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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Navira

El silencio en el gran comedor de la Ciudadela era tan denso que podrías haber cortado el aire con uno de los cuchillos de caza de Declan.

Yo estaba sentada frente a él, ignorando olímpicamente el plato de estofado de venado que humeaba frente a mí. Mi mandíbula estaba tan apretada que me dolían los dientes. Había pasado toda la mañana sin dirigirle una sola palabra. Ni un "buenos días", ni un "muérete", nada. Me sentía ultrajada. No solo por la escena de Isabella de la noche anterior, sino por el hecho de que él se hubiera reído de mis celos como si fueran un truco de circo entretenido.

Declan, por su parte, parecía estar disfrutando de mi furia silenciosa. Comía con una parsimonia irritante, cortando su carne con una precisión militar y lanzándome miradas de soslayo que gritaban: "Sé que te mueres por gritarme, nena".

—Navira, el venado se está enfriando —dijo finalmente, rompiendo el silencio con esa voz de barítono que solía hacerme flaquear.

No respondí. Tomé una cucharada de sopa y la sorbí con una lentitud exagerada, mirando hacia la vidriera que mostraba los campos nevados de Vaelkoria.

—Navira, si sigues ignorándome, voy a tener que empezar a ejecutar a los muebles de esta habitación para llamar tu atención —continuó él, y escuché el tono de diversión en su voz.

Seguí en silencio. Clavé el tenedor en un trozo de zanahoria como si fuera su corazón.

—¿Sigue enojada por la baronesa? —preguntó, esta vez dirigiéndose a Kael, que estaba de pie cerca de la puerta tratando de volverse invisible—. Capitán, ¿usted cree que "perra de mierda" es un insulto o una declaración de propiedad absoluta?

Kael se puso rígido como un poste, aclarando su garganta con nerviosismo.

—Señor, preferiría no involucrarme en asuntos de… lenguaje diplomático.

—¡Jódete, Declan! —le solté finalmente, perdiendo la paciencia. Dejé los cubiertos con un estruendo metálico—. No estoy enojada por esa rubia oxigenada. Estoy enojada porque eres un narcisista que disfruta vernos pelear por ti como si fueras el último hombre sobre la tierra.

Declan dejó su copa de vino y se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho. Su sonrisa se ensanchó.

—Ahí está. La música que me gusta —dijo, sus ojos claros brillando con una malicia pura—. Pero tienes razón, Navira. Esto de los insultos y los ataques con vino en las cenas de gala se está volviendo un poco… informal. El reino necesita claridad. La corte necesita saber que no eres solo una "refugiada" con mal genio.

Sentí una punzada de alarma en el estómago. Conozco esa mirada de Declan. Es la mirada que tiene antes de declarar una guerra o quemar un bosque entero.

De repente, Declan se puso de pie. No lo hizo de forma casual; se levantó con toda la imponente presencia del Comandante Supremo de Vaelkoria. Golpeó su copa con la empuñadura de su daga, un sonido agudo que hizo que todos los sirvientes, guardias y un par de ministros que almorzaban en las mesas laterales se detuvieran en seco.

—¡Escuchadme todos! —rugió su voz, llenando el comedor—. ¡Soldados de la Legión, sirvientes de la Ciudadela y parásitos del Consejo!

Me quedé petrificada en mi silla. "Oh, no. Por favor, que no lo haga", supliqué mentalmente.

—Lleváis semanas murmurando en los pasillos —continuó Declan, caminando alrededor de la mesa con paso firme—. Lleváis semanas preguntándoos qué hace una mujer de Sundergard en mis aposentos y por qué permito que me insulte en tres idiomas diferentes antes del desayuno.

—Declan, siéntate… —susurré, sintiendo que la cara me ardía de una forma que ni el fuego de la chimenea podía lograr.

Él me ignoró por completo. Se detuvo detrás de mi silla y puso sus manos sobre mis hombros, apretándolos con una posesividad que me dejó sin aliento ante todo el comedor.

—Para que no haya más dudas, y para que la próxima baronesa que intente coquetearme sepa que se está metiendo con la futura soberana de este lugar… —hizo una pausa dramática, mirando a cada persona en la sala—. He decidido que lo mío con Navira es serio. Muy serio. Tan serio que nos vamos a casar.

El silencio que siguió fue épico. Fue el tipo de silencio que precede a una explosión volcánica.

