Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 9: Soy su novio
Evan regresó a su forma humana con una parsimonia casi insultante, mientras las cenizas de Jandikal aún flotaban en el aire. Se acercó a mí con pasos lentos, su aura plateada todavía vibrando por el rastro del poder que acababa de liberar.
—¿Estás bien? —me preguntó, clavando sus ojos dorados en los míos.
Sentí un vuelco en el corazón. Tenía los nervios de punta y los labios todavía me ardían por el beso y el mordisco.
¿Estaría furioso?
¿Se arrepentiría de haber aceptado el trato?
Su rostro era una máscara indescifrable.
—Sí, estoy bien... gracias —logré articular.
Él me dedicó una media sonrisa, algo casi imperceptible y cargado de una arrogancia que me hizo querer golpearlo y abrazarlo al mismo tiempo. Sin decir más, se dio la vuelta y se dirigió hacia el gato gigante que descansaba a unos metros, exhausto tras la batalla.
Me apresuré a seguirlo. Necesitaba darle las gracias a esa criatura, de no ser por su intervención inicial, el demonio me habría partido en dos antes de que pudiera llegar a Evan.
Me detuve frente a la enorme bestia de pelaje naranja. Todo en él me resultaba familiar, una calidez que me recordaba a mi hogar y a las tardes de sol. Cuando nuestras miradas se cruzaron y vi ese destello naranja eléctrico, un sentimiento de alegría pura me inundó el pecho.
—¿Yune? —susurré.
Corrí a abrazarlo, hundiendo mis manos en su espeso pelaje. En respuesta, la enorme bestia comenzó a encogerse en un remolino de luz, volviendo a ser el pequeño y dulce minino de siempre.
Se acurrucó contra mí, ronroneando como si no acabara de enfrentarse a un demonio milenario. Después de todo, el abuelo tenía razón... y yo que pensaba que la vejez lo estaba volviendo loco.
—¿De dónde conoces a ese Bakeneko? —La voz de Evan cortó el momento, cargada de una sospecha letal.
—Se llama Yune... y es mi gato —respondí, acariciando las orejas del pequeño ser.
Evan y Jean se quedaron estáticos, con los ojos abiertos de par en par.
—¡¿Cómo es posible que tengas a un Bakeneko de mascota y no hayas muerto aún?! —exclamó Jean, acercándose a toda prisa para analizar a Yune desde todos los ángulos posibles, como si fuera un experimento de laboratorio.
—¿A qué se refieren con eso? ¿Tan malo es?
—Los Bakeneko no son "mascotas", Loraine —Evan me tomó de la muñeca, con un agarre firme pero esta vez extrañamente cuidadoso, y me alejó de Yune—. Tienden a devorar a los humanos para robarles la identidad y vivir entre ellos como parásitos. Son traicioneros y sanguinarios. ¿Cómo es que no te ha matado todavía?
—La verdad... hasta hace unos momentos no tenía idea de que no fuera un gato normal —dije, sintiendo cómo Yune me miraba con sus ojos grandes y brillantes—. En todo el tiempo que he estado con él, nunca me ha hecho daño. Al contrario, me cuida.
Mis palabras dejaron a Evan de piedra. Me soltó la muñeca lentamente, mirándome como si fuera la primera vez que realmente me veía.
Me alejé de él un par de pasos, sentándome en el pasto para jugar con Yune. Jean no paraba de tocarlo y examinarle las colas, y el pobre gatito ya estaba empezando a gruñir, enseñándole los dientes con clara intención de morderla.
—Tranquilo, Yune, ella es buena —lo arrullé, tratando de calmar la tensión del ambiente.
Me concentré en el ronroneo del gato, pero el silencio de Evan se volvió pesado. Antes de entrar en la penumbra de la cueva, lo escuché murmurar algo que me heló la sangre, una pregunta que quedó flotando en el aire húmedo del bosque,
—¿Quién eres tú realmente, Loraine?
