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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nuevo primer día

...07...

...ANNE MORETTI ...

Las vacaciones pasaron. Ese tiempo, que solía ser mi época favorita, se convirtió en el escenario de una transformación violenta. Entre las náuseas postoperatorias de la clínica a la que Nate me llevó en secreto y las agujetas que me partían el cuerpo por los entrenamientos de Manuelle, aprendí a convivir con el sufrimiento hasta que se volvió parte de mi rutina.

Haber interrumpido ese embarazo fue el primer acto de control que tuve sobre mi propia vida. No iba a permitir que un "error" de Tristán marcara mi destino. Ahora, además de los ejercicios de combate, había empezado a cuidarme con un rigor médico absoluto; no volvería a ser vulnerable, ni física ni biológicamente.

Lo que no esperaba era descubrir la humanidad que el abuelo escondía bajo tantas capas de crueldad. En las tardes, cuando mis músculos ya no daban más, Manuelle se sentaba conmigo en el porche. En esos momentos de melancolía, me contaba historias de cuando era un niño y vivía en Colombia, cuando huía de su abuelo, que quería asesinar a su madre y a el, o de sus años en la universidad, cuando conoció a la abuela Clarissa. Me dio lástima entender que su dureza no era maldad pura, sino una armadura que tuvo que forjar para sobrevivir. Y yo estaba haciendo lo mismo.

Pero el tiempo no se detiene. Las vacaciones terminaron y con ellas, la paz relativa de la finca.

Mi cumpleaños número dieciséis estaba a la vuelta de la esquina, marcando el inicio de mi penúltimo año en la academia. Volvería a ver a Maxine, volvería a ver a Tristán. Pero esta vez, bajo el uniforme, llevaba cicatrices y una fuerza que ninguno de ellos podía imaginar.

Nate, por su parte, estaba en su propio mundo de gloria. Entre organizar su entrada a la universidad y sus entrenamientos en la pista, recibió la noticia que tanto esperaba: correría representando a Milán en seis meses. El sueño de la Fórmula 1 estaba ahí, al alcance de su mano. Estábamos en la cima, o al menos eso parecía, mientras preparábamos las armas para el regreso a la realidad.

El primer día de clases se sintió como el estreno de una película en la que yo ya no era la víctima, sino la villana que todos iban a aprender a temer. Me miré al espejo una última vez: el cabello, que antes estaba trasquilado y desigual, ahora lucía un corte pixie perfectamente estilizado, rubio y afilado, que resaltaba mis faciales de una forma casi agresiva. El uniforme de la academia, que antes me quedaba grande y desaliñado, ahora estaba ajustado a medida. La falda era lo suficientemente corta como para desafiar todas las reglas, dejando ver mis piernas tonificadas por los meses de entrenamiento con el abuelo.

Me veía magníficamente sexy, y lo sabía.

Cuando bajé a la entrada, Nate se detuvo en seco, con las llaves del auto en la mano. Me recorrió con la mirada y su mandíbula casi golpea el suelo.

—Anne... —dijo, con un tono que mezclaba el shock con la desaprobación—. No creo que sea buena idea que vayas así. Esa falda es demasiado corta, y ese corte... vas a llamar la atención de cada idiota en ese lugar.

—Ese es exactamente el punto, Nate —respondí, colgándome el morral con elegancia mientras me ponía unas gafas de sol oscuras—. No molestes. Ya no soy la niña que se esconde en los baños.

Él suspiró, frustrado, pero no intentó detenerme. Sabía que después de lo que pasamos en vacaciones, mi voluntad era de hierro.

—Te acompaño hasta la puerta —sentenció—No voy a dejar que pongas un pie ahí sola el primer día.

Manejó hasta la academia con una tensión palpable. Al llegar, Nate estacionó justo frente a la entrada principal, donde todos los estudiantes se amontonaban para el primer día. Él bajó primero, luciendo imponente en su ropa que lo hacía ver más maduro, y luego me abrió la puerta como si fuera un guardaespaldas.

