✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Hombres libres
El cráter de piedra negra se transformó en un segundo en un caldero de horror y adrenalina. El siseo del viento del desierto fue reemplazado por un crujido metálico y sordo que hacía temblar la greda bajo las botas de los guerreros. Las tres masas de hierro frío líquido que habían brotado de la arena roja comenzaron a estirarse, ganando altura hasta doblar la estatura de un hombre común. Sus cuerpos no eran sólidos; el metal grisáceo fluía y cambiaba de forma constantemente, goteando un residuo espeso que congelaba la arena al contacto. En el lugar donde debían estar sus rostros, solo había dos rendijas de las que emanaba una neblina purpúrea y densa.
—¡¡FORMACIÓN DE DEFENSA!! —rugió Lin, y su voz profunda rebotó en los muros geométricos de la pirámide sepultada, devolviendo la rudeza militar a la unidad.
Ettore no esperó a que las bestias dieran el primer paso. Con la rapidez que lo caracterizaba, levantó su ballesta pesada, apuntó directo a la rendija del monstruo del centro y apretó el gatillo. La saeta pesada cruzó el aire con un silbido agudo y se hundió por completo en el rostro de la aberración. El impacto hizo que la cabeza de hierro líquido estallara en un borrón de gotas grises, pero la celebración duró menos de un suspiro. En un microsegundo, el metal derretido fluyó hacia arriba desde el pecho de la criatura, regenerando la cabeza y expulsando la saeta de plata como si fuera una simple astilla de madera rota.
—¡Maldita sea! —gritó Ettore, retrocediendo tres pasos rápidos mientras sus dedos se movían con desesperación para volver a tensar la cuerda—. ¡El hierro se traga los proyectiles, capitán! ¡No tiene un punto ciego que podamos perforar!
Marcos se lanzó al ataque por el flanco derecho, empuñando su machete pesado con las dos manos. El cazador veterano descargó un tajo horizontal y brutal contra el brazo extendido de la segunda aberración. El acero cortó la masa líquida con un estallido metálico ensordecedor que levantó chispas blancas, partiendo el miembro de hierro en dos. Pero antes de que el trozo cortado tocara el suelo, se transformó en un hilo flotante que regresó al cuerpo de la bestia, soldándose al instante. El monstruo respondió con un revés de su garra que impactó de lleno en el escudo de cuero de Marcos, astillando la madera y lanzando al veterano rodando por la arena carmesí.
—¡¡Marcos!! —chilló Vetmi, desenvainando su espada con las manos temblorosas por la adrenalina, pero manteniendo los pies firmes en su sector de la retaguardia.
El peligro real se cerró sobre Lin. La tercera aberración de hierro frío, la más grande de las tres, avanzó directamente hacia él. Al notar la luz dorada continua que emanaba de la palma derecha del capitán, la criatura soltó un silbido agudo, una frecuencia vibratoria que no viajó por el aire, sino que impactó directamente en el cerebro de Lin.
El cráter de piedra negra desapareció de golpe de los ojos del capitán.
El peso del sol del mediodía se transformó en una neblina helada que olía a incienso rancio y a la brea de las antorchas del Cónclave. Lin sintió que sus ropas se volvían rígidas, transformándose en la pesada armadura blanca de la Guardia Inmaculada que había usado durante años. Frente a él, en un pasillo de mármol que goteaba un carmesí espeso, empezaron a emerger los rostros de sus antiguos fantasmas: hombres y mujeres jóvenes de la Cúpula Blanca, curanderos del valle e inmortales proscritos a los que él mismo les había cortado la respiración bajo los dogmas corruptos de Quirno.
—Eres un verdugo, Lin… —susurró la voz alucinatoria de un joven hechicero cuyos ojos fijos en la nada recordaban a la muerte—. Limpiaste fronteras enteras en nombre de una iglesia de ladrones. Tus manos están manchadas de la misma podredumbre que ahora intentas destruir en el sur. No tienes derecho a salvar a nadie. No tienes derecho a tocar la luz de Norman.
Lin quedó completamente paralizado en el centro del cráter real. Sus ojos grises, habitualmente afilados como cuchillas, se volvieron vidriosos, fijos en un punto invisible del vacío. El machete de campaña colgaba flojo en su mano izquierda y su brazo derecho, donde la marca de los Hechiceros del Sol seguía brillando, temblaba sin control bajo el peso de una culpa del pasado que acababa de despertar con la saña de un monstruo. El estratega experto, el bloque de hielo de los cuarteles, estaba completamente indefenso, atrapado en el laberinto de sus propios remordimientos.
