Eleonor Baxter aprendió desde pequeña a ser perfecta.
Amable, inteligente y elegante, creció entre apellidos influyentes y cenas compartidas con familias amigas. Desde adolescente, Alex King fue parte de su vida… y también de sus sueños. Mucho antes del matrimonio, Eleonor ya lo amaba en silencio.
A los veintisiete años dirige SweetBaby, la empresa cosmética heredada de su familia, y sostiene un matrimonio que nunca se construyó sobre las promesas que ella imaginó. Casada desde hace tres años con Alex —uno de los cirujanos cardíacos más prestigiosos del país y dueño de una red de hospitales—, Eleonor aprendió que conocer a alguien desde siempre no garantiza ser elegida.
Durante años intentó ser paciente, comprensiva, invisible. Alex, marcado por la vergüenza de un matrimonio arreglado y consumido por el trabajo, dejó que la distancia creciera hasta volverse insoportable.
Cansada de sentirse desplazada, Eleonor toma una decisión que lo cambia todo.
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Capitulo 19
La puerta de la oficina se abrió sin previo aviso.
Alexander levantó la vista, molesto.
Sebastián Ferrer entró con un sobre en la mano.
—No suelo presentarme sin anunciarme —dijo con tono firme—, pero esto no podía tratarse por teléfono.
Alexander se puso de pie lentamente.
—¿Dónde está Eleonor?
—En su casa.
El silencio entre ambos era denso.
—Vengo en representación de mi clienta para formalizar su decisión de divorcio.
Alexander soltó una risa irónica.
—Ya le dije que no.
Sebastián colocó el sobre sobre el escritorio.
—Esta vez no viene a negociar.
Alexander abrió el sobre con movimientos secos.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas… y luego se detuvieron.
—¿Qué es esto?
—Eleonor renuncia a la totalidad de las acciones de los hospitales. También al departamento principal.
Alexander levantó la mirada, incrédulo.
—¿Renuncia… a todo?
—A todo.
Un silencio pesado cayó sobre la oficina.
Del otro lado de la pared de vidrio esmerilado, una figura se detuvo.
Katherine.
Había ido a llevar unos documentos.
Y se quedó inmóvil al escuchar el nombre de Eleonor.
—Ella solo pide una cosa —continuó Sebastián—. Que firme sin dilaciones. Que la deje en paz.
Alexander apretó los papeles con fuerza.
—¿Qué clase de juego es este?
—No es un juego.
Sebastián lo miró directo.
—Dice que usted se quede con lo que más ama.
El golpe fue directo.
Alexander sintió algo extraño en el pecho.
—¿Y eso sería…?
—Sus hospitales. Su imperio.
El aire pareció espesarse.
Del otro lado, Katherine llevó una mano a su boca.
Su mirada cambió.
Eleonor estaba renunciando a millones.
A poder.
A estabilidad.
Por irse.
Alexander se quedó inmóvil unos segundos.
Luego habló en voz baja.
—¿Ella realmente cree que eso es lo que más amo?
Sebastián no se movió.
Alex seguía de pie, con los papeles arrugándose entre sus manos.
—¿Renuncia a todo? —repitió, incrédulo.
Sebastián lo miró fijo.
—Claro que es lo que amas. Se lo demostraste desde el día uno… y bueno, ahora tienes todo.
La frase cayó pesada.
Alex apretó la mandíbula.
—Ella me importa. Y mucho.
Su voz bajó, casi quebrada.
—Quiero estar con ella… yo… yo siento algo por ella. La quiero de verdad.
Sebastián sostuvo su mirada.
—Debiste demostrárselo, entonces.
Silencio.
—Mira —continuó—, yo estoy casado. Y a diferencia de ti… me casé profundamente enamorado.
Alex no apartó la vista.
—Amo a mi esposa. Haría cualquier cosa por ella.
No era provocación.
Era convicción.
Alex tragó saliva.
—Sé que puedo arreglar las cosas.
