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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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23

El polvo se asentó sobre las ruinas del ala este del palacio, pero el silencio que siguió no fue el de la paz. Era el silencio del vacío. Bastian, con los pulmones quemados y el corazón destrozado, se agarró a los restos de una pared, observando con horror cómo una extraña calma caía sobre la capital. No había gritos de pánico ni de victoria. Solo un... silencio antinatural. Como si el mismo aire hubiera aprendido a contener la respiración.

Sabía que Natalie y Lysandro estaban allí abajo. Sabía que se habían ido. Y en el centro de ese nuevo y terrible silencio, sentía una presencia, una sombra fría que se había apoderado de su mundo.

Con lágrimas heladas surcando su rostro sucio, reunió a los pocos hombres que le quedaban. No eran un ejército. Eran espectros de un ejército, hombres con los ojos vidriosos por el shock y la pérdida.

—No ha terminado —dijo Bastian, su voz ronca, más una promesa a sí mismo que una orden—. Esto no es el fin. Es el principio de algo mucho peor. Vamos.

No se dirigieron a las barracas ni a los cuarteles generales. Se dirigieron a la nada, hacia las colinas boscosas del norte, huyendo no de un ejército, sino de una ausencia. Se convirtieron en fantasmas, perseguidos por el recuerdo de una reina que habían fallado en proteger.

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Durante semanas, fueron fantasmas sin un propósito, acampando en las tierras salvajes, alimentándose de la caza y la amargura. La moral era un lujo que no podían permitirse. Bastian pasaba las noches en vela, viendo cómo la única luz visible en el horizonte, el palacio, no parpadeaba con antorchas ni hogueras, sino con un brillo pálido y constante, como la de una luna muerta.

Una noche, un centinela los alertó. Una figura se arrastraba desde el borde del bosque, no como un hombre, sino como una bestia herida. Cuando los soldados lo rodearon, vieron que no era una amenaza. Era un despojo. Un hombre cuyo uniforme de sirviente del palacio estaba hecho jirones.

Le trajeron agua y pan, pero el hombre no comió. Solo bebía, con manos temblorosas, y luego volvía a sumergirse en su murmullo incoherente. Bastian se arrodilló a su lado.

—Hombre. Tranquilo. Estás a salvo. ¿Qué pasó? ¿Qué ha pasado en la ciudad?

El hombre levantó la vista, y sus ojos, aunque abiertos, no veían nada en este mundo. Estaba perdido en otro.

—Silencio... —susurró—. Un silencio que grita. La Reina Silenciosa...

Bastian sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

—¿La reina? ¿Natalie está viva?

El hombre negó con la cabeza, un movimiento espasmódico.

—La reina... no. Sus ojos... sus ojos no son... son violeta... como la noche sin estrellas. Y sonríe. Oh, los dioses, sonríe y los hombres se desvanecen.

—¿Qué quieres decir? ¡Habla claro!

—El capitán de la guardia... se atrevió a protestar. Dijo que las nuevas leyes no eran justas. La Reina Silenciosa lo miró... y no gritó. No cayó sangre. Se quedó allí... y se deshizo. Como arena en el viento. Se desvaneció en el aire. Y luego... la piedra... la piedra lo absorbió. Vi cómo el suelo se lo tragaba. No es muerte. Es... borrado.

El hombre rompió a llorar, un sonido desgarrador que se perdió en la inmensidad del bosque.

—No es una conquista, mi señor. Es una plaga. El alma del reino se está consumiendo. Y yo... yo escapé. Corrí mientras ella... mientras ella borraba a mi hermano. Lo vi... convertirse en polvo... en nada...

El hombre se derrumbó, sollozando incontrolablemente, su mente destrozada por el terror que había presenciado.

Bastian se levantó, el horror helándole la sangre. Las piezas del rompecabezas encajaban con una claridad aterradora. No se enfrentaban a una usurpadora. No se enfrentaban a una tirana. Se enfrentaban a una consumidora de almas. La cripta no había sido el final. Había sido la transformación.

Era peor que la muerte. Era la aniquilación de la existencia misma.

