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Dueña De Mí

Dueña De Mí

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Mafia / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Alessandra Bizarelli

Una nueva vida en Roma era todo lo que la profesora Alexandra necesitaba para escapar de un matrimonio fallido y de las dificultades en Río de Janeiro. Con una beca y el sueño de un nuevo comienzo para sus hijos, no contaba con que su destino se cruzaría con el de Lucca Torrentino, el poderoso e implacable Don de la ciudad.

Lucca está acostumbrado a la sumisión, pero Alexandra es experta en resistirse. Entre los lujos de la élite italiana y las sombras del submundo romano, comienza un choque de voluntades donde la pasión se convierte en el arma más arriesgada.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu libertad cuando el amor y el poder intentan encadenarte?

En esta historia de autodescubrimiento y fuerza femenina, Alexandra descubrirá que la verdadera libertad exige valentía y que ningún título es más importante que ser dueña de sí misma.

NovelToon tiene autorización de Alessandra Bizarelli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

El vuelo del Galeão a Fiumicino pareció una eternidad, pero el aterrizaje en Roma trajo una mezcla de alivio y expectativa. Las maletas, el taxi y, finalmente, la llegada. Todos los becarios del programa federal fuimos dirigidos al mismo lugar: la deslumbrante Villa Torrentino.

El lugar era para quitar el aliento. No era un hotel, era un palacio. Mármol, obras de arte, lámparas gigantescas. Yo, que viví toda la vida entre el asfalto de la Zona Norte, las callejuelas del morro de la Zona Sur y el suelo de tierra batida de Itaboraí, donde vive mi padre, sentí que entraba en una película.

—¿Qué es esto, eh? ¡Estamos en el lugar correcto, profesora Alexandra! —murmuré para mí misma, admirada con la grandiosidad de la arquitectura, mientras un funcionario impecable llevaba mi maleta a la habitación.

En la habitación, lo primero que hice fue ajustar la vista hacia la ventana - un jardín de esculturas renacentistas - y llamar a casa por video llamada.

La primera llamada fue para Graziela y Antônio, que estaban en casa de la abuela.

📲 ¡Madre! ¡Qué lindo! —gritó Graziela del otro lado de la pantalla, mientras Antônio intentaba meter el rostro en la cámara para ver mejor—. ¡Parece el cuarto de hotel donde vive Barbie!

📲 Es maravilloso, mis amores. Su madre llegó bien. ¿Se están portando bien? —pregunté, riendo de la emoción de ellos.

📲 ¡Sí! Papá nos está llevando a la escuela todos los días y la abuela cocina macarrones —respondió Antônio.

📲 ¿Ven? Su padre está dando cuenta. Su madre va a conocer el hotel y el rectorado ahora. ¡Besos, los amo!

Terminé la llamada y llamé a Doña Lurdes y Fabi, que estaban juntas en la sala.

📲 ¡Llegué, chicas! —anuncié.

📲 ¡Mírala, internacional! —exclamó Fabi, riendo—. ¡Qué lujo, Alê! ¿Ese hotel es del tal Lucca Torrentino, el poderoso de Roma? Parece que es lindo, pero el dueño es un misterio.

📲 El hotel es increíble, parece un palacio. Pero al dueño aún no lo vi ni lo veré —Me encogí de hombros—. El rectorado de la universidad va a hacer la recepción hoy a la noche aquí mismo.

Doña Lurdes me miró con cariño.

📲Aprovecha cada segundo, mi hija. Te mereces todo este lujo. Anderson se está desenvolviendo, haciendo su parte. Enfócate en tu estudio.

📲 Gracias, ustedes son mi puerto seguro. Ahora necesito arreglarme, ¡la profesora Alexandra va a la fiesta!

Descolgué con una sonrisa en el rostro. La profesora de historia de la Zona Norte estaba en Roma, hospedada en un palacio. La vida era, de hecho, llena de sorpresas.

A la noche, vestí mi mejor ropa. Un vestido negro, de un solo hombro, que había comprado con mi decimotercer salario el año anterior. Me esmeré en el maquillaje, me hice una cola de caballo elegante y me sentí, por primera vez en años, no solo arreglada, sino bonita, confiada. Respiré hondo y me dirigí al salón principal de la Villa Torrentino.

El salón era grandioso, lleno de becarios de todo el mundo. La mayoría hablaba en inglés, y agradecí mentalmente por los años de curso, entendía lo suficiente para defenderme. El rectorado nos recibió, y la conversación luego migró a la logística de nuestra estadía.

—Seremos realojados en una villa próxima a la universidad —me explicó una colega de Argentina—. Parece que pertenece al mismo empresario, ese tal Lucca Torrentino. Él es el gran patrocinador de nuestro programa.

