Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Bienvenida.
Saúl le lanzó el balón a Omar sin decir una sola palabra.
No hacía falta.
Omar entendió al instante.
Curvó los labios en una sonrisa ladeada, esa que no nacía del humor, sino del desprecio. Sus ojos se fijaron en el blanco perfecto: lento, distraído… indefenso.
Idril.
Entonces, el mundo se rompió.
Las risas estallaron primero, agudas, crueles, anticipando lo inevitable. No eran carcajadas espontáneas; eran el anuncio de un espectáculo.
El balón golpeó el mármol con un eco seco.
Una vez.
Dos.
Y luego…
impactó.
Idril no lo vio venir.
El golpe contra su sien fue brutal, preciso, casi quirúrgico. Su mente no alcanzó a reaccionar; su cuerpo simplemente cedió. El libro se deslizó de sus manos, sus dedos fallaron, y el equilibrio desapareció como si nunca hubiera existido.
Cayó.
Torpe. Desordenada. Humana.
La silla se arrastró con un chirrido violento, y en ese segundo suspendido, todo lo que sostenía su pequeño mundo se desmoronó con ella.
La bandeja salió despedida.
El café explotó.
El líquido oscuro se extendió sobre el suelo como una mancha viva, alcanzando sus apuntes, filtrándose entre las hojas, borrando horas de esfuerzo con una lentitud insoportable.
Idril no sintió el dolor de inmediato.
Sintió las risas.
Eran muchas.
Demasiadas.
La rodeaban, la envolvían, la aplastaban más que el propio impacto.
Era eso.
Eso era lo que dolía.
Con manos temblorosas, intentó incorporarse. Sus dedos, torpes, inútiles, recogían hojas empapadas que se deshacían entre ellos. Su respiración era irregular, corta, como si el aire también le negara espacio.
Su rostro ardía.
No solo por el golpe.
Por la vergüenza.
A unos metros, Aranza no se movía.
Sus manos estaban tensas, los nudillos blancos, la mandíbula rígida. La rabia le subía por la garganta como fuego, pero sus pies… no respondían.
Porque sabía.
Sabía quiénes eran.
Y sabía lo que eso significaba.
Mientras tanto, ellos se acercaban.
Sin prisa.
Como si caminaran hacia una obra terminada que merecía ser admirada.
—Vaya… —la voz de Holga cortó el aire—. Pensé que tropezar requería cierto esfuerzo. Pero supongo que en tu caso es… natural.
Su sonrisa era perfecta.
Vacía.
Sus ojos, clavados en Idril, brillaban con un deleite frío, casi clínico.
Aranza reaccionó.
Interceptó el balón antes de que Saúl pudiera recuperarlo y, sin pensarlo, lo lanzó lejos, hacia las jardineras.
El gesto rompió algo.
El ambiente cambió.
—¿Eres estúpida o solo desesperada? —dijo Saúl, acomodándose el cabello con una calma insultante—. No sabía que las becadas ahora pedían atención.
—Eres un imbécil —escupió Aranza, sin retroceder—. Si ya terminaron, busquen a alguien de su tamaño.
Una pausa.
Corta.
Peligrosa.
Saúl sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la antesala de algo peor.
—Mira eso… —murmuró—. Una pelusa enseñando los dientes.
Dio un paso al frente.
—Qué tierno.
Aranza no bajó la mirada, aunque su voz tembló.
—Esto es un área común. No tienen derecho a…
—Shhh…
El dedo de Saúl se alzó, silenciándola sin tocarla.
El gesto fue peor que un golpe.
—¿Quién te dio permiso de hablarme?
El aire se tensó.
—Ni aunque fueras dueño del lugar —respondió Aranza— tienes derecho a tratar así a nadie.
Eso fue suficiente.
Holga avanzó.
La molestia ya no era disimulada. Era pura, directa, hiriente.
Pero antes de que su mano alcanzara a Aranza—
Idril se movió.
No fue elegante.
No fue valiente.
Fue instinto.
Se interpuso.
Y en el choque torpe de cuerpos, ocurrió lo impensable.
Holga perdió el equilibrio.
Sus tacones cedieron.
Y cayó.
No fue aparatosa.
No fue ruidosa.
Pero fue suficiente.
Suficiente para romper algo invisible.
El silencio duró un segundo.
Tal vez menos.
Omar reaccionó de inmediato, sujetándola, levantándola como si pudiera borrar lo ocurrido. Pero ya era tarde.
Algunos lo vieron.
Y eso bastaba.
Sus ojos ardían.
No por preocupación.
Por furia.
—Esta zona —dijo, con la voz endurecida— no es para ustedes.
No era una advertencia.
Era una sentencia.
—Desaparezcan antes de que alguien tenga que recordarles su lugar.
Idril no respondió.
No podía.
Sentía algo subirle por la garganta. Amargo. Pesado.
Humillación.
Aranza la tomó del brazo y tiró de ella con firmeza.
No esperaron más.
Se alejaron.
Detrás, las risas regresaron, aunque más contenidas, más tensas… como si algo se hubiera salido ligeramente de control.
—Son unos malditos enfermos —murmuró Aranza cuando estuvieron lo suficientemente lejos—. Escúchame bien… ellos podrán comprar todo.
Apretó su agarre.
—Pero no pueden comprar cerebro.
Idril levantó la vista.
Quiso creerle.
De verdad quiso.
Pero algo dentro de ella ya lo entendía.
Ese no era un lugar justo.
Nunca lo había sido.
Y lo peor…
aún no empezaba.
Porque lo que ocurrió no fue un accidente.
Fue una provocación.
Y ella…
acababa de tocar a la persona equivocada.