por deudas de un hijo.
Ramiro soltó una risa baja.
—Qué dramática.
Bruno apareció en el pasillo.
No dijo nada. Solo se quedó ahí.
Ramiro cerró la boca.
Bautista escuchó ese silencio nuevo y entendió algo: la amenaza no siempre necesitaba golpes. A veces bastaba con que alguien dispuesto a actuar estuviera mirando.
Don Atilio estudió a Lía.
—Una mujer con una familia así trae problemas.
—Una familia como esta también —contestó ella.
El bastón golpeó el piso.
—Cuidá el tono.
—Lo cuido bastante —dijo Lía—. Si no, estaría gritando.
Horacio hizo un gesto de fastidio.
—Valeria, esto es absurdo.
—Absurdo es que una embarazada tenga que explicar por qué no pertenece a un hombre que su familia quiso imponerle.
Valeria sonrió.
—No, Lía. No lo cuides tanto. Acá sobran hombres hablando con tonos horribles desde hace años.
Horacio miró a Valeria.
—Estás disfrutando esto.
—Estoy corrigiendo una costumbre.
La discusión no llegó a gritos. Bruno, Julián y dos custodios la mantuvieron en el borde justo. Don Atilio se fue con la dignidad herida; Horacio lo siguió; Ramiro quedó un segundo más.
Miró a Lía.
—Tuviste suerte.
Bruno dio un paso.
—Siga caminando, Ramiro.
Ramiro obedeció.
Eso fue pequeño, pero en esa casa lo pequeño podía ser enorme.
Lía entró al cuarto de Bautista y cerró la puerta.
—No me siento valiente —dijo—. Me siento cansada.
Daro, que acomodaba el suero, respondió sin mirarla.
—A veces se parecen.
—Te estás poniendo profundo.
—Me preocupa también.
Bautista quiso conservar esa escena. Lía cansada, Daro torpe, la puerta cerrada dejando afuera el veneno.
Más tarde, Mateo llegó con novedades legales.
—Braian recibió una notificación. Nico también. Si vuelven a acercarse, hay denuncia por hostigamiento y extorsión.
Lía apretó la manta entre los dedos.
—Mi mamá va a llamarme.
—Ya llamó —dijo Bruno desde la puerta.
Lía cerró los ojos.
—¿Qué dijo?
—Que estabas destruyendo a tu hermano.
—Claro.
Mateo dejó otro papel sobre la mesa.
—También pidió saber cuánto podían “ayudarte” los Alcázar para resolver el malentendido.
Lía se rió.
Una risa seca, fea.
—Ahí está mi familia.
El cuarto quedó incómodo.
Valeria, que había entrado sin que nadie la oyera, tomó el papel.
—No vas a responder.
—No pensaba.
—Bien.
Lía la miró.
—¿Y si arman escándalo público?
—Que lo armen. Yo sé hacer escándalos más caros.
Mateo, que revisaba el documento, agregó:
—Y más prolijos.
—Eso no consuela —dijo Lía.
—No era consuelo. Era advertencia para ellos.
Daro murmuró:
—Eso sí dio miedo lindo.
Lía, contra todo pronóstico, sonrió.
Por la noche, cuando todos se fueron, se quedó junto a Bautista.
—Si algún día este bebé pregunta por mi familia, voy a tener que explicarle que una madre también puede ser alguien de quien una se salva.
La frase salió sin dramatismo. Eso la hizo peor.
Bautista sintió otra vez ese impulso de mover la mano.
La movió apenas.
No lo suficiente para que ella lo viera.
Pero suficiente para que él supiera que el cuerpo ya no era una tumba cerrada.
Lía apagó la luz pequeña.
—Dormí. Yo también voy a intentarlo.
Él no durmió.
Se quedó trabajando en esa mínima victoria, como quien guarda fuego entre las manos.