La emotiva historia de dos gemelos que no sabían la existencia de su padre. Cuando lo conocen muchos sentimientos encontrados se posesionaron de su mente y de su corazón.
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Un abrazo fraternal
Al día siguiente, muy temprano, Santos se levantó primero y preparó el desayuno. Alex y el abuelo se acercaron cuando ya estaba servido.
Gracias por el almuerzo, Santos, estaba muy delicioso, dijo el abuelo después de devorar todo y dejar limpio el plato.
Me da gusto que te haya gustado, abuelo. Alex, ¿has pensado en todo lo que te dije anoche?, dijo Santos retomando el tema de Marco.
No me importa ese hombre, no quiero hablar de él. Tú sigue leyendo el diario de Juanita, yo me voy al trabajo. Alex se fue solo, cuando llegó, Gisela estaba preparando sus platillos.
Hola, Gisela, dijo Alex con educación.
Hola, ¿trajiste el menú de hoy?, preguntó la aludida.
Sí, aquí está, espero que sea de tu agrado.
Veamos, dijo ella.
Rato después...
Está muy bien, adelante.
Oye, Gisela, Marco no se ha sincerado con nosotros. ¿Qué espera que no termina de decirnos que es nuestro padre?
Gisela abrió la boca para decir algo, pero no tuvo tiempo de decir nada porque la primera clienta del día llego. Nada menos que... Zoé.
Tras ella, entró Santos, quien la miró de arriba a abajo. ¿Qué hace usted aquí?
Vengo a comer, ¿qué otra cosa iba a buscar en este lugar de poca monta?, dijo Zoé no de buena manera.
Zoé iba vestida con un conjunto de "chiqui falda", y un top, parecía una jovencita cuando en realidad tenía casi treinta.
Según Santos, iba vestida muy provocativamente. Está bien, enseguida le toman su orden.
Como siempre, Marco estaba en su despacho haciendo cuentas y firmando papeles.
Gisela ya había notado que "esa mujer venía a buscar a su esposo", cosa que no le gustó en absoluto.
Más tarde, todos estaban comiendo tranquilamente, cuando de pronto, Zoé se hizo la disimulada, y fue hasta el despacho de Marco.
Nadie notó su ausencia, cada quien estaba en su mundo.
Solo Gisela, que ya la tenía atravesada se dio cuenta de que ya no estaba.
Le habló a Evan, oye, la mujer que llegó primero, ¿dónde está?, ¿acaso se fue sin pagar?
No creo, yo siempre estoy al pendiente.
Bueno, checa bien, por favor, voy al despacho de mi esposo.
Hola, Zoé entró al despacho de Marco, ¿puedo pasar?, dijo ella, contoneándose toda.
Pues ya pasaste, ¿qué deseas?
¿Acaso no lo sabes?, dijo ella acercándose peligrosamente a Marco.
¿Solo a eso has venido?, susurró Marco. Soy casado y además tengo mucho trabajo, así que si no te importa...
¿Me estás corriendo?
No, pero necesito checar estos documentos urgentes.
Gisela llegó en ese momento y vio a Zoé casi trepada en el escritorio de Marco. Dejando ver un bóxer negro casi a la altura de las caderas, que no dejaba nada a la imaginación.
Vaya, vaya, ¿qué significa esto?, dijo Gisela al borde de la ira.
Marco se levantó como si hubiera sido picado por un alacrán.
Amor, esta es Zoé, vino a pedir algo de información.
Gisela la fulminó con la mirada. ¿Qué clase de información?, ¿cómo atrapar a un hombre casado?
Zoé no se inmutó, se acomodó la faldita y salió con una gran sonrisa. Vendré otro día Marco.
Marco no supo que hacer, no esperaba que Gisela entrara de pronto.
¿Qué fue eso, Marco?, ¿por qué coqueteabas con esa mujer?, casi estaba encuerada.
Nada que ver, ella entró sin tocar la puerta, me tomó por sorpresa.
Claro, y tú estabas tan encantado con ella que no la pudiste correr, ¿verdad?
Gisela, por Dios, no hagas drama.
¿Drama?, estoy en mi casa, este es nuestro restaurante, esa mujer ha venido varias veces a buscarte, ¿crees que no me he dado cuenta?
Amor, no es nada de lo que te imaginas, yo solo te amo a ti, y no tengo ojos para nadie. Zoé es solo una clienta, vino a buscar información porque anda buscando trabajo.
A ver deja adivinar, anda buscando trabajo de hostes, o sea, de piruja.
¡Gisela!
Ahora veo por qué el hombre estaba discutiendo con ella, de seguro ella le ponía los cuernos, y tú la defendiste, deberías haber dejado que la matara en ese instante, dijo Gisela y salió dando un portazo.
Marco no supo que hacer o decir, no tuvo tiempo de reaccionar ante sus palabras.
Marco sintió vergüenza, él jamás había engañado a Gisela. Tenía una familia muy bien cimentada, y no iba a cometer el error de engañarla ahora.
Pasaron varios días, Gisela seguía enojada, ella pensaba que si no hubiera entrado al despacho, Marco y esa mujer hubieran saciado sus bajos instintos.
Casi podría jurarlo al ver la cara de Marco, tan embelesado con Zoé.
"Idiota", pensó y dejó caer el cuchillo.
En la cocina todos se dieron cuenta de esa acción.
¿Qué te pasa, Gisela?, dijo Cristina, preocupada.
Perdón, es muy personal.
Creí que había confianza entre las dos.
Sí la hay Cristina, pero es algo que no quiero decir porque me da vergüenza.
Está bien, si no quieres hablar no hay problema.
Es por esa mujer, ¿verdad?, preguntó Alex de sopetón.
Gisela no se pudo contener y le contestó muy mal: eso a ti no te importa, sigue con tu trabajo, que aún hay clientes.
Perdón, dijo Alex, y siguió en lo suyo.
Perdón, no debí hablarte así, la verdad es que no me siento bien, dijo Gisela, las lágrimas a punto de brotar.
No te preocupes, Gisela, estoy seguro de que Marco es un hombre decente, jamás te traicionaría, dijo Santos, dándole ánimos. Tú lo conoces mejor que nadie.
Entonces, Gisela rompió en llanto. Ahí se unieron todos, en un abrazo fraternal.