Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Día de malteadas
El día estaba despejado, con un sol cálido que acariciaba las calles de Atlanta, y yo necesitaba distraerme. Merlina me había escrito temprano: “Vamos por una malteada, necesito aire”. Ella era así, espontánea, directa, la única que lograba arrancarme de mis pensamientos más sombríos.
Nos encontramos en la esquina de siempre, cerca de la pequeña cafetería de fachada azul pastel. Merlina llevaba el cabello suelto, lentes oscuros enormes y un vestido ligero que se movía con el viento como si formara parte de él. A su lado, siempre emanaba frescura, como si no le pesaran las expectativas que a mí me asfixiaban.
—¿Lista para algo dulce o vienes con dieta de esposa ejecutiva? —bromeó mientras me abrazaba fuerte.
—Hoy no me importa la dieta —respondí riendo—. Hoy necesito azúcar y terapia gratuita.
—Perfecto. Yo cobro caro, así que aprovecha.
Pedimos dos malteadas de vainilla extra espesas y salimos a caminar con ellas en mano. La espuma fría me reconfortó más de lo que imaginaba.
—No tienes idea, Vicky —empezó ella con los ojos brillantes—. Ayer encontré a Kris pintando las paredes del estudio de su papá con marcadores. ¡Azul eléctrico en un piano blanco! Ese piano costó más que mi primer apartamento.
Solté una carcajada sincera.
—Solo a la hija de una mujer como tú se le ocurriría algo así.
—Exacto. Mi hija no va a pedir permiso para existir —respondió con orgullo—. Y tampoco quiero que tú lo hagas.
La miré de reojo.
—¿Perdón?
—No te hagas. Te conozco. Cuando sonríes demasiado, algo te está molestando.
Suspiré. Con Merlina era imposible fingir.
—Anoche fue… raro.
—¿Raro “me aburrí” o raro “algo pasó”? —preguntó con descaro.
—Raro interesante.
Se detuvo en seco.
—Oh, esto se pone bueno. Habla.
Caminamos unos pasos más antes de que me animara.
—El socio de Mathews… Jonathan Blake.
—Ajá.
—Es diferente. Seguro. Inteligente. Y… atento.
—¿Atento cómo? —insistió, bajando los lentes para mirarme directo.
—Atento de verdad. Me preguntó por mi carrera. Discutimos sobre mercados europeos. Me escuchó.
—¿Te escuchó? —repitió exagerando el asombro—. Qué concepto tan revolucionario en tu matrimonio.
—Merlina…
—¿Qué? No es mentira. Hace años que Mathews habla de ti como si fueras parte del mobiliario elegante.
Sus palabras dolieron porque eran ciertas.
—No es tan simple —murmuré.
—Claro que no lo es. Pero tampoco es justo que te escondas.
Seguimos caminando. El ruido de la ciudad parecía lejano.
—A veces pienso que un hijo podría… —empecé.
—No —me interrumpió de inmediato.
—Ni siquiera he terminado.
—No hace falta. Un bebé no es pegamento, Vicky. Es una vida. Si hay grietas, un hijo no las tapa; las amplifica.
Bajé la mirada.
—Extraño lo que éramos.
—Entonces pelea por ti, no por la idea de ustedes —respondió con firmeza—. Y si vas a pelear, que sea con tus propias armas.
La miré confundida.
—¿A qué te refieres?
Se detuvo frente a mí, seria.
—Eres brillante. Te graduaste con honores en Negocios Internacionales. Tenías planes, ¿recuerdas? Hablabas de exportar diseños, de abrir tu propia línea, de mezclar moda con estrategia comercial.
—Eso fue hace años.
—No. Eso sigue siendo tuyo. Solo lo metiste en un cajón porque te casaste con un hombre poderoso.
Me quedé en silencio.
—No estoy escondida —dije en voz baja.
—Sí lo estás —replicó sin suavizarlo—. Vives a la sombra de Sinclair Enterprises como si no tuvieras luz propia.
Sus palabras me atravesaron.
