Han Jisung solo quería un trabajo tranquilo pero todo cambia cuando comienza a trabajar para Lee Minho ,un Jefe brillante, Arrogante y peligrosamente atractivo. Entre órdenes, discusiones y miradas intensas, Han empieza a descubrir q detrás del carácter arrogante de su Jefe hay algo q nadie más a logrado ver
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Lo que rompe o lo que queda
Han salió de la oficina sin mirar atrás.
Ni quería ver la cara de Hyejin.
Ni la expresión rota de Minho.
El pasillo se sentía más largo, más frío, más silencioso que nunca.
El sonido de sus propios pasos le retumbaba en los oídos.
Se limpió la mejilla sin darse cuenta, aunque no estaba llorando.
No todavía.
—Idiota… —susurró entre dientes, sin saber si hablaba de Minho o de sí mismo.
Llegó al ascensor y presionó el botón con más fuerza de la necesaria.
Las puertas tardaron en abrirse.
Todo tardaba hoy.
Todo dolía hoy.
Cuando por fin se cerraron y el ascensor empezó a bajar, Han sintió que la presión en su pecho crecía.
Le ardían los ojos.
“Una prometida. Todo este tiempo… una prometida.”
Apretó los puños.
No quería llorar por alguien que no lo había elegido.
No iba a hacerlo.
Pero aun así…
Cuando el ascensor llegó al primer piso y se abrieron las puertas, lo primero que hizo al dar el primer paso fue inhalar como si hubiera pasado horas sin respirar.
El vestíbulo estaba casi vacío.
Un par de empleados cruzaban de un lado a otro sin mirarlo.
Han caminó hacia la salida.
Sus piernas se sentían pesadas, como si cada paso lo hundiera más.
Cuando empujó las puertas de vidrio, el aire de afuera lo golpeó de lleno.
Fresco.
Vivo.
Doloroso.
Se apoyó en una de las columnas justo afuera del edificio.
La ciudad seguía moviéndose.
Los autos, la gente, las voces.
Todo normal.
Pero su mundo estaba hecho un desastre.
—¿Estás bien?
Han levantó la cabeza de golpe.
Changbin estaba ahí.
A unos metros.
Con una expresión sincera, preocupada.
Han tragó saliva.
—No deberías estar aquí.
Changbin dio un par de pasos hacia él.
—Estabas tardando. Me preocupé.
Han soltó una risa sin humor.
—Pues sí. Había motivos para preocuparse.
Changbin lo miró con atención.
—¿Te hizo algo?
—No —respondió Han rápido—. No me hizo nada.
—¿Entonces…?
Han cerró los ojos un momento.
Y dijo lo que más le costaba pronunciar:
—Él tiene una prometida.
Changbin abrió los ojos.
—… ¿Qué?
Han apretó los dientes.
—Una prometida. Desde hace un año.
Changbin dio un paso más.
—¿Y tú no sabías nada?
—Obviamente no.
Changbin se pasó una mano por el cabello.
—Ese tipo está mal.
Han se rió con amargura.
—Y yo peor.
Changbin negó rápidamente.
—No. Tú no.
Han levantó la mirada por primera vez desde que salió.
—¿Entonces por qué siento que sí?
Changbin no respondió.
Solo se acercó más, despacio, como si temiera asustarlo.
—Jisung…
Han respiró hondo.
Muy hondo.
—No entiendo por qué duele tanto —admitió—. Ni siquiera estábamos juntos.
—Pero querías estarlo —respondió Changbin con suavidad.
El silencio cayó entre ellos.
Un silencio que Han no intentó romper.
Changbin dio un paso más.
Y sin pedir permiso, puso una mano en su hombro.
—Él no te merece.
Esa frase se quebró dentro de Han como un cristal.
Abrió la boca para responder.
Pero no tuvo tiempo.
Porque una voz conocida —demasiado conocida— los alcanzó desde atrás.
—¡Han!
Han se tensó.
Changbin también.
Se giraron al mismo tiempo.
Minho estaba en la puerta del edificio.
Respirando agitado, como si hubiera corrido escaleras abajo.
