Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Remordimiento
Mi nombre es Viviana. Tengo diecisiete años y vivo con mis padres y mi hermano menor en una casa donde hasta respirar parece tener reglas.
Mi madre, Estella, es el tipo de mujer que sonríe en la iglesia mientras juzga a todo el mundo en silencio. Mi padre… bueno, mi padre cree que Dios odia a cualquiera que no piense exactamente como él.
Lo irónico es que ni siquiera somos blancos.
Bueno, no realmente.
Somos “claritos”, como diría mi abuela. Lo suficientemente claros para que mi padre actúe como si hubiera nacido en la realeza europea, pero no tanto como para que la gente no note nuestras raíces latinas.
Aun así, Alfredo Castro pasó toda su vida comportándose como un supremacista blanco.
Cuando era joven golpeaba chicos negros, perseguía indigentes y se metía con personas gays. Mis abuelos lo cuentan como si hubiera sido una “etapa rebelde”, algo normal de juventud.
Yo creo que era simplemente un imbécil.
Ahora reemplazó los golpes por versículos bíblicos y sermones eternos sobre pecado, pureza y condenación. Todo lo justifica con religión.
Aunque, si soy sincera, dudo mucho que Dios quiera tanto odio en nombre suyo.
Pero bueno… no estoy aquí para hablar de eso.
Estoy sentada en la sala de urgencias de un hospital mientras mi padre posiblemente se está muriendo.
Y quizá sea mi culpa.
Hace apenas unas horas estaba en mi habitación leyendo un boys love en la tablet. Ni siquiera era algo raro; literalmente solo eran dos chicos enamorándose. Nada explícito. Nada escandaloso.
Entonces mi padre entró sin tocar.
Tomó la tablet.
Y leyó.
Todavía puedo recordar cómo cambió su expresión.
Primero confusión.
Después horror.
Y luego una furia tan exagerada que pensé que iba a golpearme.
Pero no lo hizo.
Se llevó una mano al pecho.
Se quedó sin aire.
Y cayó al suelo frente a mí.
—Papá… —susurré en aquel momento, paralizada.
Mi madre gritó.
Mi hermano comenzó a llorar.
Y yo solo podía mirar la pantalla todavía encendida mostrando aquella escena romántica estúpida mientras sentía que algo horrible acababa de pasar.
Ahora estoy aquí.
Con las manos temblando.
Mirando la puerta de urgencias.
Preguntándome si leer historias BL realmente puede matar personas.
O si mi padre ya estaba roto desde antes.
Perspectiva de Alfredo
Dolía.
Era lo primero que podía reconocer.
Un dolor pesado aplastándome el pecho mientras intentaba respirar.
Por un instante pensé que seguía en el hospital.
Intenté abrir los ojos completamente, pero hasta eso me agotaba.
¿Por qué me sentía tan débil?
Tragué saliva con dificultad.
No olía a desinfectante.
No escuchaba máquinas.
No había voces.
Entonces… ¿dónde demonios estaba?
Abrí los ojos de golpe.
El techo sobre mí era desconocido.
Oscuro.
De madera.
Mi respiración se aceleró inmediatamente.
Intenté incorporarme, pero apenas mover el cuerpo me provocó un mareo horrible.
¿Qué mierda…?
Mis manos.
Mis manos eran pequeñas.
Demasiado pequeñas.
Me quedé congelado.
El pánico subió por mi garganta como veneno.
No.
No, no, no.
Intenté levantarme a la fuerza y terminé cayendo al suelo.
Un gemido escapó de mis labios.
Mi voz sonó…
diferente.
Más suave.
Más joven.
El corazón comenzó a latirme violentamente.
Esto no era un hospital.
Esto no era mi casa.
Y ese definitivamente no era mi cuerpo.
Necesitaba un espejo.
No sabía por qué, pero la desesperación comenzó a consumir mi pecho apenas esa idea cruzó mi mente.
Mis piernas temblaban mientras avanzaba por la habitación desconocida. Cada paso se sentía extraño, torpe, como si mi propio cuerpo no terminara de pertenecerme todavía.
Mi cabeza zumbaba.
Era una sensación insoportable.
Como si algo dentro de mí siguiera acomodándose lentamente bajo la piel.
Abrí una puerta con brusquedad.
Un pasillo enorme apareció frente a mí, silencioso y elegantemente iluminado.
Retrocedí inmediatamente.
No.
No iba a salir ahí afuera sin entender dónde demonios estaba.
Cerré la puerta y abrí otra.
Un vestidor gigantesco apareció ante mis ojos. Filas interminables de ropa perfectamente ordenada, zapatos, accesorios y muebles demasiado lujosos para alguien común.
¿Qué clase de lugar era este?
Volví a cerrar.
La tercera puerta finalmente daba a un baño.
Y por un instante olvidé incluso el miedo.
Era enorme.
Más grande que las dos habitaciones juntas de la casa donde había vivido toda mi vida.
La casa que compré después de años trabajando en aquella empresa miserable que odiaba.
La misma empresa donde mi padre prácticamente me obligó a entrar solo para presumir frente a sus amigos que tenía “un hijo importante”.
Apreté la mandíbula.
Mierda.
¿De qué sirvió todo eso al final?
El pensamiento murió rápido.
Porque el mareo regresó de golpe.
Me tambaleé hacia adelante apoyándome contra la pared fría mientras respiraba con dificultad.
Entonces levanté la mirada.
Y vi el espejo.
El mundo se detuvo.
No.
No, no, no…
Me acerqué lentamente, incapaz de apartar los ojos de aquel rostro.
Un chico.
No… no solo eso.
Un chico demasiado hermoso.
Piel oscura.
Rasgos delicados.
Labios suaves.
Ojos grandes y brillantes completamente abiertos por el miedo.
Mi respiración comenzó a romperse.
Toqué mi rostro con manos temblorosas.
La piel era real.
El calor era real.
Me pellizqué con fuerza.
Dolió.
Retrocedí horrorizado.
—¿Qué…? —mi voz salió débil, más suave de lo que debería—. ¿Qué demonios…?
Sentí náuseas.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que volvería a morir ahí mismo.
—No… no… esto no puede estar pasando…
Volví a mirar el espejo.
Ese no era mi rostro.
Ese no era mi cuerpo.
Y, aun así…
cada movimiento que hacía el reflejo lo imitaba perfectamente.
El pánico terminó de aplastarme.
—¿Por qué…? —susurré con la voz quebrada—. ¿Qué mierda es esto? ¿Qué demonios me pasó?
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo