Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 16
Tengo que escapar.
El pensamiento se había instalado en su cabeza durante la noche, creciendo como una sombra que no podía sacudir. No era miedo. No exactamente. Era algo más profundo. Una certeza que se filtraba en sus huesos mientras daba vueltas en la cama, escuchando el silencio de una mansión que no era su hogar.
No podía quedarse.
No después de lo que había pasado. No después de haber cruzado esa línea que sabía que no debía cruzar. Cada día que pasaba en ese lugar, cada mirada de Alessandro, cada palabra que intercambiaban, la atrapaba un poco más en una red que no había pedido tejer.
Tenía que irse.
Pronto.
A la mañana siguiente, Alma bajó las escaleras con la intención de buscar algo de desayuno antes de que Alessandro apareciera. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el mármol, y el sol de la mañana se filtraba por los ventanales en rayos dorados que calentaban el ambiente.
Pero cuando pasó frente al despacho de Alessandro, una voz la detuvo.
La puerta estaba entreabierta. Solo un par de centímetros, lo suficiente para que las palabras se filtraran con claridad.
—¿No te estás enamorando de esa mujer, verdad?
Gerónimo.
Alma se quedó inmóvil. Cada músculo de su cuerpo se tensó. Sabía que no debía escuchar. Sabía que debía seguir caminando, alejarse, fingir que no había oído nada.
Pero sus pies no se movieron.
—Su familia ni ella son confiables —continuó Gerónimo, y en su voz había un filo que Alma conocía bien—. No puedes olvidar quiénes son.
El silencio se extendió por un instante. Alma contuvo la respiración.
Cuando Alessandro habló, su voz era tranquila. Demasiado tranquila.
—No. Solo es un buen juguete. Es todo.
Las palabras le golpearon en el pecho como una piedra.
Juguete.
Eso era.
Todo lo que había pasado. La noche que había compartido con él. La forma en que la había mirado. La forma en que había dicho su nombre. Todo había sido… ¿eso? ¿Un juego? ¿Un entretenimiento?
Sus dedos se apretaron contra el marco de la puerta. El dolor la ancló a la realidad, impidiéndole caer en el vacío que se abría en su estómago.
—¿Estás seguro? —insistió Gerónimo, y había algo en su tono que Alma no supo identificar. ¿Preocupación? ¿Celos? ¿Alivio?
—Más que seguro —respondió Alessandro—. ¿Alguna vez me enamoré de alguien?
—Sí —dijo Gerónimo, y su voz cambió, volviéndose casi sarcástica—. De Vanessa.
El nombre cayó en el aire como un cuchillo.
Alma sintió cómo se le helaba la sangre. Vanessa. No conocía a nadie con ese nombre. No sabía quién era. Pero la forma en que Gerónimo lo había pronunciado, la pausa que había dejado después, le dijo todo lo que necesitaba saber.
Ella había existido. Había sido importante. Y ahora, el tono de Gerónimo sugería que ya no estaba.
—Solo éramos niños —dijo Alessandro, y en su voz apareció algo que Alma no había escuchado antes. No era dureza. No era indiferencia. Era… un cierre. Un portazo a algo que ya no quería recordar.
—Sí, lo sé —respondió Gerónimo—. Pero fue la primera y única vez que te enamoraste De alguien.
Alma no esperó a escuchar más.
Se alejó de la puerta con pasos silenciosos, cada pisada cuidadosamente medida para no hacer ruido. Sus manos temblaban. Sus piernas temblaban. Pero su mente estaba extrañamente clara.
Un juguete.
Eso era lo que pensaba de ella.
La noche que habían compartido no había sido más que un capricho. Algo para pasar el tiempo. Algo para distraerse mientras esperaba a que encontraran a Ariana y todo volviera a su lugar.
Y ella, estúpida, había empezado a creer que quizás…
No.
No iba a terminar ese pensamiento.
Llegó a su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. Se apoyó contra la madera, respirando hondo, intentando calmar el temblor que recorría su cuerpo.
Un juguete.
La risa que escapó de sus labios fue amarga.
Claro. Eso era. Y siempre lo sería. No importaba lo que hiciera, lo que dijera, lo que sintiera. Para Alessandro Moretti, para Gerónimo, para su padre, para todos… era un objeto. Algo que se usaba y se descartaba cuando ya no servía.
Pero no iba a quedarse a esperar a que eso pasara.
No iba a permitir que la usaran una vez más.
Se enderezó y caminó hacia la ventana. El jardín se extendía abajo, verde y cuidado, y más allá, el bosque que marcaba el límite de la propiedad. Si podía llegar al bosque sin que la vieran, podría desaparecer. Al menos hasta encontrar un lugar donde esconderse, donde nadie la conociera, donde nadie esperara nada de ella.
Pero tenía que ser hoy.
Tenía que ser ahora.
Porque si esperaba, si dudaba, si se quedaba un día más, sabía que no tendría fuerzas para irse.
Horas después, Alma caminaba por los pasillos de la mansión con una calma que no sentía.
Había pasado la mañana observando. Los guardias. Las rutinas. Los momentos en que la vigilancia se relajaba. Alessandro se había ido temprano, según le dijo Carmina, a una reunión que duraría hasta el anochecer. Gerónimo también había salido.
Estaba sola.
O casi.
Pero no le importaban los pocos empleados que quedaban. No le importaban las cámaras que seguramente registraban cada movimiento. Lo único que le importaba era salir de allí antes de que alguien se diera cuenta.
Sus pies la llevaron sin querer a la gran ventana del fondo, la que daba al jardín trasero. Desde allí, podía ver los árboles, el camino de tierra que se perdía entre las ramas, la libertad que estaba tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
Se quedó mirando el panorama con los brazos cruzados, los dedos apretados contra los codos.
Iba a huir.
Y nadie la iba a detener.
Ni siquiera Alessandro Moretti.
—¿Señora? —la voz de Carmina la sobresaltó—. ¿Necesita algo?