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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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capítulo 20: El peso de la inocencia

La atmósfera en la habitación del hospital cambió drásticamente. Sin los muros que el miedo y el resentimiento habían levantado, Anaís se movía por instinto puro. Al tirar de su corbata, Ricardo no pudo evitar quedar a escasos centímetros de su boca. El aroma de ella, una mezcla de antiséptico y esa fragancia dulce y natural de su piel, lo golpeó como un mazo.

—Te recuerdo en mi piel, aunque no te tenga en mi mente —murmuró Anaís, con una sonrisa lánguida y provocadora.

Ella soltó la corbata y subió sus manos hacia la nuca de Ricardo, enredando sus dedos en su cabello corto y oscuro. Ricardo soltó un gruñido ahogado; estaba luchando contra el impulso de devorarla allí mismo. El hecho de que ella no recordara el daño que él le había hecho lo hacía sentir como un criminal, pero el deseo que emanaba de ella era un incendio forestal.

—Anaís, detente... todavía estás débil —logró decir él, aunque sus manos, por voluntad propia, se posaron en la cintura de ella, apretando con esa posesividad que le era inherente.

—No me siento débil —respondió ella, rozando sus labios con los de él en un contacto eléctrico—. Me siento hambrienta.

Anaís acortó la distancia final. El beso no fue suave; fue una explosión de necesidad. Ella lo besó con una libertad salvaje, explorando su boca como si fuera un territorio que sabía que le pertenecía. Ricardo, perdiendo la batalla contra su propia culpa, respondió con la misma intensidad, subiéndose a la cama para quedar sobre ella sin aplastarla, sus manos subiendo por sus muslos bajo la bata del hospital. El sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de la seda llenaban el pequeño cubículo.

El corazón de Anaís se disparó en el monitor, marcando un ritmo frenético que delataba su excitación. Estaba a punto de pedirle que cerrara la puerta con llave cuando, de repente, la puerta se abrió de par en par.

—¡Anaís! ¡Mira lo que te traje! —la voz alegre de Bianca rompió el hechizo.

Ricardo se separó de golpe, casi cayéndose de la cama mientras trataba de recomponerse y alisarse la camisa con manos temblorosas. Su rostro estaba encendido y su respiración era un desastre. Anaís, por el contrario, se quedó recostada contra las almohadas, con los labios hinchados y una chispa de picardía en los ojos, mirando a la niña con una curiosidad que ya no tenía rastro de miedo.

Bianca se detuvo en seco al ver a su padre tan despeinado y a Anaís con las mejillas tan rojas. Llevaba en sus manos un peluche de oso gastado y un dibujo nuevo.

—¿Estaban jugando? —preguntó la pequeña, ladeando la cabeza con esa inocencia que siempre lograba desarmar a Ricardo.

—Yo... estábamos... —Ricardo buscó palabras, pero su cerebro estaba bloqueado por la adrenalina del beso interrumpido.

—Tu papá me estaba dando la bienvenida —intervino Anaís, con una voz suave pero juguetona—. Ven aquí, pequeña. ¿Ese oso es para mí?

Bianca corrió hacia la cama y le entregó el peluche. Ricardo aprovechó el momento para alejarse unos pasos, dándoles la espalda para ocultar la evidencia de su propia excitación y tratando de enfriar su mente. Ver a Anaís interactuar con Bianca de esa manera tan natural, sin el peso del trauma, era un regalo que no merecía, pero la forma en que Anaís lo miró por encima del hombro de la niña —con una promesa silenciosa de continuar lo que empezaron— le dejó claro que su nueva esposa no iba a ser fácil de controlar.

El "limbo de cristal" se había roto, pero lo que quedaba debajo era un juego de seducción mucho más peligroso que cualquier contrato que hubieran firmado antes.

—Este es papá, esta eres tú y esta soy yo —explicó Bianca, señalando las figuras con su dedo pequeño—. Estamos en casa. ¿Cuándo vamos a volver a casa, Anaís?