Sebastián negó apenas.
—Eleonor te amaba tanto en la escuela…
Alex lo miró, sorprendido.
—Yo la quería, ¿sabes? Sí… estaba enamorado de ella. Pero tenía ojos para ti.
Del otro lado del vidrio, Katherine sintió un nudo en el estómago.
Sebastián continuó:
—Luego conocí a mi esposa. Me enamoré como debía. Y entendí lo que es elegir a alguien todos los días.
Una pausa.
—Pero pensé que cuando se casara contigo iba a ser feliz. Pensé que al fin iba a tener al hombre que siempre miró.
El silencio fue brutal.
—Pero no fue así.
Alex bajó la mirada.
Por primera vez… no tenía nada que decir.
Sebastián se acercó a la puerta.
—A veces amar no alcanza. Hay que demostrarlo cuando importa.
- firma los papeles\, no des mas vueltas !!
Y salió.
Katherine apenas logró apartarse antes de que él cruzara el pasillo.
Sebastian la ve.
-usted es la secretaria de Alex , no ? no deberia escuchar conversaciones ajenas Dra.- Dijo Sebastian- este se fue cambianando por el pasillo.
Dentro de la oficina, Alex se dejó caer en la silla.
Y por primera vez…
no se sintió poderoso.
Se sintió culpable.
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Había estado todo el día supervisando cirugías.
Pero su mente no estaba en el quirófano.
Estaba en Viena.
En llamadas perdidas.
En sangre.
En Eleonor sola.
Algo no cerraba.
Ella lo había llamado. Varias veces.
Y nadie le había dicho nada.
Salió del quirófano sin avisar.
Dejó al médico adjunto terminando la intervención y caminó directo a Cardiología.
Katherine estaba revisando una historia clínica cuando lo vio llegar.
—A mi oficina. Ahora, Dra. Dumas.
No gritó.
Y eso fue peor.
Ella dejó los papeles y lo siguió con una inquietud que no supo explicar.
La puerta se cerró.
Alex no se sentó.
—¿Por qué no me dijiste que mi esposa me llamó en Viena?
Katherine parpadeó.
—Yo… doctor… no sé de qué habla.
—El año pasado. Varias llamadas. Insistentes.
Silencio.
Ella tragó saliva.
—No recuerdo algo así.
Él dio un paso hacia ella.
No levantó la voz.
—Ella no miente.
Katherine sintió un escalofrío.
—Tal vez… usted estaba muy ocupado. Había conferencias, patrocinadores… quizá la llamada no llegó a usted.
—Tú filtrabas mi agenda.
Otro paso.
—Tú decidías qué era urgente y qué no.
Ella bajó la mirada.
—No lo recuerdo, doctor.
—Dr. King. Dra. Dumas —corrigió él con frialdad.
La distancia profesional volvió como un cuchillo.
Katherine intentó recomponerse.
—Si hubo un error, le pido disculpas. Puedo hablar con la señora King y explicarle—
—No sirve de nada.
La interrumpió sin mirarla.
Caminó hasta el escritorio.
Se sentó.
Tecleó algo.
—A partir de mañana estará tres semanas en triaje de guardia.
Katherine sintió que el piso desaparecía.
—Doctor, por favor… Cardiología es mi especialidad.
—Urgencias también necesita médicos competentes.
Su tono era quirúrgico.
—Ya envié la orden de traslado.
—Por favor…
Él no levantó la vista.
—Es mi última palabra, Dra. Dumas.
Silencio.
—Puede retirarse.
Cuando ella salió, Alex se quedó inmóvil.
No sabía si estaba castigándola a ella.
O castigándose a sí mismo.
La tarde cayó sobre la ciudad cuando subió a su auto.
No fue a casa.
Fue a otro lugar.
Se detuvo frente al edificio donde trabajaba Eleonor.
Levantó la vista… y se quedó inmóvil.
Imponente.
