Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 7: El Intento
Lo noté porque estaba demasiado atento.
Los verdaderos sirvientes tienen una cualidad particular: invisibilidad. Se mueven con naturalidad, sin fijar la mirada más de lo necesario.
Ese no.
Ese miraba demasiado.
No a Cassian.
A mí.
Incliné ligeramente la cabeza hacia el duque, sin apartar la sonrisa social.
—No mires ahora —murmuré suavemente.
—¿A quién? —respondió con la misma naturalidad.
—Al sirviente que está fingiendo no observarnos.
Silencio breve.
Cassian no giró la cabeza.
Pero lo sentí cambiar.
Esa quietud peligrosa.
—¿Qué hace? —preguntó sin mover los labios.
—Calcula.
Cassian apoyó su copa sobre la mesa.
Movimiento mínimo.
Pero suficiente para alertar a su guardia personal al fondo del salón.
—No te separes de mí —ordenó en tono casual.
Sonreí.
—No pensaba hacerlo.
La música continuó.
Las conversaciones también.
El sirviente avanzó entre los invitados con una bandeja de copas.
Demasiado directo hacia nuestra mesa.
Demasiado decidido.
—Ahí viene —murmuré.
Cassian giró apenas el rostro.
Sus ojos lo encontraron.
El hombre dudó una fracción de segundo.
Error.
Un sirviente entrenado no duda.
—Mi señor —dijo el falso sirviente inclinándose levemente—, vino importado del norte.
Cassian no tomó la copa.
—Déjala.
El hombre la colocó frente a mí.
No frente al duque.
Frente a mí.
Oh.
Qué obvio.
Cassian tampoco movió la copa.
—Elian no bebe nada que no haya sido servido en su presencia directa —dijo con calma.
El hombre sostuvo la postura.
—Como desee, mi señor.
Pero sus dedos permanecieron un segundo más de lo necesario cerca del borde de la copa.
Yo lo miré directamente.
Sonreí.
—¿Te conozco?
Sus ojos titubearon apenas.
—No, señor.
—Qué lástima. Porque tienes una cara que recordaría.
Cassian hizo un gesto mínimo.
Dos guardias avanzaron discretamente.
El falso sirviente retrocedió apenas.
Demasiado tarde.
En cuestión de segundos, fue tomado por los brazos.
El salón quedó en silencio.
Música interrumpida.
Miradas clavadas.
Adrian se acercó de inmediato.
—¿Qué ocurre?
Cassian no respondió de inmediato.
Tomó la copa.
La olió.
Luego la dejó.
—Revisen esto.
Los guardias asintieron.
El hombre intentó zafarse.
—¡Es un error! ¡Yo solo seguía órdenes!
Oh.
Interesante.
Cassian se acercó lentamente.
No levantó la voz.
No mostró ira.
Y eso era peor.
—¿Órdenes de quién?
El hombre apretó los labios.
Silencio.
Un guardia regresó rápidamente.
—Mi señor… hay un residuo extraño en el vino.
El murmullo se volvió más fuerte.
Veneno.
No mortal probablemente.
Pero suficiente para humillar.
Para enfermar.
Para provocar un escándalo.
Intento de ridiculizar al omega ambicioso en público.
Predecible.
Cassian miró al hombre una última vez.
—Llévenlo.
El falso sirviente fue arrastrado fuera del salón.
El silencio quedó suspendido.
Todos miraban.
Esperando reacción.
Cassian giró hacia mí.
Su expresión cambió.
No era política.
Era personal.
—¿Estás bien?
Parpadeé.
—No lo bebí.
—Eso no fue lo que pregunté.
El aire cambió.
—Estoy bien —respondí suavemente.
Sus dedos rozaron mi muñeca, comprobando algo invisible.
Adrian dio un paso más cerca.
—Esto es grave.
—Lo es —respondió Cassian sin mirarlo.
Su atención seguía en mí.
El salón murmuraba.
El ambiente había cambiado.
La comedia romántica acababa de chocar contra la realidad política.
Y yo… sorprendentemente… no estaba asustado.
Estaba molesto.
—Qué poco creativo —murmuré.
Cassian me miró.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Si van a intentar sabotearme, al menos que lo hagan con estilo.
Silencio.
Adrian soltó una pequeña risa incrédula.
Cassian no.
Pero sus ojos se suavizaron apenas.