Anaís miró el dibujo y luego levantó la vista hacia Ricardo. Él la observaba con una mezcla de adoración y pánico. Para él, "casa" era el lugar donde ella casi muere; para la nueva Anaís, era simplemente un lugar donde viviría con ese hombre que la hacía arder con solo mirarla.

—Pronto, pequeña. Muy pronto —respondió Anaís, aunque sus ojos no se apartaban de Ricardo.

El médico entró minutos después para realizar unas pruebas de rutina, obligando a Ricardo y a Bianca a salir al pasillo. Una vez fuera, Ricardo se apoyó contra la pared fría, cerrando los ojos. El eco del beso todavía vibraba en sus labios.

—Papá... —Bianca tiró de su manga—. Anaís está diferente. Ya no está triste. Me gusta más así.

Ricardo tragó saliva. "Diferente" era poco. Anaís se había convertido en una tentación andante, una mujer que no conocía el miedo y que parecía dispuesta a devorarlo. El problema es que ella no sabía quién era él. No sabía que era el hombre que la había comprado, el que la había humillado y el que, indirectamente, casi la mata.

¿Qué pasará cuando recupere la memoria? —se preguntó Ricardo con angustia—. ¿Me odiará el doble por haberme aprovechado de su olvido?

Dos días después: El regreso a la Mansión

El alta médica llegó más rápido de lo esperado. Ricardo ayudó a Anaís a subir al coche. Ella se movía con una soltura nueva, luciendo un vestido de seda roja que él mismo le había comprado para su regreso. Ya no era la mujer que agachaba la cabeza; era una reina regresando a su palacio.

Al llegar a la mansión, Anaís se detuvo frente a la gran escalinata de mármol. Ricardo se tensó, temiendo que la vista del lugar donde cayó le devolviera los recuerdos de golpe.

—Es una casa preciosa —dijo ella, recorriendo las columnas con la mirada—. Pero se siente... fría. Como si alguien hubiera estado llorando aquí por mucho tiempo.

—Ha sido un año difícil, Anaís —respondió Ricardo, acercándose a ella por la espalda y colocando sus manos en sus hombros.

—Pues habrá que darle algo de calor, ¿no crees? —se giró en sus brazos, quedando a milímetros de su pecho. Sus dedos jugaron con el botón superior de la camisa de Ricardo—. No recuerdo dónde está nuestra habitación, Ricardo. ¿Por qué no me llevas y me enseñas... todo lo que he olvidado?

Ricardo sintió un escalofrío. La invitación era clara. Ella quería recuperar el tiempo perdido, pero él sabía que en esa casa los fantasmas aún caminaban por los pasillos.

—Anaís, los médicos dijeron que debes descansar... —intentó decir, pero ella le puso un dedo sobre los labios.

—No quiero descansar. Quiero sentir que estoy viva. Y cuando me besaste en el hospital, fue la primera vez que sentí que mi sangre corría de verdad. Llévame arriba. Ahora.

Ricardo la tomó en brazos, subiendo las escaleras con una urgencia que nacía de la pasión y del miedo. Mientras caminaba hacia el dormitorio principal, pasó por delante de la puerta del despacho, que seguía cerrada con llave desde la noche del accidente. Por un segundo, creyó escuchar el susurro del pasado, pero el peso de Anaís en sus brazos y la forma en que ella mordisqueaba su lóbulo lo obligaron a ignorarlo.

Entraron en la habitación y Ricardo la depositó con cuidado sobre la cama de seda. Anaís no perdió el tiempo; se sentó y comenzó a desabrocharse el vestido, dejando que la tela cayera hasta su cintura, revelando la lencería que Ricardo le había regalado meses atrás y que ella ahora lucía con una confianza salvaje.

—Demuéstrame por qué soy tu esposa, Ricardo —susurró, extendiendo una mano hacia él—. No quiero palabras. Quiero hechos.

Ricardo se quitó la chaqueta, lanzándola al suelo con violencia. Si ella quería un hombre, le daría uno, aunque eso significara hundirse más profundo en la mentira que los rodeaba. Se lanzó sobre ella, atrapándola contra los almohadones, mientras el deseo y la culpa se fundían en un abrazo oscuro que amenazaba con quemar la mansión entera.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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