⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Hambriento
El portazo de la suite principal de la mansión del norte resonó con la fuerza de una sentencia definitiva. Arlo Baxter arrojó su saco negro ensangrentado sobre un sillón de piel y se giró hacia Gus con una mirada letal en sus ojos negros. El líder criminal aún respiraba de forma pesada, con el pecho subiendo y bajando bajo su camisa blanca, la cual ahora lucía salpicaduras de la sangre de los sicarios que había eliminado en el teatro. El olor a pólvora quemada y tabaco impregnaba su imponente figura.
Gus dio tres pasos hacia atrás, con la espalda chocando directamente contra las columnas de madera de la inmensa cama de hilo egipcio. Sus ojos verde café recorrían el físico macizo del mafioso, debatiéndose entre un pánico salvaje y una excitación tan espesa que le impedía respirar con normalidad.
—Te lo advertí en el camerino, Fletcher —dijo Arlo. Su voz gruesa y cargada de una vibración peligrosa, rompió el silencio del dormitorio—. Te dije que cada salvación en mi mundo conlleva una deuda. Casi dejas que te aplasten, te arrastré fuera del peligro y tuve que limpiar un pasillo lleno de escoria para sacarte intacto. Mi paciencia con tu desobediencia se terminó esta noche.
—Yo no te pedí que me salvaras, Baxter —replicó Gus, forzando un tono desafante para ocultar el violento temblor de sus rodillas. Sus pantalones de cuero negro seguían insoportablemente ajustados debido al deseo acumulado—. Soy un artista, no uno de tus soldados de la mafia. No tengo por qué pagarle nada a un criminal.
Arlo soltó una risa baja, un sonido áspero y carente de humor que le erizó la piel al cantante de inmediato. El empresario dio un paso al frente y cerró con fuerza los puños de ambas manos.
Al instante, los dos hilos de energía carmesí que nacían de sus dedos brillaron con un tono rosa carnal extremadamente violento. Un zumbido eléctrico invisible cruzó el espacio de la suite.
—¡Ah! —Gus soltó un gemido desgarrado, un espasmo agudo que le arqueó la columna hacia adelante.
Sus brazos cayeron a los costados del cuerpo de forma rígida y sus piernas perdieron toda autonomía, respondiendo únicamente a la voluntad del titiritero. Con un movimiento lento de los dedos de Arlo, el cuerpo de Gus fue arrastrado, obligándolo a caminar de espaldas hasta quedar completamente tendido bocarriba sobre el colchón de la inmensa cama.
—¡Suéltame! ¡Quítame esta maldita energía de encima! —gritó Gus, con el rostro encendido de humillación y placer, intentando inútilmente despegar la espalda de las sábanas. Sus propios músculos se negaban a obedecerle; estaba completamente inmovilizado bajo el yugo de los lazos rojos.
Arlo caminó hacia el borde del colchón con pasos lentos y calculados. Se desabotonó los puños de la camisa blanca y se arrodilló sobre la cama, posicionando su cuerpo directamente sobre la anatomía de Gus. La diferencia de tamaño se hizo insoportable para el artista: Arlo era una muralla de músculos esculpidos que eclipsaba por completo la luz de la luna que entraba por el ventanal.
—Esta noche no hay huidas, Gus —susurró Arlo, inclinándose hasta que su nariz rozó la mejilla húmeda del cantante—. No me importa tu orgullo, ni tus pataletas. Tu cuerpo es mío porque el hilo así lo decretó, y voy a hacer contigo exactamente lo que me plazca hasta que entiendas quién gobierna tu vida.
El mafioso bajó la mano izquierda y capturó ambas muñecas de Gus en un solo agarre, clavándolas por encima de su cabeza contra la cabecera de la cama. Con la mano derecha, Arlo tensó el hilo atado al tobillo de Gus, abriéndole las piernas a la fuerza y fijándolas contra el colchón. Gus quedó completamente expuesto, inmovilizado en una postura de sumisión absoluta que lo hacía soltar jadeos desesperados.
—Mírate —demandó Arlo, usando su voz gruesa como un mandato físico—. Estás temblando bajo mi peso. Tu piel está ardiendo y puedo escuchar el chasquido de tu saliva cada vez que intentas tragar del miedo. Estás excitado hasta el delirio, Fletcher. El fluido de tu sumisión está manchando tu ropa y sigues intentando mentirme con la boca.
Gus cerró los ojos, soltando un sollozo ahogado. El contacto del cuerpo robusto y pesado de Arlo aplastando su torso, combinado con el roce áspero de sus dedos largos y callosos en sus muñecas, anuló por completo su capacidad de resistencia. Sentir la masculinidad desbordante del líder de la mafia, el olor a pólvora y perfume, y la certeza de que no tenía escapatoria, desató un cortocircuito en su mente obsesiva. Deseaba ser tomado; su cuerpo reclamaba a gritos ser dominado por la fuerza bruta de su captor.
—Paga tu deuda —ordenó Arlo en un susurro áspero.
El mafioso atacó la boca de Gus con un beso brutal, posesivo y cargado de una lujuria salvaje que llevaba días acumulándose en el encierro. No hubo delicadeza ni cortejo. La lengua de Arlo invadió la cavidad bucal del cantante con una autoridad implacable, devorando sus quejidos, saboreando el néctar de su rendición.