En cuanto puse un pie fuera del auto, el bullicio de la entrada murió. El silencio fue absoluto. Los cuchicheos sobre el video de hace meses se cortaron en seco. Las chicas, incluyendo a Maxine que estaba a unos metros, se quedaron paralizadas. Los chicos ni siquiera intentaban disimular que me estaban devorando con la mirada.

Nate me puso una mano en el hombro, lanzando una mirada fulminante a un grupo de tercer año que nos observaba de más. Su mensaje era claro: Sigo siendo un Moretti, y sigo siendo su hermano.

—Cualquier cosa, me llamas de inmediato —me susurró Nate antes de despedirse—. No dejes que nadie se te acerque más de la cuenta.

—Tranquilo, Nate —le di un beso en la mejilla, notando cómo Tristán nos observaba desde lejos con una expresión de total incredulidad—. Hoy ellos son los que deberían tener miedo.

Él asintió, me vio entrar con paso firme y seguro, y finalmente arrancó hacia su universidad. Caminé por el pasillo central, ignorando las bocas abiertas. Al final del corredor, Tristán estaba recargado contra los casilleros, viéndome venir como si estuviera viendo a un fantasma que regresó para vengarse.

El pasillo era una pasarela de asombro y yo era la única protagonista. Sentía las miradas clavadas en mi espalda como agujas, pero ya no dolían; ahora eran combustible.

Vi a Maxine a unos metros, rodeada de sus seguidoras. Su rostro era un poema de envidia y confusión. Decidí que era el momento perfecto para demostrarle a la academia que las reglas habían cambiado. En lugar de ignorar a Tristán, caminé directo hacia él con una sonrisa felina.

—Hola, corazón —dije con una voz suave, cargada de una confianza que lo dejó descolocado.

Los cuchicheos estallaron a nuestro alrededor como pólvora. ¿Cómo era posible que la chica del video saludara así al que la expuso? Tristán, recuperando su arrogancia habitual, soltó una risita complacida, recorriendo mi nuevo cuerpo con una mirada hambrienta. Se sentía ganador, creía que me tenía de vuelta en la palma de su mano.

Pero entonces vio a Maxine acercándose con paso furioso, lista para armar un escándalo.

—Nos vemos más tarde, ratoncita —me susurró al oído, su aliento rozándome la piel—. Estás... hermosa. Increíble.

Le devolví la sonrisa, una que no llegaba a mis ojos, y le planté un beso lento en la mejilla, justo antes de dar media vuelta y seguir mi camino hacia el aula, dejando a Maxine echando humo y a Tristán completamente embobado.

Al entrar al salón, la paz duró poco. La profesora me barrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en el dobladillo de mi falda.

—Señorita Moretti, esa falda es totalmente inapropiada para el reglamento. Acompañe a la preceptora a la dirección ahora mismo.

—Crecí, profesora —respondí con una sencillez cortante—. Las cosas cambian en las vacaciones.

El salón estalló en carcajadas y yo no puse resistencia cuando me escoltaron a la oficina del director. Una vez allí, me senté con las piernas cruzadas, desafiante.

—¿Realmente vamos a perder el tiempo con el largo de mi falda? —solté antes de que el director abriera la boca—. Cuando se filtró un video íntimo mío grabado en un hotel y todo el colegio se burló, ustedes no movieron un dedo. Me dijeron que lo arreglara con mi "novio". ¿Y ahora pretenden sancionarme por unos centímetros de tela? No les parece... injusto, por decir lo menos. Además —señalé hacia la ventana—, hay media docena de chicas en el patio con la falda igual de corta y a ellas no las llaman.

El director se quedó mudo, tragando saliva. Sabía que si presionaba, yo mencionaría a los abogados de la familia Moretti y el escándalo de negligencia que tenían pendiente. Salí de la dirección sin una sola amonestación, con la cabeza en alto.

No volví a clase. Necesitaba aire. Me fui directo a las gradas de las canchas, saqué un cigarrillo y lo encendí, disfrutando del silencio... hasta que una sombra se proyectó sobre mí.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo Tristán, sentándose a mi lado con esa confianza estúpida—Tenemos que hablar, Anne. Lo de hoy... me sorprendiste. ¿Ya no estás enojada por lo del video?

