"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 5: LIMPIEZA DE SANGRE
Caminé sin rumbo hasta que mis pies se detuvieron frente a un club. El neón parpadeaba como un ojo cansado. Entré y busqué a alguien que tuviera cara de mandar. Una mujer se me acercó, examinándome con la mirada.
—¿Qué edad tienes, niña? —preguntó con voz ronca.
—Tengo dieciséis —mentí, aunque por mi estatura y mi delgadez parecía de menos—. Por favor, necesito trabajar. Lo que sea, limpiando, barriendo... no me eche, por favor.
La mujer me miró de arriba abajo. Suspiró.
—Este es un lugar donde las chicas bailan para hombres. Si te ven, van a querer que tú también lo hagas, y eres solo una chiquilla. Pero te voy a ayudar. Tengo un trabajo para ti... uno especial.
Sonrió de lado, de una forma que en otro tiempo me habría dado miedo, pero hoy solo significaba una oportunidad. Acepté sin preguntar. Me entregó un uniforme: un mono y un suéter negro. Me sentí cómoda; el negro siempre había sido mi color, el único que no dejaba ver las manchas del mundo.
—Quédate aquí. Te buscaré cuando te necesite.
Pasaron las horas en una habitación pequeña y fría. Finalmente, la mujer regresó.
—Tienes suerte. Sígueme.
Caminamos por un pasillo estrecho, bajamos unas escaleras y cruzamos una pesada puerta de hierro. El aire allí abajo olía a metal y a encierro. Al entrar, vi a varios hombres vestidos de negro rodeando a un anciano en silla de ruedas. Pero mi vista se clavó en el suelo: había un hombre tirado, con la vida escapándosele en un charco rojo. Estaba muerto.
—¿Estás loca? Es una niña —dijo uno de los hombres, mirando a la mujer con desprecio.
Yo no retrocedí. No grité. No sentí asco ni asombro. La sangre ya no me asustaba; la veía todas las noches en el rostro de mi madre. Miré al hombre que había hablado y mi voz salió firme, gélida.
—No se preocupe, señor. Yo limpiaré y no diré nada, se lo prometo. Solo no me eche, necesito el trabajo.
El anciano de la silla de ruedas alzó una mano, dándome una mirada que parecía leerme el alma.
—Déjenla. Vámonos. Que la chica haga su trabajo.
Me entregaron un cubo y un cepillo. Vi cómo se llevaban el cuerpo y me quedé sola con el desastre. Me arrodillé y empecé a fregar. Tallé el suelo con una fuerza que no sabía que tenía, borrando cada rastro de lo que había pasado allí. Era difícil, la sangre se aferra a las grietas, pero lo logré. El piso quedó impecable, como si nunca hubiera albergado una tragedia.
Regresé a la habitación de arriba y esperé. Cuando la mujer volvió, se sorprendió.
—Buen trabajo, niña. Quedó limpio.
—Fue difícil, pero lo logré —respondí sin emoción.
—El trabajo es tuyo —sentenció ella mientras se sentaba—. Pero escucha bien: no puedes decirle a nadie lo que ves aquí. Si hablas, esos hombres te matarán a ti y a tu familia. ¿Entendido?
—Sí, señora.
—Tu paga será al final de la semana. Trabajamos de jueves a sábado, pero nunca se sabe cuándo habrá... "limpieza". Ahora vete por la puerta de atrás.
Salí a la noche, sintiendo el peso del secreto en mis bolsillos vacíos. Llegué a casa muy tarde. Al entrar, los gritos de siempre venían de la habitación de mis padres. El monstruo estaba activo. Cerré la puerta con un cuidado milimétrico y me deslicé hacia mi cuarto, calladita, como una sombra más.
Me acosté con el uniforme negro puesto. Ya no era una estudiante, ya no era una víctima de Jordan. Ahora era la chica que limpiaba los pecados de la mafia. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía un propósito: la sangre me daría la salida que el cielo me había negado.?