Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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A raya
—No invitó a extraños a mi casa. Además, Dante, eres abogado, vienes de una familia rica, intentas resolverlo todo, odias que la gente te vea mal y te ofreces a pagar cenas a hombres que acabas de conocer. No eres un salvador completo, pero el complejo ya te está saliendo por las orejas.
—Eso ha sido grosero.
—Eso ha sido preciso, señorito Dante.
Antes de que pudiera responder, una voz femenina sonó desde dentro de la casa.
—¿Trébol? ¿Llegó el pedido de proteína o te lo robaste tú solo? ¿Y porqué estás en la entrada hablando...?
Una mujer apareció por el pasillo con la confianza de quien no necesita permiso para entrar a ningún lado. Alta, delgada, piel morena clara, cabello castaño oscuro recogido en una cola alta, ojos verdes más suaves que los de él. Llevaba leggins negros, una sudadera corta y expresión de hermana mayor cansada del mundo.
Se detuvo al verme.
Luego me miró a mí.
Luego a Trébol.
Luego otra vez a mí.
—Ah —dijo, con una sonrisa peligrosamente rápida—. Debes ser el vecino. ¿Ya se están tuteando? ¿Así que eres Dante?
Trébol cerró los ojos un segundo.
—Ariadna, por favor.
—¿Qué? —preguntó ella con inocencia ofensiva—. Solo estoy reconociendo fauna local.
Lo miré.
—¿Fauna local?
Ariadna apoyó un hombro en la pared.
—Soy Ariadna Armstrong. Hermana mayor de este espécimen. Y tú debes ser Dante, el mismo el abogado del que me habló que es su cliente.
Volví la cabeza hacia Trébol con una lentitud exquisita.
—¿Te habló de mí?
Trébol me sostuvo la mirada con la misma calma de siempre.
—No te emociones. Solo dije que tenía un cliente terco con apellido de banco y una preocupante incapacidad para activar el glúteo izquierdo. No sabía que vivías al lado.
Ariadna soltó una carcajada.
Yo me llevé una mano al pecho.
—Esto ya parece acoso.
—No, cariño —dijo ella—. Acoso sería si además te hubiéramos puesto apodo.
—¿Y no lo han hecho?
Ariadna sonrió de una manera que no prometía nada bueno.
—Aún no.
Trébol suspiró.
—Ari, vete adentro. Y llévate una bolsa. Mamá debe estar esperando la salsa.
—Sí, mamá.
Antes de entrar, me guiñó un ojo.
—Un placer conocerte, vecino. Ojalá sobrevivas al entrenamiento.
—Ya no estoy seguro de querer hacerlo —respondí.
—Muy tarde. Ya te olió y te tiene en la mira. Te forjará los huesos y te reconstruirá de nuevo.
—Ariadna —advirtió Trébol.
Ella desapareció riéndose.
Yo me quedé en silencio un segundo, procesando varias cosas a la vez. Una de ellas, bastante importante, era que Trébol le había hablado a su hermana de mí y tal ves a toda su familia. Aunque fuera para burlarse de mis glúteos, seguía siendo información valiosa.
—Tu familia parece encantadora —dije.
—No viven conmigo, ya te dije que vienen regularmente —respondió, recogiendo la bolsa que había dejado en el suelo—. Ari vino a dejarme unas cosas y a invadir mi paz mental. Mi mamá a cocinarme porque piensa que no me alimento bien.
—¿También tienes hermanos hombres?
—Dos.
—¿Alfas?
—Uno alfa, uno beta.
—¿Y tú eres el entrenador problema de la familia?
Trébol sonrió apenas.
—No. Yo soy el que resuelve los problemas de la familia.
La frase me hizo alzar una ceja.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
Nos quedamos callados un instante. Lo suficiente para que el aire nocturno se llenara otra vez de ese silencio raro, cómodo e incómodo a la vez, que a veces aparecía entre nosotros cuando dejábamos de bromear.
Yo apoyé una mano en la verja baja que separaba ambas propiedades.
—¿Entrenas aquí también en tus días libres? —pregunté, señalando el garaje.
—Cuando no quiero ver gente.
—¿Y hoy no querías ver gente?
Trébol inclinó la cabeza.
—Hoy no quería ver clientes.
—Qué duro.
—No es personal.
—Siempre dices eso como si ayudara.
—Me ayuda a mí.
Lo miré con una sonrisa resignada. Deseaba entrar y formar parte de esa familia, de cenar sin discutir, de tomar su mano y de dormir juntos hasta el amanecer, preparar el desayuno y darle un beso antes de ir a trabajar.
—Debí imaginarlo.
La puerta principal de mi casa se abrió de golpe en ese momento.
Deivid salió al porche con una copa en la mano, un pantalón de lino claro y esa expresión de omega precioso y malcriado que llevaba usando desde que aprendió a caminar. Parece que me había olido a kilómetros.
—Dante, mamá quiere saber si vas a cenar o si piensas quedarte afuera coqueteando con ese chico. Si papá te ve le dará un infarto. Ya sabes que estás caliente.