Le di una calada profunda al cigarrillo dejando que el humo saliera de mis labios con una parsimonia que lo estaba volviendo loco. Lo miré de reojo, recordando cada segundo de lo que me hizo pasar. Mi plan estaba en marcha.

Tristán me observaba como si fuera una pieza de oro que acababa de encontrar en el fango, con esa mezcla de hambre y superioridad que antes me hacía temblar, pero que ahora solo me daba ganas de escupirle.

—¿De verdad ya no estás enojada, ratoncita? —preguntó, inclinándose hacia mí—. Pensé que después de lo que pasó antes de vacaciones me odiarías.

Solté una risita seca, mirándolo de reojo a través de mis gafas de sol.

—¿Odiarte? Al principio lo hice —mentí, con una voz aterciopelada—. Pero luego me di cuenta de algo. Ese video me hizo sentir... famosa. Poderosa. Todos en esta academia saben quién soy ahora, Tristán. Me diste una visibilidad que ninguna de las perras de Maxine tendrá jamás. Todavía soy tendencia en redes, ¿sabías?

Él abrió los ojos, sorprendido y claramente excitado por mi respuesta. Su ego, tan inflable como un globo, se expandió al creer que su "travesura" le había salido bien.

—¿De verdad piensas eso? —preguntó, acercándose más, intentando poner una mano en mi rodilla.

Me alejé sutilmente, lo suficiente para dejarlo con las ganas, y lo miré por encima de las gafas.

—Lo pienso. Pero hay un problema —hice un puchero falso, acariciándole el borde de la mandíbula con un dedo—. No entiendo por qué todavía no has dejado a Max, cariño. Ella es tan... predecible. Tan aburrida. Si sigues con ella, no habrá trato entre nosotros. Y créeme, te estás perdiendo de la nueva versión de mí.

Tristán tragó saliva, su mirada bajando hacia mis labios con una lujuria que casi se podía tocar. El anzuelo estaba clavado en su garganta.

—Si eso es lo que quieres... —susurró, con la voz ronca—, puedo romper con ella ya mismo. Hoy mismo.

—¿De verdad? —arqueé una ceja, fingiendo sorpresa—. Espero que lo hagas. Y cuando seas un hombre libre, vienes a buscarme. Solo entonces te daré lo que realmente quieres.

No esperé su respuesta. Me puse de pie, sacudí la ceniza de mi falda y le dediqué una última sonrisa enigmática antes de darle la espalda. Caminé de vuelta hacia el salón principal, sintiendo su mirada quemándome la espalda. Sabía que Maxine no tardaría en recibir la noticia y que el caos que estaba a punto de desatarse sería el primer plato de mi venganza.

Al entrar al pasillo, me crucé con Gianna, que me miraba con una mezcla de miedo y fascinación. La ignoré. Tenía una clase que atender y una reputación que terminar de demoler.

Para que mi venganza fuera perfecta, no podía ser frontal. El abuelo me lo había repetido mil veces: "El que golpea de frente es un soldado; el que mueve los hilos es un rey". Maxine estaba acostumbrada a las peleas de gatas, a los gritos y a los tirones de pelo. No estaba preparada para que su vida empezara a desmoronarse desde las sombras.

...----------------...

...NATHANIEL DEVERAUX ...

El aire de la universidad era distinto al de la academia. Aquí nadie me miraba como a un "heredero" o un "matón", y eso me daba un respiro que no sabía que necesitaba. Había terminado la última clase de ingeniería cuando David, un tipo que corría en karts desde los diez años y con el que había hecho buena migas, se me acercó en el estacionamiento.

—Deveraux, escucha —dijo, apoyándose en su auto—. Esta noche hay una fiesta en las afueras, cerca de las naves industriales. Pero no es solo música y tragos. Habrá carreras.

Me tensé. Mi padre me había alejado de las peleas callejeras, pero la velocidad era algo que llevaba en la sangre, algo que ni siquiera el entrenamiento profesional podía calmar.

