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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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capítulo 16 : Profanando el Recuerdo

El sudor nos empapaba, mezclándose con el aroma a papel viejo y whisky que flotaba en el aire. Ricardo me sujetaba de las muñecas, fijándolas contra la superficie del escritorio, mientras sus ojos buscaban los míos con una mezcla de súplica y salvajismo. El sonido de nuestra unión, ese chapoteo constante y rítmico, era lo único que llenaba el silencio sepulcral de la biblioteca.

—Mírame... —me ordenó con la voz rota—. ¡Mírame y no te atrevas a cerrar los ojos!

Yo obedecí, jadeando, sintiendo cómo cada uno de sus movimientos me sacudía el alma. En ese momento, no había fantasmas. No estaba ella, ni el cementerio, ni el contrato. Solo estábamos dos seres rotos colisionando en la oscuridad. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más urgentes, como si estuviera huyendo de algo que lo perseguía desde las sombras del despacho.

—¡Ricardo! —grité su nombre, y el eco de mi voz pareció despertarlo de su trance.

Él soltó mis muñecas y envolvió mi cintura, atrayéndome aún más hacia él, buscando una profundidad que parecía imposible. Su respiración se volvió un rugido ahogado contra mi cuello. Sentí la vibración de su pecho contra el mío, el calor de su piel quemándome, y entonces, con un último impulso violento, se tensó por completo.

Se vino dentro de mí con una fuerza que me dejó sin aliento, vaciándose de todo el odio y la angustia que había acumulado durante el día. Se quedó allí, escondiendo su rostro en el hueco de mi hombro, temblando mientras el clímax nos envolvía a ambos en una neblina de agotamiento.

Pasaron los minutos y ninguno de los dos se movió. El silencio regresó, pero esta vez era diferente; ya no era el silencio tenso de la espera, sino el vacío después de la tormenta. Ricardo se separó lentamente, sus ojos evitando los míos mientras se acomodaba la ropa con manos que todavía vibraban.

Se giró hacia el ventanal, dándome la espalda, observando la noche cerrada. Yo me quedé sentada en el escritorio, tratando de cubrirme con los restos de mi bata, sintiendo el frío de la habitación empezar a calar en mis huesos.

—Vete a tu habitación, Anaís —dijo finalmente, con una voz despojada de toda emoción—. Olvida lo que viste aquí. Olvida lo que dije.

—No se puede olvidar algo así, Ricardo —respondí, bajándome del escritorio con las piernas temblorosas—. Me usas para castigarte a ti mismo, pero me estás destruyendo a mí en el proceso.

Él no se giró. Se quedó allí, como una estatua de piedra frente a la luna, rodeado de las fotos de la mujer que amó. Pero yo sabía, por la forma en que sus hombros caían, que algo en él se había quebrado definitivamente. Ya no podía fingir que yo era solo un objeto, porque cada vez que me tocaba, el presente ganaba una batalla más contra su pasado. La atmósfera en el despacho se volvió eléctrica, casi irrespirable. Mis palabras habían servido como un látigo que terminó de romper los últimos restos de su cordura. Ricardo se giró violentamente, atrapando mi mandíbula con una mano mientras la otra barría de un golpe el resto de los objetos sobre el escritorio.

—¿Quieres que te mire a ti? —rugió, su voz era un trueno de deseo y rabia—. ¿Quieres que deje de ver a un fantasma? ¡Entonces dame algo real, Anaís! ¡Dame algo que me haga olvidar que sigo vivo!

Me tomó por la cintura y me giró con una fuerza bruta, obligándome a inclinarme sobre el escritorio de caoba. Mi pecho quedó aplastado contra los documentos y los cristales rotos de los marcos, mientras él se pegaba a mi espalda como una sombra voraz. Sentí el frío de la madera y, un segundo después, el calor abrasador de su cuerpo.

—¡Ricardo, espera...! —el grito se ahogó en mi garganta cuando sentí sus manos desgarrar lo que quedaba de mi ropa interior.

No hubo preámbulos. No hubo ternura. Ricardo entró en mí con una embestida salvaje que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en la madera oscura. El sonido fue un estallido: el chapoteo húmedo y visceral de nuestros cuerpos chocando se mezcló con el crujido rítmico del escritorio que cedía ante su peso.

—¡Dilo! —gruñó él, su voz era un jadeo errático contra mi nuca—. ¡Dime que eres tú la que está sintiendo esto! ¡Dime que no eres ella!

—¡Soy yo! ¡Soy Anaís! —grité, perdiendo el sentido de la realidad mientras su ritmo se volvía frenético, una embestida tras otra que me empujaba contra el borde del escritorio.

El despacho se llenó de una sinfonía obscena: el golpe seco de la madera, mis gemidos desesperados y el sonido de su respiración animal. Ricardo me sujetaba del cabello con una mano, tirando hacia atrás para obligarme a mirar los retratos rotos en el suelo mientras me poseía con una furia destructiva. Quería que viera el pasado mientras él se hundía en mi presente.

—¡Más... más, Ricardo! —mi propia voz me resultaba extraña, cargada de una lujuria que me quemaba las entrañas.

Cada golpe era más profundo, más eléctrico. El sudor goteaba de su frente a mi espalda, creando una mezcla resbaladiza que intensificaba el roce. No era solo sexo; era una exorcismo. Él estaba tratando de arrancarse el recuerdo de su esposa a través de mi carne, y yo estaba aceptando su dolor para convertirlo en un placer ensordecedor.

El ritmo llegó a un punto insostenible. El escritorio vibraba bajo nosotros, amenazando con romperse. Ricardo soltó un grito gutural, un lamento de puro éxtasis y agonía, mientras se venía dentro de mí con una violencia que me hizo ver estrellas. Se aferró a mis caderas como si fuera a morir, hundiéndose una última vez hasta que el silencio, pesado y cargado de pecado, volvió a reclamar la habitación.

Nos quedamos así, jadeando, unidos por el sudor y la traición a una muerta, mientras el eco de nuestros cuerpos chocando aún parecía vibrar en las paredes llenas de libros

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Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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