💭Otro más del imperio Torrentino —pensé, impresionada con el alcance de aquel hombre.

La rectora subió al escenario y comenzó el discurso.

🎤...y es con gran honor que recibimos al anfitrión de esta noche, el hombre cuya visión y generosidad hicieron este programa posible. ¡El signore Lucca Torrentino!

Las mujeres a mi alrededor soltaron suspiros eufóricos. Miré hacia el escenario y mi quijada casi cayó.

Él subió los escalones con una elegancia letal. No era apenas un hombre, era una fuerza de la naturaleza. Alto, traje impecable, barba por hacer que le daba un aire de peligro, y una mirada que parecía cargar todos los secretos de Roma. Era fuerte, imponente, un típico italiano con un "toque másculo" - exactamente como le había dicho a Fabi.

Él tomó el micrófono, y su voz era un susurro ronco que, de alguna forma, llenaba el salón.

🎤 Benvenuti a Roma! —dijo él, y el inglés vino a continuación, con un acento italiano delicioso y autoritario—. Mi familia cree en el poder de la historia y de la educación. Ustedes están aquí para descubrir el pasado, pero recuerden: el futuro es escrito por aquellos que tienen coraje de actuar. Aprovechen la ciudad, aprovechen la villa, y si hubiera algún problema, mis funcionarios estarán a disposición.

Él descendió del escenario bajo aplausos y miradas de adoración. Una colega a mi lado, una americana rubia, se volteó hacia mí, los ojos brillando.

—¡Oh my god! Él es para quitar el aliento, ¿no es cierto? ¡Un verdadero Don!

Lo miré nuevamente, viéndolo conversar con el rectorado con la misma autoridad que imaginé a los jefes de la mafia usando.

💭Cuidado con lo que deseas, Alexandra —pensé conmigo misma, sintiendo un calor extraño subir por mi cuello. Me gustaban las películas de mafia, pero la vida real prometía ser bien más complicada que una película agua con azúcar.

......................

Los estudios en la Universidad de Roma comenzaron a todo vapor, y yo me sentía en un verdadero trance intelectual. Estar en la cuna de la civilización occidental, tocando documentos que databan de siglos, era el combustible que yo necesitaba. Mi rutina era intensa: pasaba las mañanas en la biblioteca de la universidad y las tardes en visitas técnicas a los foros y monumentos.

—¡Incredibile, Alexandra! Su análisis sobre la influencia del Derecho Romano en las colonias portuguesas es fascinante —comentó el profesor Giovanni, mi tutor, mientras revisábamos mis primeros informes.

—Gracias, profesor. Para quien enseñaba eso en el pizarrón, en una sala con cuarenta alumnos y un calor de cuarenta grados en Río, estar aquí es como vivir dentro del propio libro didáctico —respondí, con una sonrisa que no se iba de mi rostro.

Yo me dedicaba con una disciplina casi militar. Me despertaba temprano en la Villa Torrentino, tomaba un café fuerte mirando hacia los jardines y me sumergía en los libros. La añoranza de mis hijos era la única cosa que apretaba, pero las llamadas de video nocturnas me mantenían sana. Yo les contaba sobre las columnas, sobre el Coliseo y sobre cómo la historia estaba viva en cada esquina.

📲 Madre, ¿ya viste algún Don de verdad? —preguntó Graziela en una de esas llamadas, riendo de mi cara.

📲No, Grazi. Ellos deben estar ocupados siendo ricos y poderosos en algún lugar. Yo soy solo una becaria enfocada en los libros —bromeé, aunque, en el fondo, la imagen de Lucca Torrentino en el escenario aún surgiera en mi mente de vez en cuando.

La villa donde estábamos viviendo era un refugio de paz. Era elegante, silenciosa y nos daba la sensación de que estábamos bajo la protección de un imperio invisible. Yo estaba allí para reinventarme, para ser la mejor historiadora que Brasil ya vio, y cada página vuelta en aquella biblioteca era un paso más para la Alexandra que yo siempre soñé ser. Italia me estaba curando, y el conocimiento era mi mejor remedio.

Después de semanas enterrada en pergaminos, acepté la invitación de dos colegas, la argentina Elena y el español Javier, para conocer un bar escondido en Trastevere. Bebimos vino, reímos de las diferencias lingüísticas y yo me sentí viva, ligera, lejos de las responsabilidades que me sofocaban en Río.

Bailamos en el bar animado y cuando un graciosillo intentaba venir hacia Elena y hacia mí, Javier, nos protegía.

—¡Scuzzi, signores! ¡Ellas están conmigo!

—¿¡Las dos!?

—¡Soy un uomo goloso!