A Kael se le cayó el casco al suelo, y el sonido del metal chocando contra el mármol fue lo único que rompió el estupor general. Las doncellas, Mila y Elara, que estaban sirviendo el postre, se quedaron con las bandejas en el aire, con las bocas tan abiertas que parecían estatuas de una tragedia griega. Un ministro de finanzas se atragantó con su vino y empezó a toser violentamente.

Yo, por mi parte, sentí que el alma se me escapaba del cuerpo. Me giré lentamente para mirarlo, con los ojos casi saliéndose de sus órbitas.

—¿Qué… acabas de decir? —balbuceé, mi voz apenas un hilo de aire.

—Que nos casamos, nena —respondió él, sonriéndome con una ternura arrogante que me dio ganas de besarlo y matarlo al mismo tiempo—. Una boda de invierno. Mucho acero, mucha sangre, y tú con un vestido que haga que los generales se arrodillen antes de que yo les dé la orden.

—¡Estás loco! —le grité, levantándome de golpe y empujando su silla—. ¡Ni siquiera me lo has preguntado! ¡Soy una rebelde de Sundergard, Declan! ¡Tus generales me odian! ¡Tu Consejo me quiere ver muerta!

—Entonces tendrán que acostumbrarse a besar tu mano antes de que les corte la cabeza —replicó él, sin inmutarse—. ¿No querías que Isabella supiera quién manda? Pues aquí lo tienes. Eres mi prometida. La futura gran dama de Vaelkoria.

En ese momento, Kael finalmente recuperó el habla.

—Señor… con todo respeto… esto es… es un suicidio político. El linaje… la herencia… el protocolo…

—El protocolo soy yo, Kael —sentenció Declan, volviendo a su tono de mando—. Y si el Consejo tiene algún problema, que vengan a decírmelo a la cara mientras tengo la espada desenvainada. Mila, trae más vino. ¡Hay que brindar por la mujer que ha logrado que el Comandante Supremo deje de ser un soltero codiciado para convertirse en un hombre felizmente condenado!

Las doncellas empezaron a chillar de alegría, rompiendo el protocolo y abrazándose entre ellas. Los guardias, confundidos pero leales, empezaron a golpear sus lanzas contra el suelo en un saludo rítmico que hacía vibrar las paredes.

Yo estaba en el centro de aquel caos, roja como un tomate, temblando de rabia y de una emoción que me negaba a identificar. Declan se acercó a mí, ignorando a la multitud que ya empezaba a vitorear. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo.

—¿Sigues enojada, mi amor? —susurró contra mi oído, su aliento cálido volviéndome loca—. ¿O quieres que anuncie también la fecha de la coronación para que te sientas mejor?

—Te odio, Declan —dije, aunque mis manos ya se habían enredado en su uniforme—. Te odio por ser tan impulsivo, tan imbecil y tan… tan tú. No me voy a casar contigo.

—Sí lo harás —sonrió él, rozando mis labios con los suyos—. Porque te encanta ganar las guerras, y esta es la victoria más grande que podrías tener sobre Vaelkoria: convertirte en su dueña.

—Ni te creas tanto, imbécil —le respondí, pero esta vez no pude evitar que una carcajada nerviosa se me escapara mientras él me levantaba en vilo delante de todos.

—¡A sus pies, señorita! —gritó Mila desde el fondo, riendo a carcajadas.

Declan me besó allí mismo, frente a los ministros escandalizados y los soldados entusiastas. Fue un beso que sabía a desafío y a una promesa irrevocable. Cuando nos separamos, él me miró con una devoción que me hizo entender que no era solo un movimiento político. Estaba loco por mí. Realmente, desesperadamente loco.

—Mañana empezamos con los preparativos —anunció él, soltándome pero manteniéndome del brazo—. Y que alguien le envíe una invitación especial a la baronesa Isabella. Quiero que vea de cerca cómo se ve una "refugiada" con una corona.

—Eres un monstruo, Declan —dije, tratando de recuperar mi compostura mientras nos dirigíamos a la salida entre vítores.

—Tu monstruo, Navira. Y tú mi futura esposa. Acéptalo, nena: Vaelkoria acaba de caer, y ni siquiera he tenido que disparar un cañón.

Caminamos por el pasillo, con Kael todavía recogiendo su casco y las doncellas planeando el banquete. Yo seguía molesta, sí. Pero mientras sentía la mano de Declan entrelazada con la mía, supe que esta era la escena más épica y absurda de mi vida. Y que, a pesar de todo el odio y el hielo, no cambiaría a este animal por nada del mundo.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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