Eleonor Baxter aprendió desde pequeña a ser perfecta.
Amable, inteligente y elegante, creció entre apellidos influyentes y cenas compartidas con familias amigas. Desde adolescente, Alex King fue parte de su vida… y también de sus sueños. Mucho antes del matrimonio, Eleonor ya lo amaba en silencio.
A los veintisiete años dirige SweetBaby, la empresa cosmética heredada de su familia, y sostiene un matrimonio que nunca se construyó sobre las promesas que ella imaginó. Casada desde hace tres años con Alex —uno de los cirujanos cardíacos más prestigiosos del país y dueño de una red de hospitales—, Eleonor aprendió que conocer a alguien desde siempre no garantiza ser elegida.
Durante años intentó ser paciente, comprensiva, invisible. Alex, marcado por la vergüenza de un matrimonio arreglado y consumido por el trabajo, dejó que la distancia creciera hasta volverse insoportable.
Cansada de sentirse desplazada, Eleonor toma una decisión que lo cambia todo.
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Capitulo 17
Alex asintió, nervioso.
—Sí…por favor, podemos intentarlo. Formar una familia. Hacerlo bien esta vez.
Ella lo miró fijo, indignada.
Y algo en su expresión se quebró.
—Yo ya estuve embarazada, Alex.
El aire pareció desaparecer.
—¿Qué…?
—Hace un año. —Su mano bajó lentamente hasta su vientre—. Lo perdí.
Alex retrocedió un paso.
—No… eso no puede ser…
—Tenía seis semanas. Empecé a sangrar una mañana. Estaba sola en el departamento… porque tú estabas en Viena trabajando como siempre.
Él cerró los ojos.
—Tres semanas, Alex. Tres semanas fuera. —Su voz tembló—. Te llamé. Tres veces ese día. Mandé mensajes. Llamé a la clínica donde estabas dando una conferencia. Nunca pude comunicarme contigo.
Silencio.
—Tu secretaria me dijo que estabas en reuniones, en cenas con patrocinadores, en entrevistas. Siempre ocupado.
Una lágrima cayó sin que ella la limpiara.
—La única persona que estuvo conmigo fue Aby. Ella me llevó a la guardia. Ella firmó los papeles cuando yo no podía ni sostener el bolígrafo.
Su respiración empezó a volverse irregular.
—Estaba asustada, Alex. No entendía qué estaba pasando. Pensé que iba a escucharlo decir que todo estaba bien. Pero el médico me dijo que no había latido.
Él llevó una mano a su boca.
—Me hicieron un legrado esa misma tarde. Y hubo complicaciones. Perdí mucha sangre. Me dejaron internada dos días.
Su voz se quebró por completo.
—Y tú seguías en Viena. Recibiendo tu malditos premios. Dando discursos. Sonriendo para las fotos, mientras que yo estaba destrozada.
El silencio fue insoportable.
—Volví a casa vacía. Sin hijo. Sin ti. —Lo miró directo a los ojos—. Y cuando regresaste, tres días después, hablaste durante una hora de lo increíble que había sido la experiencia.
Alex parecía no poder sostenerse.
—Yo no sabía…
—No sabías porque nunca estabas —respondió ella con dolor, no con rabia—. Nunca podía comunicarme contigo cuando realmente te necesitaba.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Así que no me hables ahora de intentar tener un hijo como si fuera un proyecto nuevo. Yo ya intenté formar una familia contigo… y la sostuve sola.
Silencio.
—Y la perdí sola.
Alex dio un paso hacia ella, con el rostro desencajado.
—Eleonor… perdóname… yo no sabía… —extendió los brazos, intentando envolverla.
Ella retrocedió de inmediato.
—No me toques.
Su voz no fue un grito. Fue peor. Fue firme.
—No me abraces ahora como si eso pudiera arreglarlo.
Él bajó lentamente los brazos.
—Yo hubiera estado… si lo hubiera sabido…
Ella soltó una risa rota.
—¿Hubieras estado? —lo miró con incredulidad—. Al principio de nuestro matrimonio me dijiste que no querías hijos.
El silencio cayó como un golpe.
—Me dijiste que nuestro matrimonio era un arreglo. Que no querías complicaciones. Que un hijo solo traería problemas.
Alex palideció.
—Eso fue hace años…
—No. —Negó con la cabeza—. Eso fue el inicio de todo. Yo me grabé cada palabra.
Su voz empezó a temblar otra vez.
—¿Sabes por qué no te dije que estaba embarazada? Porque tenía miedo de que me pidieras que lo solucionara. Porque pensé que para ti iba a ser un error.
Él la miró horrorizado.
—Jamás hubiera… —se quedó sin aire—. Eleonor, yo no soy ese hombre.
—Pero yo sí era esa mujer —respondió ella—. La que vivía intentando no incomodarte. La que medía cada decisión para no interferir con tu carrera. La que aprendió a no pedir nada.
Se llevó la mano al pecho.
—Cuando lo perdí… sentí culpa. Pensé que tal vez era mi cuerpo diciéndome que no debía haber querido algo que tú no querías.