La aberración de hierro líquido aprovechó el quiebre de su guardia. Levantó su brazo derecho, transformando la masa grisácea en una maza inmensa llena de espinas de hierro frío líquido, idéntica a la maza de Armoton que Saevus tanto temía. La descargó con una fuerza salvaje directo hacia la cabeza desprotegida del capitán.
—¡¡CAPITÁN!! —gritó Ettore, disparando una saeta desesperada que solo logró desviar unos milímetros la trayectoria del hierro frío.
El golpe iba a partir a Lin en dos. El silencio del fin del mundo parecía listo para tragarse la historia.
Pero el impacto nunca llegó a tocar el lino gris del capitán.
Una silueta delgada cruzó la penumbra del cráter con la velocidad de una ráfaga. Fue el joven Príncipe Vetmi. Aplicando con precisión el adiestramiento que Marcos le había inculcado, el muchacho no se congeló por el miedo ante la masa gigante de metal. Flexionó las rodillas sobre la arena roja, bajó su centro de gravedad al extremo y colocó el plano de su espada corta por debajo de la maza líquida de la bestia.
El choque de las armas generó un chirrido agudo que heló la sangre. Vetmi usó el giro de su muñeca izquierda para desviar el peso descomunal del impacto, usando la misma fuerza marcial con la que Lin había humillado al Príncipe Drilon en las pasarelas de la lavandería comunal. La maza de hierro frío pasó de largo, hundiéndose profundamente en la piedra negra del suelo, levantando una nube de polvo de greda que cubrió las botas del príncipe.
Vetmi no se detuvo en la defensa. Con un pulso frío y unos reflejos que hicieron que Marcos se incorporara del suelo con los ojos abiertos por el shock, el muchacho estiró el brazo derecho y le clavó su acero directamente en la ranura fría que la aberración tenía por rostro. El acero común no podía matar al monstruo, pero el impacto rompió la frecuencia del silbido mental que paralizaba a Lin.
—¡¡DESPIERTA, LIN!! —chilló Vetmi, con la cara empapada de sudor y la boca pastosa por la arena—. ¡¡TÚ NO ERES UN VERDUGO!! ¡¡ERES EL CABALLERO DE NORMAN Y TUS ESCUDOS TE NECESITAN AQUÍ ABAJO!!
El grito del príncipe bastardo rompió la ilusión del Cónclave de un solo golpe. Los fantasmas se disolvieron en el aire y Lin recuperó la claridad de sus ojos grises en un parpadeo. Al ver al joven de diecisiete años sosteniendo el acero contra una masa de hierro líquido que amenazaba con devorarlo, una oleada de furia y pura energía protectora le recorrió los músculos al capitán.
Lin no usó su espada corta. Cerró su puño derecho, aquel donde la marca dorada vibraba con un calor abrasador tras el beso de la vigilia, y le asestó un puñetazo directo al centro del pecho de la aberración de hierro. Al contacto de la marca de los Hechiceros del Sol con la magia prohibida de la criatura, una explosión de luz dorada y pura estalló en el fondo del cráter. El hierro frío líquido de la bestia no se regeneró; comenzó a burbujear con un alarido sordo, disolviéndose en un polvo grisáceo y muerto que el viento de la tarde esparció sobre las dunas rojas. La marca de Norman era el veneno para las trampas de la Orden.
Las otras dos aberraciones, al sentir la destrucción de su líder y la intensidad de la luz solar que emanaba de la palma del capitán, retrocedieron hacia las grietas de la pirámide negra, hundiéndose de nuevo en la tierra de la base antes de que Marcos o Ettore pudieran lanzar otro tajo. El primer asalto de la gran mazmorra del sur había terminado, dejando el perímetro limpio pero con la respiración entrecortada de los cuatro supervivientes resonando en las piedras.
Vetmi se desplomó de rodillas sobre la arena carmesí, soltando el acero. Sus manos temblaban de forma violenta por el bajón de la adrenalina y el cansancio acumulado de la marcha forzada, pero su rostro reflejaba una determinación inquebrantable.
Lin caminó hacia él con pasos lentos y pesados. Su semblante serio se desvaneció, reemplazado por una solemnidad dulce y un respeto profundo que eliminó cualquier distancia de rango militar. Se agachó frente al príncipe, le puso sus manos grandes y toscas sobre los hombros y lo obligó a levantarse con una suavidad caballeresca.