Nosotros reíamos y él hacía muecas.

—¡Que Dionisio me libre! ¡De la fruta que a ustedes dos les gusta como hasta el carozo!

La noche avanza y el cansancio golpea, tengo que despertarme temprano al día siguiente. Ellos pretenden quedarse, pero Javier me acompaña hasta próximo a la entrada de la villa.

—Alexandra, ¡tú bailas como si estuvieras con si flirtearas con una pasión peligrosa! —bromeó Javier, mientras caminábamos de vuelta, ya tarde por la noche.

—¡Es la sangre carioca, Javier! Nosotros podemos estar en el frío de Europa, pero el ritmo no se va del cuerpo —respondí, riendo— ¡Y ustedes también son así! Nuestra sangre es caliente, como la de los italianos.

Nos despedimos cerca de la plaza principal, y yo decidí cortar camino por una callejuela estrecha que llevaba a los fondos de la Villa Torrentino. El silencio era absoluto, quebrado apenas por el sonido de mis tacos en el adoquín. De repente, un coche negro de vidrios oscuros frenó bruscamente en la entrada de la calle, bloqueando el paso. Dos hombres de traje oscuro descendieron, pero no me miraron a mí, ellos cercaron a un hombre que venía en el sentido opuesto.

Sentí el peligro en el aire. Retrocedí hacia las sombras de un arco de piedra.

—Don Lucca envió un recado, y usted ignoró —uno de los hombres dijo, su voz era como una lámina—. Ahora, ¡la cuenta es con la sangre!

—Por favor... ¡yo voy a conseguir el dinero! —el hombre cercado imploró, la voz trémula.

Yo estaba paralizada. Mi corazón latía tan fuerte que yo pensé que ellos oirían. El sonido de un puñetazo seco resonó, seguido de un gemido. Yo no podía quedarme allí, pero tampoco conseguía moverme. Fue cuando, de las sombras del coche, una figura alta e imponente emergió. Lucca Torrentino. Él no usaba el traje impecable de la fiesta, estaba con un sobretodo oscuro y una mirada que helaba el alma.

—El dinero no me importa más, Enzo —Lucca dijo, la voz baja, letal—. Lo que me importa es la lealtad que usted quebró. En Roma, yo soy la ley... ¡y usted se olvidó de eso!

Él hizo una señal discreta. Uno de los hombres sacó un arma y el pánico me dominó. En el susto, mi bolsa se deslizó del hombro y golpeó el suelo con un golpe sordo.

El silencio que se siguió fue aterrador. Los tres pares de ojos se voltearon hacia la oscuridad donde yo estaba.

—¿Quién está ahí? —Lucca preguntó. No era un pedido; era un comando.

Salí de la sombra, temblando, con las manos levantadas. Mi voz casi no salió.

—Yo... yo soy apenas una estudiante. Estoy volviendo para la Villa. ¡Me disculpen, yo no vi nada!

Lucca caminó hasta mí. El olor de perfume caro y tabaco me golpeó. Él paró a pocos centímetros, analizando mi rostro con una intensidad brutal. Reconocí el brillo de reconocimiento en sus ojos.

—Una de las profesora de historia del programa... —Su voz susurrada por un segundo dejó la frialdad y dio lugar a una curiosidad peligrosa—. ¿Usted tiene el hábito de estar en el lugar errado, en la hora errada, signora?

—Yo solo quiero ir para casa —respondí, intentando mantener la firmeza que usaba en la sala de aula, pero mis piernas flaqueaban—. ¡Yo no quiero saber de sus negocios!

—Ahora usted es una testigo —uno de los matones gruñó, aproximándose.

Lucca levantó la mano, parando al hombre en el acto. Él continuó mirándome fijamente, una media sonrisa cínica surgiendo en los labios.

—Déjela. Ella vive en mi villa. Está bajo mi protección... por ahora.

Él se aproximó a mi oído, el aliento caliente en mi piel.

—Vaya para su cuarto, signorina. Olvide lo que vio. Pero recuerde: en Roma, ¡nada es gratis! Yo acabo de ahorrarle la vida, ahora, usted me debe una.

—¡Yo no le debo nada a criminales! —susurré, la audacia carioca venciendo el miedo por un segundo.

Él rió, una risa corta y sombría.

—Veremos. Vaya... ¡Ahora!

Corrí sin mirar para atrás, sintiendo su mirada quemando mi espalda. Llegué al cuarto cerrando la puerta con llave y apoyándome en ella, jadeante. Yo había venido para Italia a estudiar el pasado, pero acababa de volverme prisionera de un presente mucho más peligroso de lo que cualquier libro de historia podría describir.

...🌻🌻🌻🌻...

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