Alex dio otro paso, pero esta vez no intentó tocarla.
—Yo estaba equivocado… era un idiota… estaba obsesionado con el control, con la imagen, con que todo fuera perfecto…
—Y yo no era parte de esa perfección —susurró ella.
Él negó desesperado.
—Tú eras lo único real que tenía.
—Pero nunca me elegiste —dijo ella con una calma que dolía más que cualquier grito—. Siempre elegiste el trabajo, los viajes, la reputación… y yo quedaba para después.
Silencio.
—Ahora vienes a hablarme de tener un hijo… —sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas—. ¿Sabes lo cruel que suena eso?
Alex parecía quebrado por completo.
—Dime qué hacer… —murmuró—. Dime cómo arreglo esto.
Eleonor lo miró largo.
—No puedes.
Y esa fue la primera vez que él sintió que realmente podía perderla.
—Si quieres darme algo… firma el divorcio.
Alex la miró como si no hubiera entendido el idioma.
—No… —susurró—. No me pidas eso.
Eleonor caminó hasta la puerta.
La abrió.
No lo miró.
—Vete, Alex.
El silencio se volvió denso.
—Ele… por favor…
—No puedo seguir respirando en el mismo espacio que tú ahora mismo.
Él dio un paso hacia ella, desesperado.
—No me eches así… no después de saber esto…
Ella lo interrumpió:
—Yo no te estoy echando por lo de hoy. Te estoy echando por todo lo que no estuviste.
Eso lo parte.
Alex se quedó quieto. Por primera vez, sin argumentos.
—Tres semanas —susurró ella—. Yo estaba perdiendo a nuestro hijo… y tú estabas brindando en Viena.
El nombre de la ciudad sonó como una condena.
—Vete —repitió.
Él la miró como si estuviera tratando de memorizarla.
Sus ojos.
Su postura.
La distancia.
Quiso decir que la queria, lo que sentia.
Lo pensó.
Lo sintió.
Pero nunca había sido un hombre de palabras.
Y otra vez… llegó tarde.
Salió.
La puerta se cerró.
Y el sonido fue seco. Definitivo.
Alex se quedó unos segundos frente a ella, mirando la madera como si esperara que volviera a abrirse.
No lo hizo.
El pasillo del penthouse estaba en silencio. Elegante. Impecable. Como todo lo que él siempre había construido.
Pero por dentro… algo se había desmoronado.
Caminó hasta el ascensor sin recordar cómo movía los pies. No miró a nadie. No pensó en nada.
Solo una frase golpeándole la cabeza.
“Yo ya estuve embarazada, Alex.”
El trayecto hasta su casa fue un borrón.
Las luces de la ciudad pasaban frente al parabrisas, distorsionadas. No sabía si por la velocidad… o por sus propios ojos.
Cuando entró a su casa, el silencio lo recibió como un castigo.
Todo estaba en orden.
Perfecto.
Demasiado perfecto.
Dejó las llaves sobre la consola. El sonido metálico retumbó en la amplitud del living.
Miró alrededor.
El sillón donde ella solía sentarse.
La manta que había elegido ella.
El jarrón que había insistido en comprar.
Detalles que siempre le parecieron irrelevantes.
Hasta ahora.
Caminó despacio hasta el comedor. Se detuvo frente a una de las paredes donde colgaban sus premios.
Las placas.
Los reconocimientos.
Las fotos enmarcadas.
Vienna.
Su discurso.
La ovación.
El aplauso interminable.
Tres semanas.
Mientras ella sangraba.
Mientras ella estaba asustada.
Mientras perdían a su hijo.
La palabra hijo le golpeó el pecho con una violencia que lo obligó a apoyarse en la mesa.
Se llevó una mano al rostro.
No había estado.
No había sabido.
No había preguntado.
Y lo peor…
era que entendía por qué ella no se lo había dicho.
Porque él mismo le había enseñado que ese tema era una carga.
Se dejó caer en una silla.
La casa era enorme.
Pero nunca se había sentido tan vacía.
Por primera vez no había ruido de televisión, ni llamadas, ni correos urgentes.
Solo el eco de su propia respiración.
Quiso llamarla otra vez.
Tomó el teléfono.
Miró su nombre en la pantalla.
No se atrevió.
Porque por primera vez entendió que no era cuestión de insistir.
Era cuestión de haber estado.
Y ya era tarde.
Apoyó los codos sobre las rodillas.
Se inclinó hacia adelante.
Y ahí, en la oscuridad de su propio comedor… el hombre brillante, admirado, impecable… se quebró.
si realmente la quieres y amas
ahora veremos si en verdad exiten las segundas oportunidades.
claro todo depende de nuestra autora
no eres infiel y eso le suma puntos pero tú absoluto desinterés en la relación la falta especial de amor dan ganas de matarte por otro lado Jony podría ser un nuevo amor la nueva oportunidad que le guste a ele
Mi pregunta es aceptarás que ella se hizo una inceminacion y que va a ser madre sin ti?