Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo XXIV: Piezas en el tablero
Mientras Kendra trabajaba en su plan para preservar lo que consideraba suyo y soltarse de las garras de su madre ignoraba que su exnovio tenía la clave que la salvaría, aunque en ese proceso se destruiría el imperio Barreto.
—Continúa con el plan que establecimos — dijo Andrés con firmeza.
Luego se volvió hacia René porque aún no confiaba en él, como hombre sabía que lo que hizo su hija no tenía justificación y por eso le costaba creer que sería tan “justo” en su trabajo.
—No creas que, porque el imperio Barreto se tambalea, no tengo el poder para destruirte si nos traicionas —amenazó Andrés, señalándolo con el índice.
René lo miró con molestia porque si bien comenzó a hacer todo esto para vengarse de Kendra, ahora que era esposo de Keila sus objetivos habían cambiado, no obstante, aún no era momento para decirle cuáles eran sus verdaderos motivos.
—No todos somos como ustedes, señor Barreto —replicó René sin inmutarse—No todos devoramos a nuestras propias crías por un poco de poder.
—No eres tan diferente a mí, René, si no hubiera una venganza personal o un beneficio de por medio, no estarías aquí ayudándome.
En ese momento René se dio cuenta de por qué este hombre había tenido tanto éxito en los negocios era muy astuto, su único error fue enamorarse de la mujer equivocada y entregarle demasiado poder.
—Tiene razón, señor Barreto tengo mis propios intereses, y afortunadamente para usted, son afines a los suyos, de lo contrario, ya habría llevado estas pruebas a la fiscalía para ver, desde la comodidad de mi hogar, cómo la familia Barreto arde hasta los cimientos.
Andrés asintió en señal de aprobación porque esto era lo que quería saber, no creía en “personas con buenas intenciones” y René no era la excepción, y saber que detrás de todo había un interés le daba una sensación de confianza.
Andrés evaluaba con frialdad cuando era el momento exacto para revelarle a Ifigenia que conocía la verdad sobre el intercambio de los resultados, no buscaba justicia, sino letalidad, y por eso quería esperar al momento más apropiado cuando sus palabras le hicieran el mayor daño posible a una mujer que lo había engañado por décadas.
Faltaba solo unos días para la fiesta del compromiso y la información sobre las fechorías de Ifigenia se acumulaban sobre su escritorio, a pesar de la sed de venganza de Keila y René se dieron cuenta de que aún no podían atacar a Ifigenia porque aún tenían mucho que procesar, sin embargo, ahora que contaban con el apoyo de Andrés las tornas se inclinaban a su favor.
—Hay que contratar a alguien para que vigile lo que hace mi hermana—sugirió Keila con amargura.
—Ya lo hice —respondió René—, pero no es sencillo, el chofer que contrató tu padre es un profesional de primer nivel y no deja grietas.
Kendra no lo sabía, pero desde hacía días varias personas la seguían, Axel, fiel a su entrenamiento, ya los había detectado, comprendió entonces por qué Andrés insistía tanto en la protección de su hija y con maniobras calculadas y un silencio sepulcral, se encargó de que los espías no obtuvieran ni un solo detalle acerca de su rutina diaria.
Mientras tanto, Kendra se movía en una burbuja de engaño, fingía trabajar en la empresa, ignorando que su exclusión de los puntos neurálgicos de la empresa no era una simple represalia de parte de su padre por lo ocurrido con Keila, sino una medida desesperada para evitar que ella terminara en prisión junto a su madre.
Sin embargo, en su mente, sus planes estaban en otra parte, y la tensión con Axel había cruzado una línea invisible; ella estaba decidida a tomar su semilla, mientras que él a pesar de su perspicacia, se convencía de que aquello era solo un coqueteo inofensivo de una “niña rica” antes de casarse.
Un día antes de la fiesta del compromiso…
Ignorando las protestas de Ifigenia, Kendra decidió ir a la oficina ese día, porque necesitaba una excusa para evadir la realidad, esa noche Ángel, ya recuperado de su lesión, la había citado en su apartamento para aprovechar su día más fértil del ciclo.
—Recuerda que hoy es el día más fértil de tu ciclo—dijo Ifigenia, entrando en su habitación sin llamar.
Kendra se aplicaba su labial frente al espejo, y observó el reflejo de su madre con una mezcla de asco y desesperación, porque se sentía como un animal acorralado, no tenía privacidad y eso la estaba desesperando.
—Sí, mamá—murmuró sin mirarla.
—Ya verás que después me lo vas a agradecer—añadió Ifigenia con una falsa sonrisa.
Kendra escuchó los pasos de su madre alejándose y se observó por una última vez, el vestido que había elegido para ese día se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, elegante, pero muy sugerente, se calzó sus tacones de aguja, se puso un abrigo ligero y bajó las escaleras.
Cuando Axel la vio, tragó en seco porque ella normalmente era hermosa y sofisticada, sin embargo, ese día simplemente se veía diferente.
