Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO #6 LA VERDADERA FORMA DE DORIUS.
La casa de Kael olía diferente de noche.
De día, con la luz entrando por las ventanas y los sonidos de la calle filtrándose por las rendijas, el lugar parecía casi normal. Casi habitable. Los muebles eran caros, las paredes estaban impecables, todo ocupaba su sitio con una precisión que delataba horas de trabajo de limpieza.
Pero yo notaba las pequeñas cosas.
El silencio demasiado perfecto. La ausencia de fotos familiares en lugares visibles. El frío de una casa donde nadie parecía quedarse el tiempo suficiente para calentarla.
Kael me guio hasta la cocina.
—¿Te gusta la pizza? —preguntó, sacando el teléfono—. Podemos pedir una. ¿Qué te gusta?
—Lo que sea está bien.
—Muzzarela entonces. La clásica.
Kael hizo el pedido mientras yo miraba alrededor. La cocina era grande, moderna, con electrodomésticos que parecían recién salidos de una revista. Pero no había nada en el refrigerador, ningún imán en la puerta, ninguna nota pegada en un corcho. Era una cocina de catálogo, no una cocina vivida.
—Mi madre casi nunca cocina —dijo Kael, como si me leyera el pensamiento—. Por eso pido pizza seguido.
—¿Y tu padre?
—Viaja. Siempre viaja.
Kael se apoyó en la encimera y me miró.
—Nunca imaginé que vendrías a mi casa.
—Yo tampoco.
—Pensé que te habías cansado de mí. De nosotros.
Negué con la cabeza.
—No es eso.
—Entonces ¿qué?
La pregunta flotó en el aire. Podía sentir el peso de sus ojos sobre mí, esperando una respuesta que no podía dar.
—Solo estaba... procesando cosas —dije al final—. Cosas personales.
Kael asintió, pero su expresión dejaba claro que no se lo creía del todo.
—¿Y ya las procesaste?
—Todavía no.
—Ah.
El timbre sonó. La pizza llegó en menos de veinte minutos. Kael pagó, volvió con la caja y la abrió en la mesa. Dos platos, dos servilletas, dos vasos de agua. Un gesto tan cotidiano que me apretó el pecho.
Comimos en silencio al principio. Luego Kael empezó a hablar.
Habló del instituto, de los entrenamientos, de lo pesado que era tener que sonreír siempre. Habló de su madre, que estaba de viaje otra vez, y de su padre, que apenas llamaba. Habló de su hermano pequeño, que vivía en su propio mundo y no parecía necesitar a nadie.
Yo escuchaba.
Pero esta vez, también hablé.
No de lo importante. No de lo que dolía. Pero hablé. Dije cosas sobre los niños de la casa de acogida. Sobre Lucas y su peluche Pipo. Sobre cómo Martina siempre quería ganar en los juegos. Sobre Tomás y sus problemas con las matemáticas. Sobre Sofía, que a sus doce años ya parecía una adulta pequeña. Sobre Sonia y su chocolate caliente y sus consejos.
Kael me miraba mientras hablaba, con una expresión que no sabía leer.
—Eres diferente —dijo Kael, cuando terminé de contar cómo Lucas había llorado cuando encontramos a Pipo.
—¿Diferente cómo?
—No sé. En el instituto pareces... no invisible, pero sí muy callado. Muy en tu mundo. Pero aquí, ahora, hablas más. Te ríes. Te mueves distinto.
Bajé la vista.
—Es más fácil aquí.
—¿Por qué?
—Porque no hay nadie mirando.
Kael se quedó pensando un momento.
—Yo también soy así —dijo—. En el instituto soy uno. Aquí soy otro.
—¿Y cuál es el de verdad?
Kael sonrió con tristeza.
—Los dos.
Se hizo un silencio cómodo. De esos que no piden ser llenados.
—¿Quieres ver algo? —preguntó Kael, levantándose—. Tengo una colección de cosas raras.
—¿Cosas raras?
—Sí. Sígueme.
Me llevó a su habitación. Yo ya la conocía, pero verla de día era distinto. La luz revelaba detalles que en la penumbra se escondían: los libros apilados en la mesilla, las fotos de baloncesto en la pared, un pequeño estante con objetos que no pegaban con la imagen de Kael Alistar, capitán del equipo, chico popular.
Había piedras de colores. Un móvil de estrellas colgando del techo. Una colección de plumas guardadas en un frasco. Un mapa del mundo clavado en la pared con banderitas de sitios que Kael quería visitar.
—¿Qué es esto? —pregunté, señalando las piedras.
—Las recojo desde pequeño. Cada vez que voy a algún sitio nuevo, traigo una. Esta es de una playa a la que fui con mi abuela. Esta de un parque nacional. Esta la encontré en el jardín de mi casa cuando tenía seis años.
Cogí una piedra lisa, de un azul pálido.
—Es bonita.
—Esa es mi favorita —dijo Kael, acercándose—. Parece un cielo pequeño.
Estábamos muy cerca. Podía sentir su calor, oler su perfume, notar la forma en que su respiración se había vuelto un poco más lenta.
Retrocedí.
—Enséñame más.