—Has salvado la línea, Vetmi —dijo Lin, y su voz profunda vibró con una emoción que conmovió al muchacho—. Si tu acero no hubiera desviado ese hierro líquido, mi cabeza habría rodado por esta greda. No solo aplicaste los golpes de Marcos; tuviste el pulso frío de los hombres libres.
Marcos se acercó a paso rápido, limpiando la arena de su machete pesado, con su rostro mostrando una aprobación que raras veces entregaba en las fronteras. Le dio una palmada fuerte en la espalda al príncipe que casi lo hace caer de nuevo.
—El capitán tiene razón, chico. Ese desvío de peso fue perfecto. Ni los mejores reclutas habrían tenido las agallas de meterle el hierro en la ranura a una aberración de la Cúpula Blanca mientras la maza venía cayendo. Gracias a ti, todo salió bien hoy. Te lo aseguro, príncipe: serás el mejor de los guerreros en el futuro si mantienes esa guardia alta bajo la tormenta.
Ettore llegó al trote, colgándose la ballesta pesada a la espalda con esa sonrisa pícara e intacta que siempre aligeraba el luto de las batallas. Se cruzó de brazos, mirando al joven príncipe con un orgullo casi maternal.
—¿Qué te dije en el Oasis, Marcos? ¡Este bastardo real tiene el acero en las venas! De un ratón asustado que corría en lino azul por los matorrales, a convertirse en el escudo del capitán de la Guardia de la Penumbra. Vetmi, juro que cuando regresemos al norte, yo mismo le pediré al Rey Lucien que te talle un emblema de bronce para tu chaleco. Te has ganado el respeto de las tres capas grises hoy.
Vetmi miró a los tres guerreros, limpiándose el sudor y el polvo de la cara con la manga de su túnica gris. Sus ojos oscuros ya no tenían el miedo del palacio de piedra gris; ahora brillaban con el honor y la dignidad que solo el acero libre sabe otorgar a los hombres.
—Solo hice lo que me enseñaron en la arena, muchachos —respondió Vetmi con una voz baja pero firme—. Prometí que no sería un estorbo en este viaje hacia el Faro, y no voy a permitir que los monstruos de la Orden de la Luz cierren la puerta que conecta a Lin con su hechicero. Mi hermano Drilon pensaba que el poder se compraba con oro, pero aquí dentro he aprendido que la verdadera fuerza se lleva en la lealtad de los que caminan a tu lado.
Lin le dedicó un asentimiento firme, sintiendo que el frente unido de su pequeña unidad estaba más consolidado que nunca gracias a la valentía del menor. Introdujo la mano bajo su chaleco, rozando el relieve del diario chamuscado para asegurarse de que el cuaderno seguía latiendo cerca de su corazón. La marca de su palma derecha había regresado a una pulsación pausada, templada, una caricia que parecía felicitarlo desde la distancia del Manantial por haber roto el primer cerco de la culpa pasada.
—Recojan las saetas que quedaron clavadas en las rocas y aseguren las monturas en el recodo de la columna —ordenó Lin, regresando a su postura rígida de mando militar—. El asalto de los Guardianes falló, pero el pilar de luz dorada que mi mano soltó al destruir a la bestia debe haber resonado en todo el llano flotante. Los jinetes ligeros no deben estar a más de una legua de este cráter, y el general Armoton sigue marchando con el hambre de la maza detrás de sus huellas.
Marcos se colocó en la entrada de la rampa natural de greda, escaneando el horizonte carmesí del Gran Desierto con los ojos entrecerrados por el sol de la tarde.
—Tenemos la vigilia a nuestro favor para forzar las cadenas de la puerta de bronce, Lin. Pero el tiempo se está agotando.
—Entonces no les daremos el gusto de encontrarnos con la guardia baja, Marcos —sentenció Lin, y sus ojos grises brillaron con una determinación feroz que heló el aire de la estancia—. Subiremos las escaleras del templo ahora mismo. Es hora de romper el hierro del Cónclave y abrir el puente para que mi hechicero de luz regrese a casa.
El grupo avanzó hacia los inmensos escalones de piedra negra de la pirámide truncada, dejando atrás el polvo gris de la aberración destruida y preparándose para forzar la inmensa puerta de bronce que custodiaba el fin del mundo conocido, mientras el destino quedaba suspendido en un hilo de pura adrenalina sobre el vacío de las dunas rojas, con el enemigo cerrando el cerco en las fronteras y los hombres libres listos para encender la primavera del norte en el corazón del sur profundo.