En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 02
El primer día de trabajo de Shu Yan comenzó antes de que el sol lograra atravesar la densa capa de smog de la ciudad. A las 5:45 AM, se encontraba frente al ascensor privado que conducía al piso 99. Para acceder, había tenido que entregar sus huellas dactilares, un escaneo de retina y firmar un acuerdo de confidencialidad que, en términos legales, básicamente entregaba su alma al Grupo Li.
El ascensor no tenía botones para los pisos intermedios. Era una caja de metal pulido y luz tenue que subía con una suavidad sobrenatural. Al llegar al último nivel, las puertas se deslizaron sin hacer ruido.
Yan dio un paso hacia afuera y se quedó helada.
El piso 99 no se parecía en nada al resto del edificio. Mientras que las plantas inferiores eran un monumento al cristal y al acero, el ático de Li Zixuan era una fortaleza de sombras. El suelo era de piedra volcánica oscura, pulida hasta alcanzar un brillo casi líquido. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de libros cuyos lomos de cuero estaban tan desgastados que parecían piel humana.
Pero lo más inquietante fue lo que notó después de unos minutos de observar: no había ni un solo espejo. Ni en las paredes, ni en los detalles decorativos, ni siquiera en el baño de visitas que encontró al explorar brevemente. Las superficies que normalmente serían reflectantes estaban tratadas con un acabado mate o cubiertas por pesados tapices.
—Extraño, ¿verdad? —Una voz la hizo saltar.
Un hombre joven, de unos veintitantos años pero con una mirada cansada y cínica, estaba apoyado contra una columna. Vestía un uniforme de seguridad negro, pero sin insignias.
—Soy Chen —dijo, extendiendo una mano que Yan no tomó—. Jefe de seguridad personal del jefe. Tú debes de ser la nueva "voluntaria".
—Asistente personal —corrigió Yan con frialdad—. ¿Por qué no hay espejos? Es una elección de diseño bastante... extrema.
Chen soltó una risa seca, carente de humor. —Al señor Li no le gusta ver el paso del tiempo. O tal vez simplemente no le gusta lo que ve. Regla número uno, Shu Yan: nunca traigas nada reflectante aquí arriba. Ni un espejo de maquillaje, ni un teléfono con la pantalla demasiado brillante si no es necesario. Regla número dos: no entres a su despacho privado a menos que él te llame tres veces. Y regla número tres...
Se acercó a ella, bajando la voz. El olor a tabaco y miedo emanaba de él.
—Si escuchas ruidos que no entiendes, o si ves algo que desafía la lógica... cierra los ojos y sigue caminando. Este piso se rige por leyes que no se enseñan en la universidad.
—No soy una niña, Chen. Sé cómo manejar a hombres con excentricidades —respondió Yan, aunque por dentro sus nervios estaban a flor de piel.
—Él no es solo un hombre con excentricidades —susurró Chen antes de alejarse por el pasillo—. Es el dueño de la cadena alimenticia.
Yan se dirigió a su estación de trabajo, un escritorio de ébano situado justo fuera de las enormes puertas dobles del despacho de Zixuan. Empezó a revisar la agenda del día: reuniones con bancos suizos, transferencias de activos a empresas fantasma en las Islas Caimán, y una cena a medianoche con la familia Wang.
De repente, las puertas del despacho se abrieron. No hubo viento, pero Yan sintió una corriente de aire gélido.
—Pase, señorita Shu.
Zixuan estaba de pie junto a un ventanal inmenso que ofrecía una vista panorámica de Shanghái. El sol estaba empezando a salir, pintando el horizonte de un naranja sangriento. Lo extraño era que las cortinas, hechas de un material denso y oscuro, estaban casi totalmente cerradas, dejando solo una rendija mínima por la que entraba la luz.
Él estaba de espaldas a ella. No llevaba la chaqueta del traje, solo la camisa blanca de seda cuyas mangas estaban ligeramente remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y pálidos.
—Dígame, Yan —dijo él, sin volverse—. ¿Qué ve desde aquí?
Yan se acercó con cautela, manteniéndose a una distancia prudente. Miró a través de la rendija.
—Veo una ciudad que nunca duerme. Veo millones de personas luchando por sobrevivir mientras nosotros estamos aquí arriba, observándolos como si fueran hormigas.
Zixuan se giró lentamente. En la penumbra del despacho, sus ojos parecían brillar con una luz propia, una luminiscencia depredadora que hizo que el vello de los brazos de Yan se erizara.
—Hormigas... —repitió él, saboreando la palabra—. Las hormigas son útiles. Tienen una jerarquía, saben morir por su reina. Pero los humanos son diferentes. Son caóticos. Se mueven por deseos que no comprenden. Y sin embargo... su sangre late con una urgencia que a veces envidio.
Se acercó a ella. Yan notó que Zixuan no parecía respirar de manera normal. No había el sube y baja rítmico del pecho. Era como si el aire entrara y saliera de él solo por necesidad de hablar, no de vivir.
—Sus tareas son simples —continuó él, ignorando la creciente palidez de Yan—. Gestionará mis comunicaciones privadas. No quiero que nadie, ni siquiera el consejo de administración, sepa quién entra o sale de este piso. Si falla, no habrá una carta de despido. Habrá consecuencias.
Zixuan extendió una mano y, por un segundo, Yan pensó que la golpearía. Pero él solo rozó un mechón de cabello suelto de la frente de ella. Sus dedos estaban tan fríos como el hielo, una temperatura que ningún ser humano vivo debería tener.
Yan sintió una oleada de náuseas mezclada con una extraña y eléctrica fascinación. Sus instintos le gritaban que huyera, que saltara por la ventana si era necesario para alejarse de esa presencia antinatural. Pero su odio la mantenía anclada al suelo. *Este es el monstruo que mató a mi padre*, se recordó a sí misma. *Debo soportarlo hasta encontrar su debilidad.*
—¿Tiene miedo, Yan? —preguntó él, con una sombra de algo que casi parecía curiosidad en su voz.
—No —mintió ella, clavando sus uñas en las palmas de sus manos—. Solo tengo frío.
Zixuan dejó escapar un sonido que podría haber sido una risa, pero sonó más como el crujido de hojas secas.
—Se acostumbrará al frío. Aquí arriba, el calor es una debilidad que no nos podemos permitir. Vuelva a su puesto. Tenemos una larga noche por delante.
—¿Noche? —preguntó ella—. Apenas está amaneciendo.
Zixuan se detuvo antes de entrar en una habitación contigua, una zona sin ventanas donde la oscuridad era absoluta.
—Para el resto del mundo, el día comienza ahora —dijo él, su figura recortada contra la negrura—. Para mí, el día es solo un intervalo molesto. Mi mundo, y ahora el suyo, comienza cuando el sol se esconde. Bienvenida a la dinastía Li, señorita Shu. Intente no morir en su primera semana.
Cuando la puerta se cerró tras él, Yan se quedó sola en el silencio del piso 99. Se dejó caer en su silla, su corazón finalmente recuperando un ritmo frenético. Miró sus manos; estaban temblando violentamente.
Se obligó a respirar hondo, inhalando el aire viciado y gélido del ático. Abrió el primer archivo en su computadora, pero su mente no estaba en los números. Estaba en la mano de Zixuan sobre su piel. Estaba en la ausencia de espejos. Estaba en la certeza de que no se había infiltrado en una empresa mafiosa.
Se había infiltrado en una guarida. Y ahora, la puerta estaba cerrada por dentro.