En un mundo donde la magia es un privilegio genético, él nació como un error del sistema.
Durante milenios, los Puros —una aristocracia elfa de linaje divino— han gobernado el continente de Aethelgard. Su magia de éter alimenta las ciudades flotantes y otorga una vida eterna, mientras la humanidad sobrevive en las sombras de las mega-ciudades industriales, trabajando como simple combustible para mantener el paraíso de sus amos.
Zane es nadie. Un minero de dieciocho años destinado a morir por la "Peste del Taller" en los niveles más bajos de la Ciudad de Nebulosa. Pero todo cambia cuando, en una fosa de desechos alquímicos, encuentra el Núcleo Zero: un artefacto prohibido de la Era de los Creadores que no debería existir.
Al fusionarse con el núcleo, Zane descubre una verdad aterradora: la realidad no es mística, es código. Y él acaba de convertirse en el primer usuario con permisos de administrador.
"Rescríbela. Devórala. Gobiérnala."
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El Jardín de los Algoritmos
El portal del Abismo los escupió con violencia hacia una superficie que se sentía como terciopelo líquido. Al levantarse, Zane tuvo que cubrirse los ojos: el Jardín de los Algoritmos no era un lugar de sombras, sino un estallido de luminiscencia blanca y verde neón.
Árboles cuyas hojas eran cascadas de código binario caían hacia arriba, desafiando la gravedad. Flores que emitían frecuencias musicales en lugar de aroma se abrían al paso de los viajeros, y el cielo era una red de circuitos dorados que palpitaban con el ritmo del servidor central.
—Zane, mi integridad se siente... extraña aquí —susurró Aurora, tocando un tallo de cristal que crecía del suelo—. Este es el "vivero" del sistema. Aquí se cultivan los protocolos que luego se envían a las ciudades. Es un lugar de creación pura.
Zane activó su Visión de Intención, pero el entorno estaba tan saturado de vida digital que las líneas de destino se enredaban entre sí como enredaderas.
—“No confíes en la belleza, Administrador...” —una voz suave, como el susurro de un ventilador de alta velocidad, llegó desde la espesura del bosque.
De entre los árboles de luz emergieron figuras que Zane reconoció de inmediato, pero que eran fundamentalmente diferentes a los guardias de las Forjas. Eran Elfos, pero sus túnicas estaban rotas y sus cuerpos mostraban "cicatrices" digitales: extremidades que parpadeaban, ojos de diferentes colores y marcas de quemaduras de datos en la piel.
No portaban lanzas de energía, sino báculos de madera orgánica entrelazados con cables de cobre. A la cabeza estaba una mujer elfa de cabellos plateados cuya mitad izquierda del rostro estaba permanentemente pixelada.
—Soy Lyra, líder de los Fragmentados —dijo la mujer, bajando su báculo en señal de paz—. Hemos esperado mucho tiempo para que el portador del Núcleo Zero llegara a nuestro jardín.
—Si trabajáis para Valerius, os borraré antes de que terminéis la frase —gruñó Zane, con su brazo de cromo emitiendo un pulso preventivo de estática.
—Valerius nos considera errores de compilación —respondió Lyra con una sonrisa triste—. Somos los Elfos que desarrollamos empatía por los "procesos biológicos". Los que nos negamos a ver a vuestra especie como simple combustible. Por eso nos expulsó al Jardín, para que el sistema nos absorbiera lentamente.
Lyra los guio hacia un claro donde los restos de una antigua torre elfa servían de refugio. Allí, Zane vio a niños elfo jugando con mariposas de código y ancianos meditando bajo raíces de fibra óptica. No eran los monstruos opresores que imaginaba; eran refugiados, igual que los Olvidadores de la Fosa 9.
—Sabemos lo que Arthur te dijo en el Abismo —dijo Lyra, sentándose frente a una pequeña fuente de mercurio—. El Formateo Total es la solución de un hombre desesperado. Arthur creía que la única forma de salvar la vida era destruyendo el sistema que la aprisiona. Pero, Zane... si borras el servidor, no solo mueren los tiranos. Mueren estos niños. Muere Aurora. Muere la memoria de lo que fuimos.
—¿Y qué otra opción tengo? —Zane golpeó la mesa de piedra—. Valerius tiene el control del flujo de éter. Sin la Corona, solo somos hormigas esperando a ser pisadas.