Cuando los vio juntos…
Su expresión se oscureció de inmediato.
—Jisung —repitió, avanzando con pasos rápidos.
Han retrocedió instintivamente.
Changbin se paró justo delante de él.
—No lo toques —advirtió Changbin.
—Apártate —ordenó Minho, sin mirarlo siquiera.
—No —respondió Changbin firme.
Minho respiró hondo, conteniéndose.
—Necesito hablar con él.
—No tienes derecho a necesitar nada —escupió Changbin—. No después de lo que hiciste.
Han intervino antes de que siguieran:
—Changbin, está bien.
Changbin se giró hacia él.
—¿Estás seguro?
Han asintió, aunque su estómago estaba torcido.
Changbin lo soltó despacio.
Pero no se alejó.
Solo dio dos pasos hacia un lado.
Suficientes para no interponerse.
Pero cerca por si pasaba algo.
Minho se acercó a Han.
Sin tocarlo.
—No debiste irte así.
Han apretó la mandíbula.
—¿Y cómo querías que me quedara? ¿Aplaudiendo tu compromiso?
Minho cerró los ojos por un instante.
—No es un compromiso real.
—Es un compromiso —respondió Han, herido—. Con o sin amor, sigue siendo uno.
Minho negó.
—No quiero casarme con ella.
—Pero no puedes decirlo en voz alta —lo retó Han—. Ni siquiera frente a tu propia familia.
Minho se quedó callado.
Han lo miró con una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Sabes lo que más me molesta? —susurró—. Que te creo. Sé que no la quieres. Sé que esto no lo decidiste tú. Pero aun así… yo sigo quedando en segundo lugar.
Minho dio un paso más.
—No eres segundo lugar.
—¡Entonces demuéstralo! —gritó Han, golpeando su pecho con ambas manos—. ¡Haz algo! ¡Rompe ese compromiso! ¡Diles la verdad! ¡Haz lo que sea, pero deja de pedirme que entienda algo que tú mismo no entiendes!
El corazón de Minho se derrumbó un poco más con cada palabra.
Changbin miraba la escena con el ceño fruncido, listo para intervenir.
Minho extendió la mano hacia Han.
Pero no lo tocó.
—Jisung… yo…
Han retrocedió medio paso.
Minho bajó la mano.
—No puedo romper ese compromiso.
Han cerró los ojos.
El golpe final.
—Lo sabía —susurró.
—Pero tampoco puedo dejarte ir —añadió Minho.
Han sintió que los ojos se le llenaban de rabia.
—Pues tendrás que elegir.
Minho contuvo el aliento.
—No puedo.
—Entonces ya elegiste —dijo Han.
Minho abrió los ojos, desesperado.
—No es así.
—Sí lo es —respondió Han, con una calma peligrosa—. No me quieras a medias. Prefiero que no me quieras.
Minho dio dos pasos hacia él.
Pero Han levantó una mano indicando que no se acercara más.
—No —dijo Han—. Ya no.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia la calle.
Changbin lo siguió sin dudar.
Pero antes de que se alejaran demasiado, Minho habló otra vez.
Con una voz rota que hizo que Han temblara un segundo.
—Jisung…
Si te pierdo…
No sé qué queda de mí.
Han sintió ese golpe directo al corazón.
Pero no se giró.
Ni una sola vez.
Siguió caminando.
Changbin lo alcanzó y caminó a su lado.
—¿Quieres que nos vayamos lejos? —preguntó con suavidad.
Han respondió sin mirar atrás:
—Sí.
Changbin asintió.
—Vamos entonces.
Caminaron juntos hasta desaparecer entre la gente.
Minho se quedó en la entrada del edificio.
Mirando la calle vacía.
Con los puños apretados.
Y la certeza de que…
Por primera vez en su vida…
El hombre que más le importaba estaba alejándose de verdad.
Y no sabía cómo recuperarlo.
La ciudad estaba llena de ruido, pero Han solo escuchaba su propio corazón latiendo demasiado rápido.
Cada paso alejándose del edificio era también un paso alejándose de Minho.