Volteé justo a tiempo para verlo desaparecer en la oscuridad de la gruta, dejándome sola con mis dudas y con un gato que, al parecer, debería haberme comido hace años.
Me quedé acariciando a Yune mientras procesaba las palabras de Evan. El nombre de aquel objeto seguía martilleando en mi cabeza.
—Jean… ¿qué es exactamente el medallón de Izanagi? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Es un objeto de poder absoluto, Lolo —respondió ella, sentándose sobre una roca con las colas moviéndose lentamente—. Se dice que permite a su portador crear lo que sea, moldear la realidad a su antojo. Al morir el Dios Izanagi, le dejó esa reliquia a su hija, y ella lo pasó a la suya... así fue durante siglos. Pero con el paso del tiempo, el linaje de sangre real se perdió en la historia, y el medallón desapareció con él.
—Pero yo no tengo nada parecido —dije con firmeza—. De ser así, lo sabría. No tengo joyas, ni reliquias, ni nada que emita luces mágicas.
—En ese caso, olvida todo lo que pasó hoy y ya —Jean se encogió de hombros con una despreocupación que casi me dio envidia—. De seguro Jandikal se equivocó de persona. Los demonios son poderosos, pero a veces su obsesión los vuelve un poco cortos de vista.
Se levantó y, con un bostezo, regresó a las profundidades de la cueva. Yo me quedé un rato más jugando con Yune, sintiendo la brisa fresca del bosque. El sol empezaba a asomarse por el horizonte, el abuelo ya debía de estar de regreso en el templo y, si no me encontraba en mi habitación, se armaría la tercera guerra mundial.
Entré a la cueva un momento para despedirme.
—Ya me tengo que ir, pero mañana volveré —prometí. Jean me dio un abrazo rápido y cálido, pero cuando me di la vuelta para salir, noté que Evan me pisaba los talones.
—¡Yune! Vámonos, pequeño —llamé al gato. Él vino corriendo y se acurrucó en mis brazos. Al pasar junto a Evan, Yune le dedicó un gruñido bajo y amenazante, y Evan le devolvió una mirada de absoluto recelo.
—Bien, ¿qué esperamos? Vámonos —soltó Evan con frialdad.
Me detuve en seco en la entrada de la cascada.
—¿Vámonos? ¿En plural? ¿Acaso vienes conmigo? —le pregunté, parpadeando confundida.
Él me ignoró olímpicamente y continuó caminando hacia el sendero del bosque como si fuera el dueño del lugar.
—¡Oye! No me ignores —lo alcancé y lo tomé de la muñeca, obligándolo a detenerse y mirarme—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—Tú y yo hicimos un trato, Loraine —dijo, pronunciando mi nombre con una voz que todavía me ponía los pelos de punta—. Ahora soy tu Dios protector y, por contrato de sangre, debo estar cerca de ti para que no te ocurra nada malo. Así que, de ahora en adelante, viviremos juntos. Ahora continúa caminando, que el amanecer me agota y quiero dormir.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Vivir juntos? ¿En el templo? ¡¿Cómo se supone que le explique esto a mi abuelo?! —exclamé, imaginando la cara del abuelo Juanjo al ver a un desconocido de pelo plateado instalándose en su casa.
—Ese es tu problema —respondió él con una media sonrisa ladina que me resultó tan atractiva como irritante.
—Claro, perfecto —pensé con sarcasmo.
"Hola, abuelo Juanjo, mira, de ahora en adelante voy a vivir con este Kitsune de nueve mil años porque lo besé para que no nos matara un demonio y ahora tiene que cuidarme las veinticuatro horas".
Sí, seguro que el abuelo lo entendería de maravilla.
—¿Al menos puedes cambiar tu apariencia? La cola es demasiado
Mientras caminábamos, Evan comenzó a cambiar. Fue un proceso fluido, como si la realidad se doblara a su alrededor. Su cabello plateado se acortó hasta quedar a la altura de la nuca, las orejas puntiagudas se desvanecieron y sus nueve colas se retrajeron hasta desaparecer por completo.
