Amar puede ser tan grande para atravesar fronteras, incluso mundos. Pero el amor será tan fuerte para vencer profesias y guerra
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Capítulo XX Bajo la Luna Roja
El Valle de la Niebla no volvió a ser el mismo después de la batalla.
Durante días, el bosque guardó un silencio extraño, como si incluso los pájaros supieran que algo más grande se estaba gestando. Los heridos sanaban. Las patrullas se reforzaban. Y, en el centro de todo, Adrián y Elena aprendían a sostener un poder que crecía más rápido de lo que esperaban.
La herida en el hombro de Adrián cerraba con lentitud. No era profunda, pero el ataque del lobo gris había estado cargado de algo más que fuerza física.
—Hay rastro de magia antigua —murmuró Elena una noche, mientras pasaba los dedos suavemente sobre la cicatriz casi cerrada.
Estaban en la cabaña principal. La chimenea iluminaba la madera con destellos cálidos. Afuera, la luna comenzaba a teñirse de un tono rojizo poco común.
Adrián la observó en silencio.
—No quiero que te acerques a eso —dijo con voz baja.
Elena levantó la mirada.
—No puedes protegerme de todo.
—Puedo intentarlo.
Ella sonrió apenas.
—Y yo puedo decidir luchar contigo.
El silencio entre ambos ya no era tenso. Era profundo. Íntimo. Lleno de cosas que no necesitaban decirse.
Desde la última batalla, algo había cambiado en la manada.
La miraban diferente.
La seguían.
Y eso no había pasado desapercibido para Adrián.
—Hoy, cuando hablaste en el consejo —dijo él, rompiendo el silencio—, nadie cuestionó tu palabra.
Elena se sentó frente a él.
—No quiero quitarte tu lugar.
Adrián soltó una risa breve, grave.
—No lo estás quitando. Lo estás compartiendo.
La luna roja ascendió más alto.
El aire se volvió pesado.
Y entonces lo sintieron.
Un estremecimiento recorrió el valle entero.
No era un ataque físico.
Era un llamado.
Un aullido distante, largo, antiguo.
Elena se puso de pie de inmediato.
—Es él.
Adrián también lo sabía.
Pero esta vez no sonaba como desafío.
Sonaba como invocación.
El consejo se reunió en el claro bajo la luna roja.
Marcos fue el primero en hablar:
—Nunca había visto este fenómeno en esta región.
Una loba anciana, guardiana de las tradiciones, dio un paso al frente.
—La Luna Roja no anuncia guerra… anuncia revelación.
Elena sintió un latido fuerte en el pecho.
—¿Revelación de qué?
La anciana la miró con ojos sabios.
—De sangre. De linaje.
El silencio cayó pesado.
Adrián frunció el ceño.
—Elena es humana.
La anciana negó suavemente.
—¿Lo es?
El viento sopló con fuerza.
Y entonces ocurrió.
Desde el borde del bosque, emergió una figura encapuchada.
No era el lobo gris.
Era alguien más.
Alto. Delgado. Con una presencia distinta.
Cuando bajó la capucha, su cabello plateado brilló bajo la luna roja.
Sus ojos… eran del mismo ámbar intenso que los de Elena cuando se transformaba.
El corazón de Elena se detuvo un segundo.
—No puede ser…
El extraño habló con voz serena.
—He venido a reclamar lo que fue ocultado.
Adrián se colocó frente a Elena por instinto.
—Habla con claridad.
El hombre inclinó la cabeza ligeramente.
—Ella no es humana. No del todo. Su madre pertenecía a la estirpe lunar… una línea extinguida hace generaciones.
Elena sintió que el mundo se inclinaba.
—Eso no es posible. Mi madre era…
—Protegida —interrumpió él—. Sellaron su esencia para evitar que los Alfas de sangre oscura la reclamaran.
El recuerdo del lobo gris cruzó su mente.
—¿Él sabía? —susurró.
—Lo sospecha —respondió el recién llegado—. Por eso vino. Tu poder no es común. No responde solo al vínculo. Responde a herencia.
Adrián apretó los puños.
—¿Y tú quién eres?
El hombre dio un paso adelante.
—Soy Cael. Guardián de la Estirpe Lunar.
Elena sintió una conexión inmediata. No de romance. No de deseo. Sino de verdad.
—¿Qué significa esto para mí?
Cael la miró fijamente.
—Significa que tu transformación fue incompleta. Bajo la Luna Roja, tu verdadera forma puede despertar.
Un murmullo recorrió la manada.
Adrián la miró.
—No tienes que hacerlo.
Pero Elena ya sentía el llamado.
La luna roja parecía latir en el cielo.
—Si no lo hago, él vendrá otra vez —dijo, refiriéndose al lobo gris—. Y esta vez no será solo por territorio.
Cael asintió.
—Vendrá por tu sangre.
El silencio se volvió denso.
Elena respiró hondo.
—Entonces que venga por alguien lista para enfrentarlo.
Se alejaron del claro, adentrándose en el bosque bajo la luna roja.
Solo estaban ellos tres.
Adrián no soltó su mano.
—Si algo se siente mal, lo detenemos.
Elena asintió.
Cael se detuvo en un círculo de piedras antiguas cubiertas de musgo.
—Este es el punto de despertar.
El viento giró en espiral.
Elena se colocó en el centro.
Cerró los ojos.
Y dejó que la luna la atravesara.
El dolor llegó primero.
Más intenso que la primera transformación.
Pero no era físico.
Era memoria.
Voces antiguas susurrando en su sangre.
Imágenes de lobas plateadas liderando manadas enteras. De guerras olvidadas. De traiciones.
Su cuerpo comenzó a brillar levemente.
Adrián dio un paso adelante, pero Cael lo detuvo.
—Confía.
El rugido que emergió de Elena no fue humano.
Ni completamente lobo.
Fue algo más.
Su cuerpo cambió.
Más alto. Más estilizado. Su pelaje, ahora completamente plateado con destellos rojizos bajo la luna.
Sus ojos brillaban como brasas.
Cuando abrió la boca, sus colmillos eran más largos. Más afilados.
Pero su mirada seguía siendo la misma.
Consciente.
Poderosa.
Adrián la miró sin miedo.
Solo con asombro.
Elena dio un paso hacia él.
Y, aun en su forma transformada, apoyó la frente contra la suya.
El vínculo no se rompió.
Se fortaleció.
Cael sonrió levemente.
—La Reina Lunar ha despertado.
El viento cesó.
La luna roja comenzó a desvanecerse lentamente hacia su tono habitual.
Elena volvió a su forma humana, cayendo de rodillas, exhausta.
Adrián la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Estoy aquí —susurró.
Ella levantó la mirada.
Sus ojos ya no eran solo cafés claros.
Tenían un destello plateado permanente.
—Ahora entiendo —dijo con voz débil—. Él no quiere territorio. Quiere el poder de la estirpe.
Adrián asintió.
—Y lo enfrentaremos.
Elena apoyó la mano sobre su corazón.
—Juntos.
Desde lo profundo del bosque, un aullido respondió.
El lobo gris había sentido el despertar.
La guerra que se acercaba ya no era solo por dominio.
Era por sangre antigua.
Y ahora, el Valle de la Niebla no tenía solo un Alfa.
Tenía una Reina Lunar.
Y nadie, ni siquiera la oscuridad que avanzaba entre los árboles, estaba preparado para lo que eso significaba.