Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 8: Nombrar el daño
Durante dos días completos, nadie mencionó lo ocurrido en el patio.
No hubo interrogatorios.
No hubo miradas inquisitivas.
No hubo intentos de “aclarar” nada.
Y eso, para Elian Vaelor, fue casi más inquietante que el descubrimiento en sí.
Estaba acostumbrado a que cada error, cada exposición involuntaria, tuviera consecuencias inmediatas. El castigo siempre llegaba rápido, como si el mundo necesitara corregirlo antes de que se le ocurriera existir de nuevo.
Pero aquí… no.
El Duque Kael Ardenfell no volvió a acercarse de forma directa. No lo llamó. No lo presionó. Simplemente ordenó que el ala donde se encontraba la habitación del omega permaneciera tranquila, sin visitas ni ruido innecesario.
Ese silencio no era punitivo.
Era deliberado.
Elian pasaba largas horas sentado junto a la ventana, con las manos apoyadas en el vidrio frío, observando el jardín interior. El mismo patio donde había sido visto. Donde su cuerpo había quedado expuesto, no como un objeto, sino como una prueba.
No sabía qué sentir.
Vergüenza, sí.
Miedo, también.
Pero había algo más… algo nuevo.
Una inquietud profunda que no venía del dolor, sino de una pregunta que no lograba acallar:
¿Y si realmente no fue mi culpa?
Esa idea era peligrosa.
Porque durante años había sobrevivido creyendo lo contrario.
Si era defectuoso, el castigo tenía sentido.
Si era indigno, el dolor era lógico.
Si merecía lo que le hacían… entonces el mundo seguía teniendo reglas.
Pero si no…
Entonces todo había sido injusto.
Y esa verdad era demasiado grande para alguien que apenas estaba aprendiendo a dormir en una cama.
La conversación llegó al tercer día.
No fue en un despacho.
No fue con testigos.
No fue bajo la forma de una orden.
Fue en el jardín.
Kael Ardenfell estaba sentado en el banco de piedra cuando lo vio acercarse. No lo llamó. Esperó. Elian caminó despacio, con pasos inseguros, como si temiera que el suelo cambiara bajo sus pies.
Se detuvo a varios pasos de distancia.
—Puedes sentarte —dijo Kael, sin mirarlo directamente.
Elian dudó… y obedeció, sentándose en el extremo opuesto del banco, con el cuerpo rígido.
El viento movía las hojas del gran árbol. El sonido era suave, constante.
—No voy a preguntarte por detalles —comenzó Kael—. No ahora. No si no quieres.
Elian bajó la cabeza.
—Lo que vi en el patio —continuó— no fue disciplina. No fue educación. Y no fue un error.
Silencio.
—Fue abuso.
La palabra cayó con peso.
Elian se estremeció.
—No… —susurró—. Ellos dijeron que…
—Ellos mintieron —interrumpió Kael, sin dureza, pero con absoluta certeza—. Y lo hicieron porque sabían que, si alguien veía la verdad, perderían todo.
Elian apretó los dedos contra la tela de su ropa.
—Si hubiera sido… diferente —murmuró—. Más obediente. Menos… yo…
Kael se giró entonces, mirándolo de frente.
—Escúchame bien —dijo—. Ningún comportamiento justifica lo que te hicieron. Ninguno.
Los ojos de Elian se llenaron de lágrimas.
—Pero yo… —su voz temblaba—. A veces pensaba que si soportaba suficiente… se detendrían.
Kael sintió un nudo en el pecho.
—Eso no es esperanza —respondió—. Eso es supervivencia.
Elian cerró los ojos.
Las palabras atravesaron algo muy antiguo.
—Aquí —continuó Kael— no tienes que soportar nada para merecer quedarte. No tienes que ganar tu derecho a existir.
Un silencio largo se extendió entre ambos.
Elian respiraba con dificultad, como si su cuerpo intentara procesar una idea para la que no había sido entrenado.
—Tengo miedo —admitió al fin—. Si acepto que fue abuso… entonces todo lo que creí… se rompe.
Kael asintió.
—Lo sé.
No lo corrigió.
No lo contradijo.
—Por eso no tienes que aceptarlo hoy —añadió—. Ni mañana. Solo… no te obligues a negarlo.
Elian se llevó una mano al pecho.
—Cuando me vio… —susurró—. Pensé que me devolvería. Que diría que estaba manchado.
Kael apretó los labios.
—Nunca —dijo—. Nadie tiene derecho a devolverte a ese lugar.
El viento se intensificó un poco. Las hojas cayeron al suelo.
—Voy a hacer algo —continuó Kael—. Y quiero que sepas que no es una amenaza. Es una promesa.
Elian levantó la mirada.
—Nadie volverá a tocarte sin tu consentimiento. Y nadie volverá a decidir sobre tu cuerpo sin consecuencias.
—¿Incluso…? —la pregunta quedó incompleta.
—Incluso los Vaelor —respondió Kael.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Esta vez no fueron silenciosas.
No hubo sollozos exagerados.
No hubo escenas dramáticas.
Solo un llanto contenido, cansado, que llevaba demasiado tiempo esperando permiso para existir.
Kael no lo abrazó.
Se quedó allí, presente, firme, dejando espacio.
Cuando Elian logró calmarse un poco, habló de nuevo.
—A veces —dijo—, cuando me duele el cuerpo… recuerdo otra vida.
Kael lo miró con atención.
—Protegía a alguien —continuó Elian—. Siempre protegía. Y ahora… no sé cómo dejar que alguien me proteja a mí.
Kael reflexionó un momento antes de responder.
—Entonces no lo hagas aún —dijo—. Déjame quedarme cerca. Eso será suficiente por ahora.
Elian asintió.
Esa noche, durmió en la cama.
No toda la noche.
Solo un par de horas.
Pero fue la primera vez que su cuerpo no eligió el suelo por instinto.
Y eso, aunque pequeño, fue un acto inmenso de valentía.