—Nos retiramos —anunció.
No fue una sugerencia.
Fue una orden.
Y nadie la cuestionó.
De regreso en el carruaje, el silencio era distinto.
Más cerrado.
Cassian no hablaba.
Yo lo observaba.
Sus manos estaban entrelazadas, tensas.
—Vas a romper algo si sigues así —comenté.
—Intentaron envenenarte.
—Intentaron incomodarme.
—No minimices esto.
Su voz era baja.
Controlada.
Pero peligrosa.
—No lo hago.
Me incliné ligeramente hacia él.
—Confío en que no permitirás que vuelva a ocurrir.
Sus ojos se volvieron hacia mí lentamente.
—No ocurrirá.
Silencio.
—¿Sabes quién fue? —pregunté.
—Tengo sospechas.
—¿El heredero?
Cassian negó levemente.
—No.
Eso me sorprendió.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Su respuesta fue inmediata.
—No es su estilo.
Interesante.
En la novela, Adrian jamás recurría a tácticas sucias.
Pero la política cambia a las personas.
—Entonces alguien que quiere crear conflicto entre ustedes —dije.
Cassian no respondió.
Pero su mirada decía que pensaba lo mismo.
Cuando llegamos al palacio, bajó primero.
Luego me ayudó a descender.
No era necesario.
Pero lo hizo.
Su mano no soltó la mía hasta que estuvimos dentro.
En el despacho, el silencio fue más pesado.
Cassian se sirvió vino.
Esta vez lo probó primero.
—No fue un intento improvisado —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Alguien esperaba que lo bebieras.
—Lo sé.
—Y alguien quería que yo lo viera.
Ah.
Ahí está.
No solo era sabotaje contra mí.
Era provocación directa al duque.
Me senté frente a él.
—¿Te preocupa que me convierta en una debilidad?
Sus ojos se alzaron.
—Ya lo eres.
La respuesta fue tan directa que me dejó en silencio.
—Eso no es necesariamente malo —continuó.
—Depende de cómo lo uses.
Me incliné hacia adelante.
—¿Y cómo planeas usarlo?
Silencio.
Luego:
—Como advertencia.
Oh.
Eso no sonaba bien para alguien más.
—Cassian…
Se levantó.
Rodeó el escritorio.
Se detuvo frente a mí.
—No voy a encerrarte.
—Bien.
—No voy a apartarte del consejo.
—Excelente.
—Pero cualquiera que intente tocarte…
Su mano se cerró suavemente alrededor de mi muñeca.
No fuerte.
Pero firme.
—Aprenderá que fue un error.
Mi pulso se aceleró.
No por miedo.
Por intensidad.
—No quiero que esto se convierta en guerra.
—No lo será.
—¿Prometes?
Silencio.
—Prometo que será breve.
Suspiré.
Eso no era exactamente tranquilizador.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—¿Estás asustado?
Lo miré.
Pensé.
Y negué.
—Estoy… involucrado.
Sus labios se curvaron apenas.
—Eso es peor.
—Lo sé.
Por un momento, ninguno habló.
La tensión no era romántica.
Era estratégica.
Pero debajo…
Algo más seguía creciendo.
—No voy a ser tu debilidad —murmuré.
—No.
Sus dedos rozaron mi mejilla.
—Serás la razón por la que nadie se atreva.
Mi corazón dio un pequeño salto traicionero.
—Eso suena casi halagador.
—Lo es.
Y por primera vez desde que comenzó todo esto, entendí algo claro.
No estoy intentando sobrevivir al capítulo 23.
Estoy adelantándolo.
Forzando a los enemigos a moverse antes de tiempo.
Y eso significa que la historia ya no está esperando a desarrollarse lentamente.
Está reaccionando.
A mí.
A nosotros.
Cassian apoyó su frente contra la mía brevemente.
Un gesto íntimo.
Sin testigos.
—No vuelvas a intentar protegerme solo con sarcasmo.
Sonreí.
—No prometo nada.
Sus ojos brillaron.
—Lo imaginé.
Y mientras el imperio murmuraba, mientras los enemigos comenzaban a mostrarse, mientras la trama original se desmoronaba…
Había algo que estaba completamente claro.
El villano no estaba perdiendo el control.
Lo estaba reclamando.
Y esta vez…
No estaba solo. 😏🔥