Miró a sus hombres, sus rostros reflejando el mismo horror. Ya no eran solo soldados derrotados. Eran los últimos testigos de una verdad que nadie más conocía. Los únicos seres vivos que entendían la verdadera naturaleza del monstruo que ahora usaba el rostro de su reina.

El propósito que les faltaba había llegado, forjado en el infierno. Ya no eran fugitivos. Eran una resistencia. Una cruzada.

—Tenemos que saber cómo luchar contra esto —dijo Bastian, su voz ahora firme, cargada con el peso de su nueva misión—. No hay espada que pueda cortar el silencio. No hay escudo que pueda detener el vacío. Debemos buscar un arma diferente. Un arma más antigua que la corona, más poderosa que la sangre.

Se giró hacia el norte, hacia las montañas escarpadas y las tierras olvidadas que incluso su padre temía.

—Hay historias. Mitos. Sobre los Hombres de la Roca, los antiguos que vivieron antes que el primer rey. Sabían de los poderes de la tierra, de los espíritus que duermen bajo ella. Si alguien, en toda la historia, ha enfrentado algo como esto... serían ellos.

La historia ya no era sobre recuperar un trono. Era sobre recuperar el alma misma del reino de las garras de un dios impío. Bastian, el leal, el protector, se había convertido en un cruzado, un cazador de mitos en una guerra desesperada por la humanidad. Su viaje hacia las leyendas olvidadas acababa de comenzar.

El viaje hacia las Montañas de Garra no fue una marcha, sino una peregrinación a través de una tierra moribunda. A medida que avanzaban hacia el norte, el "orden" de la Reina Silenciosa se extendía como una mancha de aceite. Los pueblos que encontraban no estaban en ruinas, sino impecablemente limpios. Las calles estaban barridas, las casas reparadas, los campos cultivados con una perfección geométrica. Pero la gente... la gente era el horror. Caminaban con una sonrisa tranquila, sus ojos vacíos de pensamiento. Hablaban cuando se les dirigía la palabra, pero sus frases eran cortas, sin pasión, sin emoción. Eran marionetas perfectas, felices en su servidumbre.

Bastian y sus hombres se movían como fantasmas, comiendo lo que cazaban, evitando cualquier contacto. Cada encuentro con los "bendecidos" de la nueva reina reforzaba su determinación. No estaban luchando por el poder o la venganza. Estaban luchando por el derecho a sentir, a dudar, a temer, a amar. Estaban luchando por el derecho a ser imperfectos.

Después de casi un mes de viaje, llegaron a las faldas de las montañas. Las rocas aquí eran negras y afiladas, y el aire se volvía frío y delgado. Las leyendas decían que los Hombres de la Roca no construían ciudades, sino que vivían *dentro* de la montaña misma.

Durante días, buscaron una entrada, cualquier signo de que la leyenda era real. Justo cuando la desesperación comenzaba a aferrarse a ellos, encontraron algo. No era una puerta, sino un círculo de menhires de piedra negra, tan antiguos que estaban cubiertos de musgo y parecían crecer directamente de la tierra. En el centro del círculo, la tierra estaba desnuda.

Bastian, siguiendo un instinto que no entendía, se arrodilló y tocó el suelo. No era tierra. Era una losa. Con la ayuda de sus hombres, logró deslizarla a un lado, revelando un estrecho pasaje que descendía en espiral hacia la oscuridad.

—No podemos llevar a todos aquí —dijo Bastian a su segundo al mando—. Quédate con los hombres. Esperad tres días. Si no he vuelto, llevad a los supervivientes tan lejos como podáis. Olvidad este lugar. Olvidad esta misión. Solo sobrevivid.

Con solo dos de sus hombres más leales, descendió por el pasaje. El aire se volvió más frío y cargó con el olor a ozono y tierra mojada. El pasaje desembocó en una caverna inmensa, iluminada no por antorchas, sino por cristales incrustados en las paredes que brillaban con una luz azulada y suave.

Ante ellos había una comunidad. Pequeña, casi primitiva. Personas con ropas de cuero y lana gruesa, trabajando la piedra, forjando metales, o sentados en silencio, meditando. No les hicieron preguntas. Simplemente los miraron llegar con ojos antiguos y comprensivos. Un hombre mayor, con una barba blanca tan larga que casi le llegaba a la cintura, se acercó a ellos. No portaba armas, pero su presencia era más imponente que la de cualquier soldado.