Él negó con la cabeza porque ella se comprometería con Ángel y si ese día se había arreglado con tanto esmero, era para celebrar el final de su soltería con su prometido y ese pensamiento le dejó un sabor muy amargo.
—¿Te gusta cómo me veo? —preguntó Kendra subiendo al asiento trasero, dejando que su perfume invadiera todo el espacio.
Axel carraspeó, cerrando la puerta del vehículo con una sutileza que ocultaba su nerviosismo, luego rodeó el coche y se sentó frente al volante.
—Usted siempre se ve bien, señorita Barreto—dijo Axel con su voz grave evitando el contacto visual por el retrovisor.
Kendra se sonrojó y volvió el rostro hacia la ventana observando el paisaje urbano mientras una sonrisa traviesa se esbozaba en sus labios.
—Qué bueno que te guste… porque me arreglé así para ti—susurró en un hilo de voz.
Entró en su oficina cerró la puerta y se sentó en su escritorio, no tenía mucho que hacer ese día y era una bendición porque estaba muy distraída; se sentía nerviosa, abrió el cajón de su escritorio y tomó el frasco de somníferos que había comprado en el mercado negro, jugaba con el envase entre los dedos, consciente de que a pesar de que había pensado en todos los posibles escenarios, siempre algo podía salir mal.
—Si me excedo con la dosis esto podría terminar en una tragedia — se susurró a sí misma, sintiendo el peso de la responsabilidad.
Entonces recordó algo que había pasado por alto y llamó a Marisela porque necesitaba un seguro, alguien que pudiera intervenir si el cuerpo de Ángel reaccionaba de forma adversa a la droga, porque era muy potente y no dejaba rastros.
—Kendra cuenta con mi ayuda—respondió Marisela con una voz teñida de una obediencia que nacía del miedo.
Kendra ya no confiaba en su “amiga”, pero conocía sus debilidades: el interés que sentía por Ángel y el terror que le inspiraba la propia Kendra, así que era una alianza forjada, pero a la vez segura y una garantía de que la salud de Ángel no se vería comprometida.
—Recuerda lo que pasa cuando alguien me traiciona—sentenció Kendra antes de colgar.
—No tienes nada de lo que preocuparte Kendra, no pienso traicionarte—dijo Marisela con un hilo de voz.
Mientras Kendra preparaba su emboscada, Axel recibió la noticia que tanto había esperado, Marisol finalmente había firmado los papeles y en treinta días se culminaría el proceso, una parte de él se había resignado, pero otra sentía mucho pesar y vacío, así que esa noche pensaba ir a un lugar a tomar unos tragos para celebrar su nueva “soltería”.
Eran las siete de la noche cuando Kendra salió de la oficina, y el aire de la ciudad era tan frío que pesaba más que el plomo, cuando Kendra subió al auto, Axel notó que ella se estremecía y en un gesto de protección subió la calefacción.
—Señorita Barreto, esta noche necesito pedirle…
Kendra lo observó con severidad porque no podía permitir que él se marchara, ya que necesitaba que se quedara esperándola, después de todo él era una pieza crucial de su plan.
—Solo me voy a tardar una hora … espérame por favor—ordenó Kendra, con un tono de voz que oscilaba entre demanda y súplica.
Axel enarcó una ceja y puso una expresión compleja en su rostro pensando en que Ángel debía ser un amante pésimo, porque con una mujer como Kendra una hora solo alcanzaría para el juego previo.
—No pienses guarradas, Axel— soltó ella de repente, leyéndole el pensamiento.
—¿Yo? —fingió él, tratando de recuperar la compostura.
—Si, tú, aunque no lo creas, tienes pintada en tu cara una expresión de que estás pensando en … cochinadas.
Axel soltó una carcajada ronca porque si estaba pensando en cosas prohibidas, solo que no se atrevía a admitirlo porque eso sería decir que le gustaba su jefa y era una mujer prohibida.
—No estoy pensando en guarradas señorita Barreto —mintió Axel, aunque quiso molestarla un poco—Además, no creo que su prometido sea tan inepto... porque una hora es muy poco tiempo.
Kendra se sonrojó y bajó la mirada pensando en cuanto tiempo necesitaría Axel, si consideraba que una hora era poco tiempo.
—En serio no te vayas, o juro que me voy a enojar—insistió ella, clavándole los ojos.
Axel asintió, al fin y al cabo, era su deber protegerla, y si ella ordenaba que la esperara, debía hacerlo, la observó bajar del auto y caminar hacia la entrada del edificio de Ángel, y sintió que se le revolvían las entrañas.
—¿En qué estoy pensando?—se maldijo en silencio, por permitir que las emociones empañaran su juicio.
Lo que Axel ignoraba era que, dentro de ese edificio, Kendra no iba a entregarse a su prometido, sino a dejarlo fuera de combate por esa noche.