Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.
Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?
Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.
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Capítulo 16
Marcela sujetó la mano de Camila con firmeza, mirándola a los ojos con una expresión que mezclaba preocupación e incentivo.
— Camila, necesitas calmarte. No puedes dejar que todo lo que pasó entre tú y Enzo arruine la relación con los chicos. Al menos intenta conversar con él, abrir un espacio para… — Marcela vaciló, eligiendo las palabras con cuidado — …para que exista el diálogo. Él parece fuerte, pero en realidad es un hombre que se pierde en sus propias inseguridades. Necesita a alguien que dé el primer paso.
Camila respiró hondo, sintiendo el peso de aquella sugerencia. Apartó ligeramente la mano de Marcela, sonriendo de forma contenida, pero firme.
— Marcela, eres increíble, pero yo no soy herrero. No puedo moldear sentimientos ajenos. No puedo “aprovechar el momento” para reavivar algo que ya terminó. Esta historia, con o sin conversación, terminó. — Habló con convicción, mirando a los hijos que jugaban cerca del balcón, distantes de la tensión de los adultos. Ella los había llevado como si fueran sus sobrinos.
Carlos, marido de Marcela, se acercó a Enzo, intentando interceder con diplomacia:
— Amigo, necesitas llevarla de vuelta a casa sin más peleas. Las parejas no deberían guardar resentimientos de un día para otro. Sé que esta situación con internet, con rumores sobre ti y Laura, está complicada… Pero no vale la pena quemarse así.
Enzo permaneció parado, los ojos fijos en Camila, cada fibra de su cuerpo rígida de frustración y deseo contenido. Respiró hondo, y de repente, su paciencia se agotó. La voz salió en tono áspero, casi una explosión:
— Carlos… ¿sientes, por acaso, que todavía existe algo entre mí y ella? ¿Que aún hay amor?
Marcela y Carlos, percibiendo que el momento había llegado, decidieron retirarse, dejando a Camila y Enzo cerca de la puerta. El silencio cayó pesado sobre los dos, cargado de miradas y emociones contenidas.
Así que los amigos se alejaron, Enzo finalmente dejó caer la fachada de indiferencia. La mirada antes controlada se tornó incisiva, y sus palabras cortaron el aire con la precisión de una lámina:
— Camila… ¿crees que me casé por amor? ¿Que fui tras de ti porque deseaba alguna cosa? — Él rió, pero era una risa fría, casi irónica. — No. Me casé porque la familia quería. Porque tú tenías… ese filtro de inteligencia que todos adoran. Un matrimonio perfecto en la teoría. Pero la novedad acabó, y tú… tú continúas esa académica aburrida, rígida, que se aferra a las reglas y no sabe vivir.
Camila sintió la sangre subir a la cabeza. Cada palabra de él era una acusación, una humillación deliberada. Pero ella no retrocedió, manteniendo los ojos firmes, a pesar del corazón disparado.
— ¿Y tú? — respondió ella, con la voz firme, aunque la respiración temblase — Tú no vuelves a casa porque tienes miedo de que yo todavía quiera algo contigo, ¿no es así? Y encima, te burlas de lo que yo hago, de lo que yo soy… ¿crees que vine aquí porque te olvidé? No, Enzo. Vine para aclarar, para poner un punto final a todo esto.
Enzo se inclinó levemente, cruzando los brazos y manteniendo la postura defensiva, pero había una tensión casi física entre ellos, como si cada palabra fuese una chispa a punto de incendiar el ambiente.
— Ah, pero eso es lo que adoro de ti, Camila — dijo él, la voz cargada de provocación — Siempre intentando mantener todo bajo control, siempre racional, siempre distante. Corres tras de lo que no puedes tocar, y aún finges que estás al mando. — Su respiración se hizo más pesada, la voz baja ahora, casi un susurro de rabia y deseo. — Viniste hasta aquí… porque aún no consigues olvidarte de mí, ¿verdad? Aún me deseas.
Camila cerró los ojos por un momento, sintiendo una mezcla de rabia, exasperación y dolor. Ella sabía que, por más que quisiese, Enzo aún tenía el poder de desestabilizarla, pero necesitaba ser firme. Extendió la mano, cubriendo la boca de él con fuerza, sin miedo de ser percibida, solo para que los chicos dentro del carro no oyesen las provocaciones que él profería.
Dentro del carro, Luca se contorsionó en la silla, los ojos muy abiertos, el corazón latiendo rápido. Él sentía una rabia creciente, unas ganas de saltar para fuera y confrontar al padre. Lina, sujetando la mano del hermano, lo miró con una mezcla de miedo e indignación.
— Luca, calma… — susurró ella, pero la mirada decía todo: indignación, revuelta y protección por la madre.
Enzo, del lado de fuera, percibió el gesto de Camila, y algo dentro de él se derritió por un instante. Un sentimiento sutil, casi imperceptible, atravesó su pecho: era pena, preocupación, tal vez hasta amor. Pero él no cedería, no admitiría flaqueza.
— Camila… — murmuró él, entre dientes, la voz dura — Siempre fuiste imposible de lidiar. Y aún así… aún me conmueves.
Camila respiró hondo, sintiendo el corazón acelerar, el calor de la frustración y de la tensión recorrer su cuerpo. Ella mantuvo firme la mano sobre la boca de él, mientras el silencio se extendía alrededor, pesado, cargado de todo lo que no fue dicho durante años.