—¿Carreras? —pregunté, fingiendo desinterés mientras ajustaba mi mochila.

—Sí. Me han dicho que sabes moverte rápido, pero no sé si sabes conducir de esa forma, con presión y apuestas de por medio. ¿Te apuntas? Podría ser una buena forma de calentar motores antes de que representes a Milán.

Me quedé pensando unos segundos. Mi mente viajó a la finca, a la mirada gélida de Anne y a la furia contenida que todavía sentía por lo de Tristán. Necesitaba quemar adrenalina o terminaría matando a alguien.

—Cuenta conmigo —respondí finalmente, con una sonrisa de lado—. Veremos si esos autos de calle aguantan mi ritmo.

David soltó una carcajada y me dio una palmada en el hombro.

—Ese es el espíritu. Mira, ya que no tenemos más clases y falta para la noche, vamos al área de descanso. Te voy a presentar a unas amigas, para que veas que en esta universidad no todo es estudiar —me guiñó un ojo—. Necesitas relajarte, Moretti. Pareces un resorte a punto de saltar.

Lo seguí en silencio. Tenía el presentimiento de que esta noche sería el escape perfecto, aunque una parte de mí no podía dejar de preguntarse qué estaría tramando Anne en ese nido de serpientes que era la academia.

Caminamos hacia la zona de las sombrillas cerca de la cafetería central. El sol de la tarde pegaba con fuerza, pero no tanto como la presencia de las dos chicas que esperaban a David. En cuanto nos vieron acercarnos, se enderezaron, y yo sentí ese instinto primario de alerta que se activa cuando tienes frente a ti a alguien que sabe exactamente el poder que tiene.

—Chicas, les presento a Nathaniel Deveraux Moretti—dijo David con una sonrisa de suficiencia—. El futuro de la Fórmula 1. Nate, ellas son Manuela Bianchi y Bianca Calderone.

Me quedé un segundo en silencio, recorriéndolas con la mirada. Bianca Calderone tenía el cabello corto y rubio, de un tono platino que me dio un vuelco al corazón; se parecía demasiado al nuevo corte de Anne, lo que me generó una punzada de ansiedad y protección inmediata. Era sexy, con una mirada felina que no se despegaba de mí, pero había algo en ella que me recordaba demasiado a mi hermana.

Sin embargo, Manuela Bianchi fue la que me detuvo la respiración. Tenía una melena castaña que caía en ondas perfectas sobre sus hombros y un escote pronunciado en su blusa de seda que no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Tenía esa belleza clásica italiana, pero con un aire peligroso, de las que saben que pueden quemarte si te acercas demasiado.

—Un Moretti... —murmuró Manuela con una voz ronca, estirando una mano hacia mí—. He oído hablar de tu familia. Dicen que son de armas tomar.

—Solo cuando es necesario —respondí, aceptando su mano y sintiendo una descarga de electricidad que me distrajo por completo del caos.

Me senté a su lado, atraído casi magnéticamente por su perfume y la forma en que se inclinaba hacia mí al hablar, dejando que su escote quedara peligrosamente cerca de mi vista. Intenté concentrarme en la conversación de David, pero la mirada de Bianca era constante, pesada, como si estuviera analizando cada uno de mis movimientos desde el otro lado de la mesa.

—¿Y bien, Nathaniel? —preguntó Manuela, humedeciéndose los labios—. David dice que vas a correr esta noche. Espero que seas tan rápido en la pista como dicen que eres en todo lo demás.

—Tendrás que ir a verlo por ti misma —le dije, bajando la voz, dejando que mi competitividad saliera a flote.

A pesar de la atracción que sentía por Manuela, la presencia de Bianca, con ese cabello tan similar al de Anne, me mantenía con un pie en la realidad. Era una distracción necesaria, pero peligrosa.

Manuela sabía exactamente lo que estaba haciendo; se inclinaba hacia mí, dejando que su perfume me embriagara, mientras yo le devolvía cada mirada y cada palabra con un descaro que solo la adrenalina de la situación me permitía tener.