Kael me mostró las plumas, las estrellas, el mapa. Me contó historias de cada cosa. De viajes que nunca había hecho pero soñaba con hacer. De lugares que quería visitar con alguien especial. Mientras hablaba, sus ojos brillaban de una forma que yo nunca había visto en el instituto.
—Nunca le enseñé esto a nadie —dijo Kael, de repente.
—¿Ni siquiera a Adán?
—No. Adán sabe que tengo mis cosas, pero nunca las vio. No sé por qué te las muestro a ti.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—Tal vez porque soy un buen guardián de secretos.
Kael me miró.
—Sí —dijo, en voz baja—. Tal vez.
Nos sentamos en el suelo, entre las piedras y las plumas y los sueños de Kael. La tarde caía lentamente, pintando la habitación de tonos naranjas.
—¿Tú tienes cosas así? —preguntó Kael—. Cosas que no le muestras a nadie.
Pensé en mi abuela. En su foto en la pared. En los libros que leía una y otra vez. En el gato naranja que era yo mismo.
—Sí.
—¿Y qué son?
—Recuerdos, sobre todo. De mi abuela. Ella me crió.
—¿Y tus padres?
—Se fueron cuando era pequeño.
Kael no dijo "lo siento". No hizo esa cara de lástima que la gente pone a veces. Solo asintió, como si entendiera.
—Mi abuela paterna también era importante para mí —dijo—. Murió hace dos años. A veces pienso que era la única que me veía de verdad.
Lo miré. Había tanta honestidad en sus ojos, tanta fragilidad, que me dolía el pecho.
—Yo te veo —dije, sin pensar.
Kael parpadeó.
—¿Qué?
—Te veo. No al capitán de baloncesto. No al chico popular. A ti. Al que colecciona piedras y quiere viajar por el mundo. Al que se preocupa por un gato naranja. Al que está cansado de sonreír.
Las palabras salieron solas, sin filtro, sin miedo. No supe de dónde vinieron. Solo supe que eran ciertas.
Kael se quedó muy quieto.
—Nadie me había dicho eso antes —murmuró.
—Pues es verdad.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Era un silencio lleno de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
—Dorius —dijo Kael, al fin—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Por qué me evitabas esta semana?
Bajé la vista. Mis dedos jugaban con el borde de una pluma.
—Porque tengo miedo.
—¿Miedo de qué?
—De sentir demasiado.
Kael no preguntó a qué me refería. Pero algo en su mirada cambió. Se volvió más suave, más profundo.
—Yo también tengo miedo —dijo—. Todo el tiempo.
—¿De qué?
—De que si dejo de sonreír, la gente se dé cuenta de que por dentro estoy... ¿roto? —Sonrió calidamente—.
Levanté la cabeza y lo miré directamente.
—No estás roto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los rotos no guardan piedras bonitas. No sueñan con viajar. No esperan a un gato todas las semanas.
Kael sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero real.
—Eres raro —dijo.
—Lo sé.
—Pero me gusta.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Te gusta?
—Que seas raro. Que digas cosas así. Que me mires como si de verdad me vieras.
Nos miramos un largo rato. La luz naranja de la tarde nos envolvía.
—Kael —dije, con la voz muy baja—. Hay algo que debería decirte. Algo sobre mí.
—Dime.
—Es difícil. No sé cómo...
Su teléfono sonó. Los dos saltamos, sobresaltados. Kael miró la pantalla.
—Es mi madre —dijo, con el ceño fruncido—. Tengo que contestar.
Asentí. Me levanté.
—Mejor me voy.
—¿Seguro?
—Sí. Los niños me esperan para cenar.
Kael me acompañó a la puerta. En el umbral, dudó un momento.
—¿Volverás? —preguntó.
Lo miré. Quería decirle que sí. Quería decirle que volvería todos los días si pudiera. Quería decirle tantas cosas.
—Sí —dije.
Kael sonrió.
—Bien. Buen chico.
Caminé de vuelta a la parada del autobús con el corazón latiéndome fuerte. Había estado tan cerca de contarle. Tan cerca de decirlo todo.
Pero no era el momento. Todavía no.
Tenía que hacerlo bien. Tenía que encontrar las palabras. Tenía que estar seguro de que, cuando lo dijera, Kael no saldría corriendo.
En el autobús, apoyé la cabeza en el vidrio y sonreí.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo.
Bueno, sí. Tenía mucho miedo. Pero también tenía esperanza.
Y eso era más de lo que había tenido nunca.
Esa noche, en la casa de acogida, bajé a cenar con los niños.
Lucas me pidió que lo sentara a su lado. Martina me contó que había ganado un concurso de dibujo. Tomás me pidió ayuda con los deberes. Sofía me sonrió desde el otro lado de la mesa.
Sonia me miró con atención mientras servía la sopa.
—Estás distinto —dijo, en voz baja.
—¿Sí?
—Sí. Menos... ¿Triste?
Pensé en Kael. En sus piedras. En sus plumas. En su mapa lleno de sueños.
—Tal vez —dije— estoy aprendiendo a no tener miedo.
Sonia sonrió.
—Me gusta ese Dorius.
Sonreí también.
—A mí también.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