Y su pecho se sentía más apretado a medida que avanzaba.
—Tómate tu tiempo —dijo Changbin, manteniendo un ritmo suave a su lado—. No tienes que hablar todavía.
Han asentió, aunque ni siquiera sabía si Changbin lo había visto.
Estaban a unos tres bloques cuando su respiración empezó a desordenarse.
No era llanto.
Era pura rabia.
Puro dolor.
Una mezcla insoportable.
Se detuvo de golpe en una esquina.
Changbin también.
—¿Quieres sentarte? —preguntó él.
Han negó con la cabeza.
—No quiero sentarme… quiero gritar.
Changbin sonrió un poco.
—Puedes hacerlo.
Han respiró hondo.
Miró al cielo.
Y aunque no gritó, sí apretó los dientes con la suficiente fuerza como para que sus ojos se llenaran de lágrimas que no quería soltar.
Changbin dio un paso hacia él.
—Jisung… mírame.
Han levantó la mirada.
Changbin lo observaba con seriedad.
Cuidándolo.
Sin invadirlo.
—Él te rompió —dijo Changbin con voz baja—. Y aun así, estás intentando protegerlo.
Han sintió un nudo en la garganta.
—Lo odio.
Changbin negó suavemente.
—No lo odias.
Han apretó los puños.
—Quiero odiarlo.
—Eso sí —respondió Changbin con media sonrisa—. Pero no puedes.
Han tragó saliva.
—Es tan injusto, Changbin. Yo… yo solo quería que me eligiera.
Changbin lo miró un momento.
Como si la frase le doliera también a él.
—Tú mereces más que alguien que duda —dijo finalmente—. Mereces a alguien que te escoja incluso cuando su mundo se está cayendo.
Han bajó la mirada.
—Pero yo lo escogí a él.
Changbin respiró profundo, como si esa confesión lo golpeara por dentro.
—Entonces… —dijo con voz muy suave—, déjame ayudarte a olvidarlo.
Han levantó la mirada, sorprendido.
Changbin no sonreía.
No estaba bromeando.
Su mirada era honesta.
Pero antes de que Han pudiera responder algo…
Su celular vibró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Han lo sacó temblando.
Minho.
Otra llamada.
Changbin suspiró.
Han se quedó mirando la pantalla.
No contestó.
Dejó que sonara hasta que se cortó.
A los dos segundos…
Un mensaje.
“Por favor, contesta.”
Han cerró los ojos.
Y entonces, llegó otro.
“¿Estás bien?”
Otro más.
“Necesito hablar contigo.”
Otro.
“Por favor, Jisung.”
Han apretó el teléfono.
Changbin lo observó.
—¿Quieres verlo?
Han negó.
—No.
—¿Quieres responderle?
Han respiró hondo.
—Tampoco.
—¿Quieres bloquearlo?
Han lo pensó un segundo.
Un segundo lleno de miedo, dolor… y un hilo minúsculo de esperanza que no quería aceptar.
—No puedo —susurró.
Changbin bajó la mirada.
—Lo sé.
Han guardó el celular.
Pero apenas dio dos pasos adelante, su respiración se quebró.
No en llanto.
En agotamiento emocional.
Changbin lo tomó suavemente del brazo.
—Ven —dijo—. Vamos a un lugar tranquilo.
Cruzaron la calle y entraron a una pequeña cafetería casi vacía.
Se sentaron en una mesa del fondo.
El olor a café y madera cálida contrastaba con el caos en el interior de Han.
Pasaron unos minutos en silencio.
Hasta que Han habló.
—Debí darme cuenta.
—¿De qué? —preguntó Changbin.
—De que él no podía darme nada.
De que siempre estaba a un paso de decirme lo que sentía…
pero nunca lo decía.
Changbin apoyó los codos en la mesa.
—Eso no es culpa tuya.
No eres adivino.
Y no tienes que esperar toda tu vida a que alguien te ame sin miedo.
Han apoyó la frente en sus manos.
—Me duele.
Changbin lo miró con compasión.
—Lo sé.