Vidrio oscuro, acero pulido, mármol claro.
No era un proyecto pequeño.
No era un capricho.
Era poder.
Mucho más de lo que había imaginado.
Mucho más de lo que creyó que ella podía construir sin él.
Sintió algo incómodo.
No era enojo.
Era sorpresa.
Y una punzada de orgullo herido.
—Así que este es tu mundo… —murmuró.
Y entendió algo que le dolió más que cualquier reproche:
Ella ya no lo necesitaba.
El edificio se alzaba imponente frente a él. Vidrio oscuro, mármol, seguridad privada en la entrada.
Mucho más de lo que había imaginado.
Alex entró con paso firme.
La recepcionista levantó la mirada, profesional.
—Buenas tardes.
—Vengo a ver a Eleonor.
—¿Tiene cita?
—No.
Ella revisó en la computadora.
—La señora Eleonor no recibe sin agenda previa.
La forma en que dijo señora Eleonor le dejó claro algo.
Aquí no era “su esposa”.
Era la dueña.
—Dígale que soy Alex.
—¿Apellido?
Él la miró unos segundos.
—No hace falta.
Ella sostuvo la compostura.
—Aquí siempre hace falta, la gente reserva con mes citas con ella.
Le pidió el apellido. Lo anotó. Hizo una llamada interna.
Pausa.
—La señora Eleonor está ocupada.
—Voy a esperar.
—No es posible sin autorización.
El orgullo empezó a arderle.
—Soy su esposo.
—Ex esposo, según tengo entendido.
El comentario fue suave. Profesional. Mortal.
Antes de que pudiera responder, una voz masculina intervino detrás.
—Señor Alex.
Él giró.
Un hombre alto, impecable, traje oscuro, mirada serena.
Aron.
—La señora Eleonor está en reunión.
—La espero.
Aron lo observó con calma.
—No suele recibir visitas inesperadas.
—No soy una visita —dijo seco.
Aron sostuvo su mirada unos segundos.
Medía carácter.
Medía intención.
—¿Trae los documentos?
Alex levantó el sobre.
—Sí.
Aron asintió.
—Entonces acompáñeme.
Caminaron por el pasillo de cristal. Oficinas amplias, equipos trabajando, respeto en cada saludo hacia Aron.
No lo estaban escoltando por cortesía.
Lo estaban controlando.
Se detuvieron frente a una puerta de madera clara con una placa discreta:
Eleonor King .
Sin apellidos añadidos.
Aron tocó suavemente.
—Adelante.
Cuando Alex entró, ella estaba de pie junto al ventanal, con la ciudad extendiéndose detrás. Esta sumamente elegante .
Se giró lentamente al verlo.
No sorpresa.
No nervios.
Solo firmeza.
—Pensé que te habían explicado que estoy ocupada.
—Insistí.
Aron intervino con calma.
—Trae los documentos.
Eleonor sostuvo la mirada de Alex unos segundos.
Luego asintió.
—Déjanos, Aron.
Aron dudó apenas.
—Estaré afuera.
La puerta se cerró.
Y por primera vez, Alex sintió algo que nunca había sentido con ella.
Tenía que pedir espacio.
Tenía que ganarse cada segundo frente a esa mujer.
—Nunca había venido —dijo mirando alrededor.
—Nunca quisiste venir.
Silencio.
Él dejó el sobre sobre la mesa.
—Vine a firmar.
Y esta vez… no había testigos que le debieran lealtad.
Solo ella.
Y lo que aún latía entre los dos.
si realmente la quieres y amas
ahora veremos si en verdad exiten las segundas oportunidades.
claro todo depende de nuestra autora
no eres infiel y eso le suma puntos pero tú absoluto desinterés en la relación la falta especial de amor dan ganas de matarte por otro lado Jony podría ser un nuevo amor la nueva oportunidad que le guste a ele
Mi pregunta es aceptarás que ella se hizo una inceminacion y que va a ser madre sin ti?