Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 19: Cenizas de Esperanza
El sol de la tarde caía pesado sobre el barrio humilde donde Amara arrastraba sus días. En la pequeña sala de la casa, el aire era denso y olía a encierro. Amara estaba sentada junto a la ventana, observando el polvo bailar en los escasos rayos de luz que lograban entrar, cuando el sonido de un motor potente y refinado rompió la calma monótona de la calle. Era un sonido que ella conocía bien: el rugido discreto pero autoritario de los vehículos blindados de la Torre Ra. Su corazón, que durante semanas había permanecido adormecido por el dolor, dio un vuelco violento. Se asomó con cautela y vio el coche negro estacionarse frente a su puerta.
Por un minuto, un minuto eterno y glorioso, Amara sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Una chispa de esperanza, tan brillante como peligrosa, se encendió en su pecho. "¿Vino por mí?", se preguntó en un susurro, mientras sus manos temblorosas acariciaban su vientre aún plano. Pensó que Maximilian finalmente había recuperado la cordura, que su amor había vencido al orgullo y que venía a rescatarla de esa miseria para llevarla de vuelta a su lado. Se arregló rápidamente el cabello y se puso de pie, tratando de borrar las huellas del llanto de su rostro antes de que la puerta se abriera.
Pero cuando Maximilian entró, la chispa se apagó de golpe.
Él no traía la mirada del hombre que busca perdón. Su rostro era una máscara de piedra gris, sus hombros estaban caídos bajo un peso invisible y sus ojos café, antes brillantes, estaban apagados por una sombra que Amara no supo interpretar. No hubo un abrazo, ni una palabra de ternura. Maximilian se quedó de pie en el centro de la modesta sala, pareciendo un gigante fuera de lugar en un mundo de carencias. Elena, la madre de Amara, salió de la cocina con el rostro desencajado al verlo, presintiendo que la presencia del Faraón en su casa solo podía significar una tragedia.
—Maximilian… —balbuceó Amara, con la voz quebrada por la duda—. Viniste.
—Amara —dijo él, y su voz sonó como el eco en una tumba—. He venido personalmente porque… porque es mi responsabilidad informarte lo que ha sucedido. Tu padre, Omar… fue a buscarme a la torre hace un par de horas.
Amara dio un paso hacia él, sintiendo que el frío empezaba a recorrerle la espalda. —Mi padre… ¿qué pasó con él? ¿Está herido? ¿Lo tienes detenido?
Maximilian cerró los ojos por un segundo, y cuando los abrió, la verdad cayó sobre Amara como un martillo de acero.
—Tu padre tuvo un ataque al corazón en mi despacho. Los médicos hicieron todo lo posible, lo llevamos al hospital en el helicóptero de inmediato, pero… ya era tarde. Omar ha muerto, Amara.
El grito que salió de la garganta de Amara no pareció humano. Fue un aullido de dolor puro que pareció desgarrar las paredes de la casa. Se dejó caer de rodillas, golpeando el suelo con sus manos, mientras la realidad de que su padre había muerto suplicando por ella la destrozaba por completo. Maximilian intentó dar un paso hacia ella, con una mano extendida que temblaba ligeramente, pero se detuvo al ver el odio y la devastación en los ojos de su esposa.
Elena, al oír la noticia, soltó un alarido y se desplomó en una silla, cubriéndose el rostro con el delantal. Maximilian se giró hacia ella, manteniendo esa distancia gélida que era su única defensa contra la culpa que lo carcomía.
—Elena —dijo Maximilian, tratando de que su voz fuera firme—, no se preocupen por nada material. Yo me haré cargo de todo. Omar tendrá el funeral más lujoso que Neo-Luxor haya visto. Los mejores servicios, el panteón de mármol del Distrito de la Paz… todo correrá por mi cuenta. Es lo mínimo que puedo hacer por el hombre que fue mi suegro.
Amara levantó la cabeza, con el rostro empapado en lágrimas y la marca de la desesperación en cada rasgo. Miró a Maximilian, el hombre que le ofrecía oro para enterrar al padre que él mismo había ayudado a matar con su desprecio.
—¿El funeral más lujoso? —preguntó ella con una voz que era pura ceniza—. ¿Crees que tu oro puede comprar el latido del corazón que detuviste? No queremos tu funeral de lujo, Maximilian. Queríamos a mi padre vivo. Queríamos que fueras un hombre, no un monstruo de cristal. ¡Vete! ¡Vete con tus millones y tus promesas muertas!
Maximilian no respondió. Salió de la casa en silencio, dejando tras de sí un rastro de incienso y muerte. Mientras el coche se alejaba, Amara se abrazó a su madre en el suelo, llorando por el padre que ya no estaba y por el hijo que ahora, más que nunca, estaba condenado a crecer en la sombra de un padre que solo sabía dar muerte y oro.