—No debería dolerme tanto.
—Claro que sí.
Cuando quieres a alguien, duele.
Pero ese dolor no te define.
No es tu final.
Han levantó un poco la cabeza.
—¿Y cuál es mi final entonces?
Changbin lo observó muy de cerca.
Con un cariño que Han no esperaba.
—El final es cuando te des cuenta de que mereces algo mejor que un casi.
Y el principio…
es cuando decides buscarlo.
Han sintió un vacío que no sabía si era alivio o tristeza pura.
—¿Tú… quieres ser mi principio? —preguntó en voz muy baja.
Changbin se quedó en silencio.
Luego apoyó su mano sobre la mesa, sin tocarlo, pero cerca.
—Quiero que seas feliz —respondió—. Y si eso significa estar a tu lado, lo estaré.
Han inhaló profundamente.
Y ahí fue cuando lo sintió:
Ese tirón en el pecho.
Una mezcla extraña entre miedo… y deseo de dejarse caer.
Pero antes de poder responder…
La puerta de la cafetería se abrió de golpe.
Han sintió que el aire se le detenía.
Minho entró.
Con la respiración entrecortada.
Con la camisa arrugada.
Con los ojos rojos, como si hubiera estado al borde de llorar.
Lo buscó con la mirada desesperada.
Y cuando lo encontró…
—Jisung…
Su voz era un susurro quebrado.
Changbin se levantó de inmediato.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con frialdad.
Minho lo ignoró por completo.
Los ojos de Minho estaban clavados en Han.
—No sabía dónde estabas —dijo—. Te busqué por todas partes.
Han intentó hablar, pero la voz no le salió.
Minho dio un paso.
—Por favor, no te vayas así.
No otra vez.
No sin escucharme…
Changbin interrumpió.
—No tiene nada que escucharte.
Minho lo ignoró.
—Jisung, por favor.
Han sintió cómo la garganta se le cerraba.
Porque Minho nunca había dicho “por favor” tantas veces.
—No sé qué decirte —susurró Han.
Minho dio otro paso.
—Di cualquier cosa.
Pero no te alejes.
No así.
Changbin se puso frente a Han.
—Él no quiere verte.
Minho apretó los dientes.
—¡Eso no lo decides tú!
—Tú tampoco —respondió Changbin sin moverse.
Minho lo miró con rabia contenida.
—Te lo advertí.
Aléjate de él.
Han se levantó por fin.
—¡Basta los dos!
Los dos se callaron de inmediato.
Han respiró fuerte.
—No soy un objeto.
Los dos bajaron la mirada.
—No pueden pelear por mí —continuó—. No pueden decidir qué quiero o no quiero.
Changbin habló primero.
—Jisung… yo solo—
—Lo sé —dijo Han.
Luego miró a Minho.
—Y tú…
Minho levantó la mirada lentamente.
Y por un momento, parecía… roto.
—No sé qué hacer sin ti —susurró.
Han sintió que el corazón le temblaba.
Changbin cerró los puños.
Han respiró hondo.
—Entonces aprende —respondió—. Aprende a vivir sin mí hasta que arregles tu vida.
No puedo sostenerte mientras tú sostienes otra cadena.
Minho abrió la boca, pero Han levantó la mano.
—No puedes tenerme…
y tener un compromiso.
No puedo más.
Minho tragó saliva.
—¿Me estás dejando?
Han sintió que el alma se le partía.
—Me estoy eligiendo —respondió.
Minho palideció.
Changbin miró a Han con orgullo.
Pero Minho…
Minho parecía desmoronarse.
—Jisung…
no.
No puedes…
Han respiró una vez más.
Lento.
Doloroso.
—Sí, Minho.
Puedo.
Y por primera vez…
Minho tuvo que ver cómo Han se alejaba sin mirar atrás.
Changbin lo siguió.
Cuidándolo.
Sin tocarlo.
Pero estando ahí.
Minho quedó solo en la cafetería.
Con el corazón hecho pedazos.
Y con la amarga certeza de que…
Por primera vez,
lo había perdido de verdad.