Gus soltó un gemido ronco y espeso que vibró directamente en el pecho de Arlo. El sonido del roce húmedo de sus labios, el chasquido de sus lenguas entrelazadas y los jadeos calientes que se escapaban entre sus bocas llenaron el silencio de la fortaleza. El doble lazo carmesí en su muñeca y su tobillo convirtió la sumisión en una corriente de calor que provocó espasmos continuos en los muslos del artista. La saliva compartida comenzó a resbalar por la barbilla de Gus, humedeciendo el cuello de su camisa oscura mientras se entregaba por completo al castigo físico del mafioso.
Arlo rompió el beso por un segundo solo para morder con fuerza el labio inferior de Gus, extrayendo una pequeña gota de sangre que brilló bajo la luz de la luna. Gus arqueó la espalda con un gemido de dolor mezclado con un placer tan agudo que le hizo ver estrellas en la oscuridad.
—Eres una delicia dócil cuando te rompo el orgullo —murmuró Arlo, lamiendo la pequeña herida con una lentitud exasperante.
Su mano derecha descendió por el torso de Gus, desgarrando los botones de la camisa hasta dejar al descubierto el pecho del cantante. Para sellar su dominio, Arlo hundió los dientes en el hombro de Gus, dejando una marca profunda que se tornaría morada en pocas horas. Luego, bajó hacia sus pectorales, succionando con saña hasta crear chupetones oscuros que contrastaban con la piel castaña del artista. Los dedos ásperos del mafioso delinearon sus costillas, bajando con firmeza e hundiéndose en sus caderas con un agarre tan brutal que dejó la silueta de sus dedos grabada en la carne de Gus. Cada roce provocaba que el cantante soltara espasmos involuntarios ante la fuerza desmedida.
Antes de proceder a la intromisión, Arlo estiró el brazo hacia la mesa de noche sin liberar el agarre de las muñecas de Gus. Tomó un frasco de aceite lubricante y derramó el líquido espeso sobre sus dedos libres. El sonido rítmico y húmedo del lubricante frotándose contra la entrada estrecha del artista rompió la quietud de la suite.
Arlo flexionó las rodillas de Gus hacia el pecho de este, exponiendo su intimidad al máximo. Introdujo un dedo, luego dos, estirando las paredes tensas con una paciencia dominante y fría. Gus soltó un grito ahogado contra las almohadas, arqueando la pelvis de forma involuntaria. El roce del aceite y el chasquido de la fricción digital desataron un dolor ardiente que rápidamente se transformó en una necesidad líquida y desesperada.
— Baxter... duele... para —rogó Gus, con las lágrimas del éxtasis empañándole los ojos verde café mientras su anatomía se abría a la fuerza.
— Tu cuerpo ya sabe cómo recibirme, Fletcher —le respondió Arlo—. Siente cómo me pides más. Estás completamente dilatado para mí.
El mafioso retiró los dedos con un chasquido húmedo y se posicionó entre los muslos del cantante. Alineó su masculinidad completamente endurecida y, sujetando las caderas de Gus con la marca de sus manos firmes, empujó hacia adelante en una estocada brutal y profunda que unió sus anatomías por completo.
—¡Aaaaah! —Gus soltó un grito desgarrado, un gemido largo y espeso que vibró en el silencio de la jaula de oro.
La sensación de plenitud y la invasión abrasadora del cuerpo robusto de Arlo provocaron un cortocircuito en su mente obsesiva nuevamente. Los hilos carmesí parpadearon con un brillo rosa eterno, fijando sus muñecas a la cabecera mientras el líder criminal comenzaba a moverse con un ritmo rítmico, pesado y despiadado.
— Siente quién te gobierna, Gus —decía Arlo entre embestidas, hundiéndose en él con una lujuria salvaje—. Mírame y dime de quién es este cuerpo.
Gus no podía responder debido a los movimientos brutales; Baxter al no obtener respuesta, se introdujo más, mientras mordía el cuello del cantante.
— Tuyo... es tuyo, Arlo —jadeó Gus, perdiendo el sentido de la realidad, entregado por completo al fuego de la pasión y al chasquido húmedo de sus cuerpos chocando en la penumbra.
— No te vas a correr, Fletcher —mandó el mafioso, tensando el lazo del tobillo para detener los espasmos del cantante—. Vas a retener tu orgasmo hasta que yo te lo permita. Si desobedeces, el hilo te quitará el aliento.
Gus soltó un sollozo largo, sintiendo los fluidos calientes de la pasión acumularse dolorosamente en su entrepierna. El castigo de la retención y el peso aplastante de los músculos de Arlo lo llevaron al límite del delirio sensorial. Solo cuando Arlo incrementó la fuerza y la velocidad de los últimos empujes, le otorgó la liberación con una última orden gruesa al oído.
—Eres un sumiso hambriento por mi control.
El orgasmo forzado finalmente reclamó el cuerpo de Gus en un espasmo tan violento que el cantante derramó sus fluidos sobre las sábanas finas, soltando un grito ahogado contra el hombro robusto de Arlo. El líder de la mafia se vació dentro de él un segundo después con un gemido sordo.
Gus quedó despatarrado sobre el colchón, con la respiración entrecortada, los ojos verde café fijos en el techo y el cuerpo temblando de pies a cabeza por la sobredosis de adrenalina y sumisión carnal. El mapa de marcas de dientes, chupetones morados y huellas de manos comenzaba a brotar en toda su piel. Arlo Baxter se incorporó lentamente, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano, mientras una sonrisa de triunfo frío y posesivo se dibujaba en su rostro. El reclamo de la mafia se había cobrado con creces, y Gus Fletcher acababa de entender que su libertad ya no existía fuera de esos brazos de hierro.