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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

El silencio después de la caída de Valerius fue un bálsamo para los oídos, aunque pesado con el eco de la batalla y el horror vivido. Elowen se mantuvo de pie en el centro de la sala del trono destrozada, sus ojos dorados lentamente desvaneciéndose a su profundo azul medianoche. El poder dracónico retrocedió, dejándola con un agotamiento físico y mental que la hizo tambalear. Atheris fue el primero en reaccionar, corriendo para sostenerla antes de que cayera.

—Princesa... Elowen —dijo, su voz entrecortada por la emoción y el alivio.

Sus aliados se reunieron a su alrededor: Zylos y Zyla, sus rostros sucios pero sus ojos llenos de orgullo; Maeve y Lyra, serenas a pesar de la batalla, sus sabios ojos contemplando el cuerpo de Valerius; y Kael, su espada aún desenvainada, una figura de guardia silenciosa.

Lysandra entró en la sala, sus pasos arrastrados, su rostro demacrado. Al ver el cascarón vacío de Valerius, sus piernas cedieron, y se desplomó en el suelo, sollozando con una mezcla de horror, culpa y un alivio abrumador.

—Se acabó... se acabó —murmuró entre lágrimas.

Elowen se soltó de Atheris y se acercó a la Máscara de la Noche Eterna, que ahora yacía en el suelo, su brillo plateado tenue pero constante. Era una reliquia de poder inmenso, capaz de sellar o desatar la oscuridad. Sabía que no podía simplemente dejarla allí. Con un último esfuerzo, la recogió. Era más pesada de lo que parecía, y una fría sensación se extendió por su brazo. La Máscara era un recordatorio tangible de la oscuridad que había casi consumido Drakthar.

—Tenemos que asegurar esto —dijo Elowen, su voz débil pero firme—. Y luego... encontrar a Elara.

Lysandra levantó la cabeza, sus ojos suplicantes.

—El emisario... Silvan. Él es el único que sabe dónde la tienen. Está en las mazmorras... si no ha escapado.

Kael se movió.

—Yo me encargaré —dijo, su voz grave—. Ningún traidor escapará.

Mientras Kael descendía, el resto se preparaba para los desafíos que se avecinaban. El palacio era un desastre, la ciudad estaba herida y la gente estaba aterrorizada. Elowen sabía que su trabajo como princesa, y ahora, como reina, apenas comenzaba.

Las primeras horas después de la batalla fueron un torbellino de actividad. Atheris tomó el mando de los guardias restantes, organizando las patrullas y la asistencia a los heridos. Zylos y Zyla, con su conocimiento de las calles y sus habilidades para moverse sin ser detectados, se encargaron de establecer refugios seguros para los civiles y distribuir suministros. Maeve y Lyra, con sus conocimientos de las hierbas y la magia curativa, trabajaron incansablemente para tratar a los heridos y disipar los últimos vestigios de la energía oscura que aún flotaba en el aire.

Kael regresó una hora después, arrastrando a un Silvan magullado y aterrorizado. El elfo, bajo coacción y la amenaza de Kael, reveló el escondite de Elara: una pequeña cámara subterránea debajo de los antiguos jardines del palacio, sellada con una magia menor.

Elowen y Lysandra corrieron hacia allí. Lysandra, sus manos temblaban mientras abría la entrada, y allí, acurrucada en un rincón, estaba Elara, pálida y asustada, pero viva. La pequeña Elara, que había sido el peón de Valerius, se lanzó a los brazos de su hermana, sollozando.

Ver a Lysandra aferrarse a su hermana, el alivio y la culpa en su rostro, hizo que el corazón de Elowen se ablandara un poco. La traición había sido real, el dolor profundo, pero la coerción y el miedo también lo habían sido.

—Lo siento, Elowen... por todo —dijo Lysandra, su voz apenas audible.

Elowen asintió, su rostro serio.

—Hay mucho que perdonar, Lysandra. Pero por ahora, Drakthar nos necesita a ambas.

El amanecer se asomaba sobre el horizonte, pintando el cielo con tonos de violeta y oro, un contraste brutal con la devastación de la ciudad. Elowen se puso de pie en el balcón principal del palacio, con la Máscara de la Noche Eterna en una mano, su otro puño cerrado sobre el corazón. Miles de ciudadanos se habían reunido en la plaza, sus rostros llenos de preguntas, miedo y una tenue esperanza.

Atheris estaba a su lado, junto con Zylos y Zyla. Lysandra, con Elara de la mano, se había unido a la multitud, de pie con su gente, no con la realeza.