—No es tan fácil levantar algo desde cero.
—Nunca lo es. Yo lo hice con la fundación, ¿recuerdas? Nadie creía que funcionaría. Ahora tengo patrocinadores internacionales. Y tú podrías hacer lo mismo con tu marca de moda.
La miré sorprendida.
—¿Mi marca?
—Sí, tu marca. Esos diseños que haces y que solo ven tus amigas en cenas privadas. ¿Por qué no están en una pasarela? ¿Por qué no los vendes online? ¿Por qué no usas todos esos contactos que tienes gracias a Mathews?
—Porque no quiero que piensen que uso su nombre.
—¿Y qué? Si lo usas, úsalo bien. Inteligencia estratégica, Victoria. Eso estudiaste.
Sentí algo removerse dentro de mí.
—¿Crees que aún podría?
—No solo creo que podrías —dijo acercándose más—. Creo que si no lo haces, te vas a apagar.
La palabra quedó suspendida.
—No estoy apagada —susurré.
—Entonces demuéstralo.
El silencio entre nosotras no fue incómodo. Fue revelador.
Ella dio un sorbo a su malteada y volvió a su tono pícaro.
—Ahora, regresemos al señor interesante.
—Merlina…
—¿Te miró como hombre que firma contratos o como hombre que desarma mujeres?
Me sonrojé.
—Fue respetuoso.
—Eso no responde mi pregunta.
Suspiré.
—Me miró como si… me viera. No como la esposa de alguien. Como yo.
Merlina sonrió lentamente.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—¿Te gustó?
Tardé demasiado en responder.
—Sí.
Ella soltó una risita baja.
—Después de años sintiéndote invisible, aparece un hombre que te presta atención y tu corazón hace gimnasia olímpica.
—No es así.
—Claro que lo es. Y no tiene nada de malo sentir. Lo importante es qué haces con eso.
Me detuve.
—No quiero hacer nada. Estoy casada.
—Y nadie está diciendo que traiciones a nadie —respondió con calma inesperada—. Pero no ignores lo que te revela. Si un extraño puede recordarte que eres interesante, inteligente y deseable… entonces el problema no eres tú.
Sus palabras me estremecieron más que cualquier recuerdo de la noche anterior.
—No estoy sola, ¿verdad? —pregunté casi sin pensar.
Ella tomó mi mano.
—Nunca lo has estado. Solo que te acostumbraste a actuar como si lo estuvieras.
Sentí un nudo en la garganta.
—No quiero seguir siendo “la esposa de”.
—Entonces deja de presentarte así. Preséntate como Victoria. Diseñadora. Estratega. Empresaria en construcción.
Sonreí con timidez.
—Suena tan fácil cuando lo dices.
—Porque lo es. Lo difícil es atreverte.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
—¿Y si fracaso? —pregunté.
—Fracasa. Pero fracasa siendo tú, no escondida detrás del apellido de tu marido.
El viento movió su cabello. Atlanta seguía vibrando a nuestro alrededor.
Miré la hora y suspiré.
—Debo irme. Tengo que llevarle unos documentos a Mathews.
—Claro que sí, señora eficiente —bromeó—. Pero recuerda algo.
—¿Qué?
Se inclinó hacia mí, con esa media sonrisa descarada.
—Si el señor Blake vuelve a mirarte así… asegúrate de que también vea a la mujer que puede construir un imperio, no solo a la que acompaña a uno.
Reí, aunque sentí un cosquilleo nervioso.
Nos abrazamos fuerte.
—Te quiero, Vicky. Y no te escondas más. El mundo no necesita otra esposa perfecta. Necesita mujeres que sepan quiénes son.
Subí al auto con la mente ardiendo.
Mientras conducía hacia Sinclair Enterprises, no pensaba en los documentos. Pensaba en lo que Merlina había dicho.
En la mujer que había dejado en pausa.
Y en la forma en que Jonathan Blake, con una sola mirada, había despertado algo que quizá no tenía nada que ver con él… sino conmigo.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