Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 16: Ecos que despiertan
La noche cayó con suavidad sobre el poblado, pero Aelion no logró dormir.
El techo de la posada le parecía demasiado bajo, como si las sombras quisieran volver a cerrarse sobre él. Se giró de lado, respirando despacio, intentando convencerse de que ya no estaba en la torre, de que el hambre y el frío eran recuerdos… no amenazas.
Aun así, mi cuerpo no lo sabe, pensó.
Cerró los ojos.
Entonces ocurrió.
Un calor suave recorrió su pecho.
El colgante oculto bajo su ropa brilló débilmente, como si respondiera a algo invisible. Al mismo tiempo, una punzada recorrió su sien y una imagen fragmentada cruzó su mente.
Un niño de ojos oscuros.
Manos pequeñas, heridas.
Una voz temblorosa diciendo: “No llores. Volveré.”
Aelion se incorporó sobresaltado.
—Kael… —susurró, sin darse cuenta.
Kael ya estaba de pie.
—Lo sentí —dijo, con el ceño fruncido—. Algo se movió.
Sus ojos se encontraron en la penumbra.
—Yo también —respondió Aelion—. Fue como… un recuerdo que no es mío.
Kael sintió un peso extraño en el pecho. Un dolor antiguo, enterrado bajo años de acero y sangre, se removió sin permiso.
Ese sueño otra vez, pensó.
La torre. El niño.
—Aelion —dijo con voz más suave—. ¿Alguna vez soñaste con alguien que no recuerdas del todo… pero que sabes que fue importante?
Aelion asintió lentamente.
—Desde que huí —confesó—. Siento que alguien me sostuvo cuando no podía más. Y tengo miedo de que si recuerdo todo… duela demasiado.
Kael dio un paso hacia él, sin tocarlo.
—Recordar también puede sanar.
Aelion lo miró, vulnerable.
—¿Y si no soy tan fuerte como crees?
Kael negó con la cabeza.
—La fortaleza no es no romperse —dijo—. Es seguir de pie aun cuando ya te rompiste antes.
Algo dentro de Aelion cedió.
Las lágrimas rodaron en silencio.
No de desesperación.
De alivio.
A la mañana siguiente, dejaron el poblado antes del amanecer.
El camino los condujo hacia una zona boscosa donde la magia era más densa. El aire vibraba suavemente, como si el mundo respirara distinto.
Aelion se tensó al ver sombras moverse entre los árboles.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Son bestias mágicas —dijo Kael—. No ataques.
Aelion retrocedió un paso.
Bestias…
El recuerdo de su vida anterior, del mundo apocalíptico, lo golpeó con violencia. Garras, colmillos, muerte.
Sus manos temblaron.
—No puedo… —murmuró—. Yo morí así una vez.
Kael se giró de inmediato.
—Mírame —ordenó, firme pero sereno—. Este mundo no es aquel.
Una figura emergió entre los árboles.
Era un ciervo de cristal, con runas suaves recorriendo su cuerpo. Sus ojos no eran feroces, sino tranquilos.
La criatura se acercó lentamente… y se inclinó ante Aelion.
El bosque quedó en silencio.
—¿Qué…? —susurró Aelion.
Kael abrió los ojos con sorpresa.
—Las bestias solo se inclinan ante almas puras —dijo—. O ante quienes están protegidos por algo antiguo.
El colgante de Aelion brilló con más intensidad.
¿Quién soy… realmente?, pensó, con el corazón acelerado.
La criatura rozó su mano con el hocico antes de desaparecer entre la luz.
Aelion respiró hondo.
—No me atacó —dijo, incrédulo.
—Porque no eres una amenaza —respondió Kael—. Ni lo has sido nunca.
Por primera vez, Aelion sintió que su miedo comenzaba a perder fuerza.
Muy lejos de allí, en un salón cubierto de mármol oscuro, Vhalderion Morthaine observaba arrodillado a uno de sus subordinados.
—Fallaste —dijo con voz suave.
—M-mi señor… el rastro se perdió…
La espada cayó con un movimiento limpio.
La cabeza rodó por el suelo.
Vhalderion sonrió, limpiando la hoja.
—No importa —murmuró—. Las cosas que fueron robadas… siempre dejan cicatrices en el mundo.
Sus ojos brillaron con una malicia contenida.
—Y las cicatrices… saben sangrar.
De regreso al camino, Aelion caminaba con la espalda más recta.
—Kael —dijo—. Si descubro que mi pasado es más oscuro de lo que imagino… ¿seguirás a mi lado?
Kael lo miró, serio.
—No me iré —respondió—. Ni siquiera cuando la verdad nos asuste a ambos.
Aelion sonrió, pequeño pero sincero.
Tal vez, pensó,
este mundo no me trajo para morir otra vez… sino para vivir de verdad.
Y el destino, silencioso, comenzó a asentir.