—Hay una tercera vía —Lyra señaló hacia el centro del Jardín, donde un árbol colosal de luz blanca pura dominaba el paisaje—. El Árbol Raíz. Allí está la tercera pieza: la Semilla de la Armonía. Si la integras, no obtendrás un arma de destrucción, sino un Protocolo de Reescritura. Podrías cambiar el código de Aethelgard sin borrar a sus habitantes. Podrías convertir el imperio en una simbiosis.
Antes de que Zane pudiera responder, el cielo dorado se rasgó. Cuatro naves de asalto de la Casta de Oro descendieron como halcones de metal, disparando rayos de desintegración que prendieron fuego a los árboles de código.
—¡Nos han rastreado! —gritó Aurora, desplegando un escudo de datos que apenas contuvo la primera andanada—. ¡Zane, la firma de la segunda pieza los guio hasta aquí!
Los guardias elfo de élite saltaron de las naves, rodeando el claro. No venían a parlamentar. Sus visores brillaban con una orden de ejecución inmediata.
—¡Proteged a los niños! —ordenó Lyra, mientras sus guerreros Glitch levantaban muros de interferencia.
Zane sintió la rabia quemar en su pecho, pero esta vez fue diferente. No era la rabia fría del desierto, sino una chispa de justicia. Miró a los Elfos Fragmentados luchando por sus vidas y tomó una decisión.
—[PROTOCOLO: DISTORSIÓN TEMPORAL] —rugió Zane.
El mundo se volvió lento, de un tono grisáceo. Los guardias elfo parecían moverse a través de melaza. Zane se lanzó al combate, pero no para matar. Usó su Visión de Intención para ver los puntos de anclaje de sus armaduras y, con movimientos precisos de su brazo de cromo, los desconectó de la red central, dejándolos inmovilizados en el suelo, vivos pero inútiles.
En medio del caos, Zane corrió hacia el Árbol Raíz. Al llegar a su base, el árbol no lo rechazó. Las raíces de luz se abrieron como manos, entregándole un pequeño orbe verde que palpitaba con la fuerza de un corazón orgánico.
Al tocar la Semilla de la Armonía, Zane no sintió el frío de la estática ni la claridad de la lente. Sintió una conexión con cada ser vivo en el Jardín. Por un segundo, sus ojos no fueron plateados ni blancos; recuperaron su color marrón original, pero con un brillo esmeralda profundo.
[PIEZAS DE LA CORONA: 3/7][HABILIDAD DESBLOQUEADA: PULSO DE RESTAURACIÓN (Permite reparar estructuras y curar aliados en combate)] [NIVEL SUBIDO: NIVEL 12] [HUMANIDAD: +5% (Total 88%) - El proceso de deshumanización se ha ralentizado]
Con el nuevo poder, Zane extendió su brazo hacia el campo de batalla. Un pulso de energía verde barrió el claro, apagando los incendios de código y reparando instantáneamente las heridas de los Elfos Fragmentados. Las naves de la Casta de Oro, al verse sobrepasadas por una frecuencia que no podían hackear, se vieron obligadas a retirarse hacia la Ciudad de Cristal.
El silencio volvió al Jardín, roto solo por el llanto de alivio de los supervivientes. Lyra se acercó a Zane, su rostro pixelado ahora brillando con una luz suave.
—Has elegido el camino más difícil, Zane —dijo ella—. El camino de la compasión es más pesado que el de la espada. Pero ahora tienes aliados en ambos lados del muro.
Zane miró a Aurora. Ella estaba radiante, su forma física se sentía más "real" que nunca gracias a la influencia de la Semilla. Por primera vez en mucho tiempo, Zane no sintió que el brazo de cromo fuera un parásito, sino una herramienta de cambio.
—Mi padre quería que borrara el mundo —dijo Zane, mirando hacia el fragmento verde en su mano—. Pero yo voy a hacer algo que él nunca pudo: voy a arreglarlo.
Aurora se acercó y tomó su mano de cromo. —Entonces necesitamos la cuarta pieza. La Llave de los Archivos. Está en la Biblioteca de los Susurros, en los niveles altos de la Ciudad de Cristal. Tendremos que entrar en el corazón del imperio de Valerius.
Zane asintió. El viaje de 200 capítulos acababa de dar un giro total. Ya no era una misión de venganza, sino una revolución por la vida.