Elowen respiró hondo, el aire frío y fresco llenando sus pulmones. Su voz, aunque no amplificada por magia, resonó con una autoridad innata que no había tenido antes, una voz forjada en el exilio y la batalla.

—Gente de Drakthar —comenzó, su voz clara y firme—. Hemos vivido en la oscuridad. Hemos sufrido bajo un tirano que nos robó la paz y la esperanza. Mi padre, el Rey Theron, fue asesinado, y fui exiliada. Pero he regresado.

Hubo un murmullo entre la multitud, luego un silencio expectante.

—Valerius ha caído. Ha sido consumido por la misma oscuridad que intentó usar para esclavizarnos. Drakthar ha sido liberada, pero la victoria no viene sin costo. Vuestras casas están dañadas, vuestros corazones están heridos. Hemos perdido demasiado.

Una ola de dolor recorrió la multitud, pero Elowen levantó la Máscara de la Noche Eterna, mostrándola a todos.

—Esta Máscara, un artefacto de gran poder y peligro, contuvo la oscuridad que Valerius desató. Ahora la he sellado. Drakthar necesita sanar, reconstruirse. Y yo, Elowen, vuestra princesa, juro ante los antiguos dioses y ante vosotros, mi pueblo, que dedicaré mi vida a restaurar la paz, la prosperidad y la justicia en este reino.

Un grito de esperanza, débil al principio, luego más fuerte, se alzó desde la plaza. "¡Elowen! ¡Larga vida a la Reina Elowen!"

Las lágrimas corrieron por las mejillas de Elowen. No eran de tristeza, sino de una profunda gratitud y el abrumador peso de la responsabilidad. La corona, aunque invisible, se posó en su cabeza.

Los meses siguientes fueron difíciles, pero Drakthar resurgió de las cenizas. Elowen se dedicó incansablemente a la reconstrucción. Atheris fue nombrado Lord Comandante de la Guardia Real, su sabiduría y lealtad inquebrantables un pilar de estabilidad. Zylos y Zyla, aunque reacios a unirse formalmente a la corte, se convirtieron en sus "ojos en las calles", sus informantes de confianza y protectores de los desfavorecidos, recompensados por su valor.

Lysandra, con la libertad de Elara como un bálsamo para su alma herida, no buscó un puesto de poder. En cambio, dedicó sus días a trabajar con Maeve y Lyra, quienes habían regresado al bosque pero visitaban la corte regularmente, ayudando en la curación de la gente y del propio reino, limpiando los vestigios de la magia oscura. Lysandra encontró la redención no en el poder, sino en el servicio humilde y en la reconstrucción. Su relación con Elowen era cautelosa, llena de un respeto tácito y una comprensión dolorosa. El perdón no era absoluto, pero la esperanza de un nuevo comienzo sí lo era.

El viejo túnel fue sellado de nuevo, esta vez con los sellos dracónicos de Elowen, mucho más potentes y seguros que los anteriores. La Máscara de la Noche Eterna, purificada de la corrupción del Vacío, fue resguardada en una cámara secreta bajo el trono, custodiada por los juramentos de su linaje. Elowen sabía que su poder, aunque ahora contenido, era una responsabilidad que llevaría por el resto de su vida.

La carga de la realeza era pesada. Las noches de insomnio eran frecuentes, plagadas por las imágenes de la destrucción, los rostros de los que había perdido, y el eco del poder dracónico que aún resonaba en sus venas. Había ganado, pero a un costo incalculable. La inocencia de su juventud se había desvanecido, reemplazada por la sabiduría de una reina y la dureza de una guerrera.

Un día, mientras observaba el reino florecer de nuevo, Elowen se sentó en el trono, el sol de la mañana filtrándose por las ventanas recién reparadas. Atheris entró, con un pergamino en la mano.

—Mi Reina —dijo, su voz llena de respeto—. El primer embajador de Aethel ha llegado para ofrecer sus condolencias y apoyo a su ascenso al trono.

Elowen sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.

—Recíbelo con honor, Atheris. Drakthar está abierta al mundo una vez más.

El legado de Drakthar había sido manchado por la oscuridad, pero ahora, bajo la guía de Elowen, se erguía de nuevo, más fuerte, más sabia, forjado en el fuego del conflicto y la resurrección. Ella era la Reina de las Sombras, la encarnación del dragón, y su reino miraba hacia un nuevo amanecer, un futuro incierto pero lleno de la promesa de la paz, a pesar del alto precio pagado. La verdadera aventura, la de gobernar y proteger, acababa de comenzar.

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