—Así que... un corredor —murmuró ella, acercándose a mi oído—. Me encantan los hombres que saben controlar máquinas salvajes. Me pregunto si tienes el mismo control con otras cosas.

—Podrías comprobarlo tú misma —respondí, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. No suelo decepcionar.

Bianca nos observaba desde el otro lado con una expresión indescifrable, una mezcla de envidia y un análisis gélido. David, captando la tensión y la urgencia que emanaba de nosotros, se levantó con una sonrisa de complicidad.

—Bianca, vamos a buscar unas bebidas, estos dos necesitan "conocerse" mejor —dijo David, lanzándole una mirada rápida a Manuela que ella respondió con un ligero asentimiento de cabeza.

Nos quedamos solos. Manuela se inclinó más, dejando que un mechón de su cabello castaño rozara mi brazo.

—Así que... las carreras de esta noche —murmuró— ¿Ya tienes un copiloto de suerte? ¿Qué te parece si yo ocupo ese lugar? Prometo que mi presencia te hará ir mucho más rápido.

—No suelo llevar distracciones en el asiento de al lado cuando hay dinero de por medio —le dije, aunque mi resistencia se estaba desmoronando por segundos.

—No soy una distracción, Nathaniel. Soy el premio.

—Está bien —cedí, soltando un suspiro derrotado pero divertido—. Vendrás conmigo. Pero si perdemos, la culpa será toda tuya.

Manuela sonrió con victoria y, sin previo aviso, se levantó para sentarse directamente sobre mi regazo, rodeando mi cuello con sus brazos. Sentí el roce deliberado de sus caderas contra mi entrepierna, una fricción que mandó una descarga de adrenalina directo a mi espina dorsal. Se movió con lentitud, buscando acomodarse, pero cada movimiento era una tortura deliciosa.

—¿Te sientes cómodo, Moretti? —susurró cerca de mi oído.

Cerré los ojos un segundo, apretando la mandíbula mientras sentía cómo la sangre empezaba a acumularse donde no debía. Mis manos bajaron instintivamente a su cintura, apretándola con fuerza.

—¿Podrías dejar de moverte tanto? —le dije con la voz notablemente más ronca—. No creo que te guste la respuesta que mi cuerpo te va a dar si sigues haciendo que el "problema" se levante aquí mismo.

Manuela soltó una carcajada vibrante, sintiendo perfectamente mi reacción bajo ella. No se quitó; al contrario, se inclinó para que sus labios rozaran los míos, con un brillo de pura travesura en los ojos.

—¿Ah, sí? ¿Y quién dice que no me gusta? —preguntó en un susurro provocador—. ¿Qué tal si lo comprobamos ahora mismo?

No pude contenerme. La forma en que me desafiaba con la mirada y la presión de su cuerpo sobre el mío eran demasiada tentación. La tomé de la nuca y la besé con hambre, un beso profundo que sabía a café y a peligro, ignorando por completo que estábamos en medio del campus. Cuando nos separamos, ambos estábamos respirando con dificultad.

—Vas muy rápido, Bianchi —le susurré, tratando de recuperar el aliento pero sin soltar su cintura—. ¿Por qué mejor no guardamos esa energía y celebramos después de que gane la carrera?

Manuela soltó una risita, acomodándose un mechón de pelo mientras sus ojos brillaban de forma juguetona.

—Pero qué confiado eres, Moretti. Ya te crees ganador antes de encender el motor.

—Así es —le respondí con una sonrisa arrogante—. Además, para eso tengo a mi copiloto de la suerte, ¿no? No vas a dejar que muerda el polvo.

—Está bien, acepto el trato —respondió ella, suavizando el tono.

Aproveché que el ambiente se había calmado un poco para tratar de poner los pies en la tierra. No quería que fuera solo una distracción física; si iba a estar en mi auto, quería saber quién era.

—Mejor aprovechemos para conocernos mejor antes de que David vuelva —le dije, recorriendo su rostro—. ¿Qué estás estudiando?

—Medicina —respondió ella, y noté un destello de orgullo en sus ojos—. Acabo de empezar el semestre al igual que tú.