—Hemos estado esperándoos, Hijo del Hierro —dijo el hombre, su voz profunda y resonante como el eco en una cueva—. La tierra ha estado gimiendo. Y el eco de su dolor nos ha traído hasta vos.

Bastian se arrodilló, no por deferencia, sino por agotamiento y desesperación.

—No sé quién sois. Pero nos han dicho que sabéis... que sabéis de estos poderes. El reino... el reino está consumido por una plaga que no es de enfermedad, sino de alma. Una diosa falsa se sienta en el trono y borra la voluntad de la gente.

—La llamamos el Silencio Hambriento —dijo el anciano, asintiendo con la cabeza—. No es la primera vez que despierta. Vino una vez antes, en los días del primer rey. Y fue él quien nos enseñó a combatirla.

Bastian levantó la vista, una chispa de esperanza encendiéndose en su pecho.

—¿El primer rey? ¿Él conocía a vuestro pueblo?

—Nos enseñó que la piedra es la memoria del mundo —continuó el anciano, ignorando su pregunta—. Y que el Silencio Hambriento no puede consumir lo que no puede entender. No puede borrar lo que es demasiado puro, demasiado real. Os hemos esperado porque sabíamos que vendríais buscando no una espada, sino una respuesta. Y la respuesta está aquí.

Los guio a través de la caverna, hacia un pequeño santuario excavado en la pared rocosa. Dentro, sobre un pedestal de piedra, había un solo objeto. No era una espada ni una lanza. Era un fragmento de obsidiana, del tamaño de un antebrazo, sin pulir, oscuro y poroso. Parecía... ordinario.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los hombres de Bastian.

—Es la Lágrima de la Montaña —dijo el anciano—. Un fragmento del corazón mismo de la tierra, arrancado en el primer día de la creación. No es un arma para matar. Es un ancla. El Silencio Hambriento se alimenta de la ambición, el miedo, la duda... las complejidades del alma humana. Es un poder construido sobre la arena. Esto es la roca.

El anciano tomó el fragmento de obsidiana. Era sorprendentemente ligero.

—No puedes matar a la reina-diosa, Hijo del Hierro. Si lo hicieras, su poder se liberaría y consumiría el reino entero en un instante. No puedes luchar contra ella con fuerza, porque su fuerza es infinita. Tienes que darle algo que no pueda digerir. Tienes que darle la verdad más simple y más fuerte que existe.

Se lo ofreció a Bastian.

—Debes llevártelo al corazón de su poder. Al palacio. Y cuando te enfrente a ella, no debes pensar en venganza, ni en tu reina, ni en tu odio. Debes pensar en esto: en la solidez de la tierra bajo tus pies. En la frialdad de la piedra. En la simple, inmutable realidad de ser. Debes dejar que este fragmento se convierta en tu única verdad. Entonces, cuando ella intente borrarte, consumirte, no encontrará nada complejo en el que alimentarse. Solo encontrará la roca. Y la roca no puede ser consumida. Solo puede quebrar.

Bastian miró el fragmento de obsidiana en sus manos. Era pesado, no por su peso, sino por la carga que representaba. No era una victoria la que le ofrecían, sino una oportunidad de convertirse en un mártir. Un arma que lo destruiría a él para salvar a todos los demás.

—¿Qué me sucederá? —preguntó Bastian, su voz apenas un susurro.

—Tu complejidad, tu alma, será destrozada contra la simplicidad de la piedra —dijo el anciano con una piedad terrible—. No morirás. Pero dejarás de ser... tú. Te convertirás en parte de la roca. Un guardián silencioso y sin mente. Un monumento vivo al precio de la libertad.

Bastian cerró los ojos, pensando en el rostro de Natalie, no en la Reina Silenciosa, sino en la mujer que había conocido. Pensó en Lysandro, su sacrificio. Pensó en el hombre loco que les había contado el horror. Entonces abrió los ojos, su rostro endurecido por una decisión final e inmutable.

—Entendido —dijo, tomando la Lágrima de la Montaña—. Llevaré vuestra roca a vuestra reina.

La cruzada mística había encontrado a su campeón. Y su arma era su propia tumba.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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