Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 22
Sakura despertó de golpe.
El corazón le latía con fuerza. El sueño aún fresco en su memoria: un cerezo enorme, un hombre sin rostro, flores cayendo como lágrimas.
— ¿Qué fue eso? — murmuró, llevándose una mano al pecho.
Pero no hubo respuesta.
Solo la luz de la mañana entrando por la ventana.
LA REUNIÓN
El desayuno fue rápido. Sakura apenas probó bocado.
El emperador la observaba con preocupación.
— ¿Dormiste bien? — preguntó.
— No mucho — admitió ella —. Pero no importa. Tenemos trabajo.
— Sakura... aún no encontramos la causa de los demonios.
— Lo sé. Pero le prometo que lo voy a averiguar.
Él asintió, confiado.
— Vamos — dijo Sakura, dirigiéndose a Tae, que esperaba en la puerta —. Iremos a los alrededores de las aldeas. Hablaremos con los campesinos. Alguien debe haber visto algo.
— Voy con ustedes — dijo el emperador, levantándose.
Sakura se detuvo.
— ¿Majestad? No creo que sea seguro. Las aldeas están expuestas, los demonios pueden aparecer en cualquier momento...
— Lo sé.
— Y entonces...
— Es seguro — la interrumpió él, con una sonrisa — porque estaré con la mejor jefa de todos los clanes.
Sakura parpadeó.
Y entonces, sin poder evitarlo, sintió que el calor le subía a las mejillas.
— Me... me halaga, su majestad — respondió, bajando la mirada.
Tae, detrás de ella, apretó la mandíbula.
Pero no dijo nada.
Nunca decía nada.
EL CAMINO
Los tres cabalgaron hacia las aldeas.
El paisaje era hermoso, pero el ambiente tenso. Demasiados recuerdos. Demasiadas preguntas sin respuesta.
— Por aquí — indicó Sakura, guiándolos hacia un pequeño asentamiento en las colinas.
— ¿Qué esperas encontrar? — preguntó el emperador.
— Testigos. Los campesinos siempre ven cosas. Cosas que los poderosos ignoran.
Llegaron a la aldea. La gente, al verlos, se arremolinó curiosa.
— No tengan miedo — dijo Sakura, desmontando —. Solo venimos a hacer preguntas. ¿Alguien ha visto algo extraño? ¿Antes de los ataques?
Un anciano se acercó.
— Yo vi algo, señora — dijo, con voz temblorosa —. Unas noches antes de los demonios... vi luces en el bosque. Luces que no eran de antorchas ni de magia común.
— ¿Qué tipo de luces?
— Azules. Como fuego frío. Y sombras que se movían solas.
Sakura intercambió una mirada con Tae.
— ¿Algo más?
— Sí... — el anciano dudó —. Escuché un nombre. Un nombre que no debería conocer.
— ¿Qué nombre?
El anciano susurró:
— Emperatriz.
El silencio cayó como un manto.
El emperador palideció.
Sakura cerró los ojos.
— Gracias — dijo, con voz controlada —. Ha sido de gran ayuda.
Montaron de nuevo.
Y se alejaron.
Ninguno habló.
Pero todos sabían.
La emperatriz estaba detrás de todo.
LO QUE VIENE
La verdad comenzaba a emerger.
Pero la verdad, a veces, es más peligrosa que las mentiras.
Y Sakura lo sabía.
— Majestad — dijo al rato —. Pase lo que pase... usted no es responsable de su madre.
Él la miró.
— Lo sé. Pero duele igual.
— Lo sé.
Y siguieron cabalgando.
Hacia la verdad.
Hacia el peligro.
Hacia lo que vendría.
Después de un largo día de búsqueda, de preguntas sin respuesta y pistas confusas, el cansancio los venció.
El sol se había ocultado hace horas, y las aldeas no ofrecían lujos. Solo una pequeña pensión, de esas que usaban los viajeros pobres y los comerciantes sin recursos.
— Solo tenemos dos habitaciones disponibles — dijo la joven dueña, con una sonrisa apologética —. Lo siento, pero es lo único que queda.
Silencio.
El emperador no dudó ni un segundo.
— Yo compartiré habitación con Sakura — dijo, con naturalidad.
— ¿¡QUÉ!?
La exclamación de Tae retumbó en todo el local.
La joven dio un paso atrás, asustada.
— ¿Qué pasa? — preguntó el emperador, girándose hacia él con una ceja arqueada.
— Por supuesto que no — dijo Tae, dando un paso adelante —. No sobrepases los límites.
— ¿Límites? — el emperador sonrió, pero era una sonrisa peligrosa —. Soy el emperador. No hay límites para mí.
— Eso no significa que puedas...
— Es una orden.
Tae apretó los puños.
— ¿Va a desafiar mis órdenes? — preguntó el emperador, con una calma que helaba la sangre —. ¿Va a desobedecer a su emperador por una simple noche en una pensión?
La tensión era palpable.
Tae temblaba. De rabia. De impotencia. De saber exactamente lo que el emperador estaba haciendo.
Usar su poder.
Usar su posición.
Usar su autoridad.
Para acercarse a Sakura.
Para estar a solas con ella.
Para lo que fuera que tuviera en mente.
— ¡Basta!
Sakura se puso entre ellos.
— Basta de pelear. Los dos.
Miró al emperador. Miró a Tae.
— Está bien — dijo, con voz cansada —. Compartiré habitación con su majestad.
— ¿Sakura? — Tae la miró, incrédulo.
— Es solo una noche. No pasará nada.
El emperador sonrió.
Una sonrisa triunfante.
— Sabia decisión — dijo.
Tae apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes rechinaron.
Pero no dijo nada.
No podía.
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EN LA HABITACIÓN
La habitación era pequeña. Una cama. Una ventana. Una vela.
Nada más.
Sakura se sentó en el borde de la cama, mirando la pared.
El emperador se quedó junto a la puerta, observándola.
— ¿Confías en mí? — preguntó al rato.
Ella lo miró.
— ¿Debo hacerlo?
— No lo sé. ¿Debes?
Sakura suspiró.
— Estoy cansada, majestad. No tengo energía para juegos.
— No es un juego.
Caminó hacia ella. Se sentó a su lado. No demasiado cerca. Solo lo suficiente para que ella sintiera su presencia.
— Sakura... yo...
— No.
— ¿No qué?
— No diga nada que no deba.
Él guardó silencio un momento.
— ¿Y si debo decirlo?
Ella lo miró fijamente.
— Entonces recuerde que mi corazón pertenece a otro. Aunque esté lejos. Aunque duela. Aunque no entienda.
El emperador asintió lentamente.
— Lo sé. Pero el corazón no entiende de pertenencias.
Se levantó.
— Tomaré el suelo. Tú toma la cama.
— Majestad...
— No discutas. Es una orden.
Sonrió. Una sonrisa triste, pero sincera.
Y se tumbó en el suelo, con la capa por almohada.
Sakura lo miró un momento.
Y luego, apagó la vela.
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LO QUE TAE PENSABA
En la otra habitación, Tae no dormía.
Miraba el techo.
Apretaba los puños.
Respiraba hondo.
"La va a usar", pensaba. "Va a aprovecharse de su poder."
"Y yo... yo no puedo hacer nada."
"Solo soy su mano derecha."
"Solo un amigo."
"Solo alguien que ama en silencio."
Cerró los ojos.
Pero no durmió.
No podía.