La miré de arriba abajo, deteniéndome de nuevo en su escote y en su actitud provocadora. No pude evitar que una chispa de sorpresa cruzara mi cara.

—Genial... —admití—. La verdad, no lo veía venir.

Manuela soltó un suspiro pesado y su expresión cambió de inmediato. Se puso tensa sobre mi regazo y me clavó una mirada cargada de fastidio.

—Mínimo en este momento debes estar pensando que soy una puta o algo así, ¿cierto? —soltó sin anestesia—. Que una futura doctora no debería vestirse así ni sentarse en las piernas de un tipo que acaba de conocer.

Me quedé helado por un segundo. La honestidad brutal de su pregunta me tomó desprevenido, pero no iba a mentirle.

—No exactamente así —respondí, manteniendo el tono firme—. Pero no creo que sea a la única persona que hayas seducido hoy. Tienes mucha práctica, Manuela.

Ella se irritó visiblemente. Se separó un poco de mí, con los hombros rígidos.

—Básicamente, me estás llamando puta—espetó, y pude ver que mi comentario le había dado donde más le dolía—. Porque me gusta cómo me veo y no tengo miedo de lo que quiero, ¿ya soy una cualquiera para ti?

La miré fijamente, sosteniéndole la mirada con una mezcla de honestidad bruta y ese cinismo que se me había pegado como una segunda piel desde que todo se fue al diablo en la academia.

—Sí —solté sin filtros. Vi cómo sus ojos se encendían de rabia—. Mira, lo siento, suelo ser muy directo y claro en ciertas situaciones. No me gusta andar con rodeos.

Manuela no esperó un segundo más. Se levantó de mi regazo con una agilidad furiosa, sacudiéndose la falda y ajustándose la blusa como si el contacto conmigo de repente le quemara.

—Mejor piensa lo que quieras, Moretti —espetó, dándome la espalda.

—¿Te enojaste? —le pregunté, recostándome en el asiento con los brazos cruzados, observando su lenguaje corporal—. ¿Por qué te pones así si básicamente solo estoy diciendo algo que es obvio? No es un pecado, Manuela.

Ella se giró de golpe, y esta vez no había ni rastro de la chica coqueta de hace cinco minutos. Sus ojos destilaban una mezcla de orgullo herido y resentimiento.

—No, no estoy "enojada", estoy harta —sentenció—. No ando por ahí coqueteándole a cualquier hombre que se me cruza por el campus. Simplemente me llamaste la atención, me gustaste y decidí ir por lo que quería. Punto. Y en cuanto a mi ropa... me gusta verme así y ya. No creo que eso tenga nada que ver con mi estilo de vida o mi capacidad intelectual para estudiar lo que me gusta.

Se acercó un paso, señalándome con el dedo, y su voz bajó una octava, volviéndose más afilada.

—Además, no todos tenemos la suerte de tener padres ricos que nos compran una vida y una carrera antes de nacer. Algunos tenemos que usar lo que tenemos para abrirnos paso.

Me quedé mudo. El golpe fue directo al mentón. "Ok, bien hecho, Nate", pensé para mis adentros mientras la veía respirar agitada por la indignación. "La juzgaste por la portada y acabas de ofender a la única persona que te hizo olvidar el desastre de tu familia en todo el día". La sombra de mi padre y el apellido D'Amato pesaban en mis hombros, y ella acababa de recordarme que mi privilegio a veces me volvía un imbécil prejuicioso.

Suspiré, dejando caer los brazos y perdiendo toda la arrogancia.

—Oye... Manuela —me puse de pie, acercándome a ella con las manos en señal de paz—. Tienes razón. Me pasé de idiota. Te pido disculpas, de verdad. No debí asumir nada de tu vida sin conocerte.

La miré a los ojos, tratando de encontrar de nuevo a la chica que me había besado con tanta hambre hace un momento.

—A veces olvido que no todo el mundo es tan retorcido como la gente con la que crecí. ¿Podemos empezar de cero? Todavía quiero a esa copiloto esta noche.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
total 1 replies
Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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