Silencio.
Trébol giró la cabeza despacio hacia él.
Yo cerré los ojos un segundo.
Y Deivid, porque Dios castiga pero no avisa, bajó las escaleras con toda la elegancia de un príncipe insoportable y se detuvo a mi lado.
—Oh —dijo, mirando a Trébol de arriba abajo—. Así que tú eres el vecino musculoso del que las sirvientas no dejan de hablar. No te ves mal. Pero ... ¿Porqué hueles a Omega y te ves como un alfa?
—Deivid —murmuré.
Mi hermano me ignoró con la habilidad que da una vida entera de práctica.
—Soy Deivid Lombard Sanford —se presentó, extendiendo una mano con una sonrisa pulida—. El único omega de la familia.
Trébol le estrechó la mano con cortesía impecable a través de los barrotes.
—Trébol Armstrong.
—Sí, claro, Dante habla de ti en sueños más de lo que debería para alguien que finge indiferencia.
—Deivid. ¿Desde cuándo espías mientras duermo, maldita sea?
—¿Qué? Me dijiste que no entrara a tu habitación cuando no estés. No dijiste nada mientras estés dormido. Ya te escuché suspirar por su rutina de espalda dos veces esta semana.
—Vete adentro y cállate el hocico.
Mi hermano se volvió hacia mí con una expresión ofendida.
—No me hables como si yo fuera el problema, Dante. Solo intento socializar. Hay que llevarse bien con los vecinos. Pero que papá no te vea. Se nota que este te llama la atención.
Luego miró otra vez a Trébol, y la amabilidad de su sonrisa se volvió más filosa.
—Espero que no le estés llenando la cabeza de ideas raras. Mi hermano ya tiene suficiente con sus crisis de mediana edad prematuras. Rompió un compromiso importante y si sigue jodiendo mi papá se va a enojar.
—Tengo treinta años, idiota.
—Exacto.
—Deivid.
Pero ya era tarde. Yo conocía ese tono. Ese pequeño veneno elegante que usaba cuando quería dejar claro que se creía por encima de alguien. Lo había usado con novios, con empleados, con amistades que no le parecían lo bastante refinadas. Era uno de los rasgos de mi hermano que más detestaba y, al mismo tiempo, uno de los que más me avergonzaba reconocer como herencia de nuestra casa.
—No te preocupes —continuó Deivid, como si nada—. Dante tiene esta costumbre de obsesionarse con causas perdidas. Se le pasa cuando encuentra un problema nuevo que resolver.
Se me tensó la mandíbula. Realmente quería golpearlo.
—Basta.
Trébol no cambió de expresión.
Eso fue casi peor.
Se limitó a meter la llave en su bolsillo y acercarse a su puerta.
—No me ofendo fácil —dijo con una tranquilidad que me dio ganas de estrangular a mi hermano y besar a mi vecino, en ese orden.
Deivid se encogió de hombros.
—Qué bien por ti.
—Deivid —repetí, esta vez con un tono lo bastante frío como para hacerle levantar la vista hacia mí.
Nos miramos un segundo.
Y, para mi alivio, entendió que estaba a medio paso de perder la paciencia.
—Como quieras —dijo al fin, alzando las manos—. Mamá te espera. No tardes.
Se dio la vuelta y volvió a la casa como si no acabara de dejar un rastro de veneno social en el jardín.
Yo me quedé quieto un momento, con una mezcla poco elegante de rabia y vergüenza subiéndome por el pecho. Quería estamparle mi maletín de quinientos dólares en la cabeza.
—Lo siento —dije al fin.
Trébol me observó sin apuro.
—No fue tu comentario.
—Sigue siendo mi familia.
—Todos tenemos un miembro sobresaliente.
No había reproche en su voz. Ni siquiera incomodidad. Solo una clase de cansancio resignado que me hizo sentir todavía peor.
—No me gusta cómo te habló.
—No es la primera vez que alguien me habla así.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—Pues debería ser la última.
Trébol soltó una risa suave.
—Mira nada más. El complejo de salvador levantando la cabeza otra vez.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Lo miré a los ojos.
—Que no me gusta cuando alguien a quien aprecio tiene que aguantar estupideces.
La frase salió antes de que pudiera corregirla.
Trébol se quedó quieto.
Yo también.
Y el silencio que siguió fue lo bastante largo como para que pudiera arrepentirme con calma.
No lo hice.
Trébol bajó un poco la mirada, como si estuviera procesando mis palabras con más atención de la que quería admitir. Luego volvió a alzarla hacia mí.
—Buenas noches, Dante.
No era una huida.
No era un rechazo.
Pero tampoco era una invitación a seguir.
Asentí, porque entendí el límite.
—Buenas noches, Trébol.
Lo vi entrar a su casa y cerrar la puerta.
Y me quedé en el jardín unos segundos más, con la certeza desagradable de que acababa de decir una verdad más grande de la que me convenía.
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