En cuestión de segundos, el ser místico y aterrador se había convertido en un joven humano de una belleza insultante, pero lo suficientemente "normal" como para caminar por la calle sin causar un disturbio.
Solo sus ojos dorados conservaban ese brillo sobrenatural que delataba que, bajo esa piel pálida, latía un gran poder.
Llegamos al templo pocos minutos después. El panorama era desolador, escombros de madera astillada, tejas rotas y manchas de sangre espesa que salpicaban el suelo. Parte de esa sangre era mía, y la otra... supongo que pertenecía a Jandikal. Me dio un vuelco el estómago de solo pensar que, de no haber huido a tiempo, mi cuerpo formaría parte de ese desastre.
Mi abuelo apareció corriendo desde el interior, con el rostro pálido y desencajado. En cuanto me vio, se lanzó hacia mí y me estrujó en un abrazo desesperado.
—¡Lolo! ¡Pequeña, estás bien! —exclamó, y su voz se quebró mientras empezaba a llorar sobre mi hombro.
—Abuelito, estoy bien, ¿sí? Tranquilo, por favor, no llores —traté de calmarlo, acariciando su espalda. Nunca lo había visto tan vulnerable, la imagen del hombre fuerte y gruñón de la escoba se había desvanecido por el puro terror de perderme.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó al fin, apartándose para mirarme, aunque sus ojos no tardaron en desviarse hacia la sangre en el suelo y, finalmente, hacia la figura que estaba detrás de mí—. Me voy un rato al mercado y cuando regreso encuentro el templo en ruinas. ¿Y quién es este joven?
Me quedé de piedra.
—¿Puedes verlo? —solté, asombrada. Si el abuelo podía verlo a pesar del disfraz humano de Evan, significaba que Jean tenía razón, la sangre sobrenatural en nuestra familia era una realidad—. Te explicaré quién es él, pero entremos, por favor.
Nos sentamos en la sala, que milagrosamente seguía intacta. El ambiente estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
—Abuelo, tengo que contarte la verdad —empecé, respirando hondo—. Antes de venir a Japón, empecé a tener pesadillas. Siempre era lo mismo, yo huyendo por un bosque de un demonio que quería arrancarme algo del pecho... el Medallón de Izanagi.
—¡¿EL MEDALLÓN DE IZANAGI?! —El grito del abuelo fue tan potente que Yune saltó del susto y se escondió detrás de mis piernas. El abuelo parecía haber visto a un fantasma.
—Ese demonio apareció hoy, aquí mismo —continué, con la voz temblorosa—. Se llama Jandikal. Y de no ser por Evan y por Yune, yo ya no estaría viva.
Sin pensarlo mucho, busqué apoyo y tomé la mano de Evan. Fue un acto instintivo, buscando seguridad en el ser que hace unas horas me había besado con furia. Evan me miró con una seriedad gélida y, por un segundo, me arrepentí, intenté soltarlo, pero él cerró sus dedos sobre los míos, apretando mi mano con una fuerza posesiva que me impidió moverla.
—Abuelo, tenías razón —añadí, mirando al pequeño gato—. Yune se convirtió en una bestia gigante para defenderme. No es malo, casi muere por mi culpa.
—Así que mostró su verdadero ser... —El abuelo miró a Yune y, para mi sorpresa, le dedicó una sonrisa llena de una tristeza antigua—. Y lo llamaste Yune... ¿Por qué ese nombre?
—No lo sé, simplemente se me vino a la mente y a él pareció gustarle —respondí con una media sonrisa. Luego, miré al chico de ojos dorados que seguía anclado a mi mano—. Y él es Evan. Él es mi...
Me quedé trabada. ¿Cómo lo llamaba? ¿Mi guardaespaldas kitsune? ¿Mi contrato de sangre?
Miré a Evan suplicándole con la mirada que me ayudara a salir del bache. Él se aclaró la garganta, mantuvo su expresión imperturbable y soltó las palabras que me dejaron sin aliento.
—Soy su novio.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