En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
El refugio en Zhujiajiao se sentía como una tumba de seda y madera vieja. El olor a humedad de los canales exteriores se filtraba por las rendijas, mezclándose con el aroma metálico de la sangre de Zixuan que aún impregnaba las sábanas. Habían pasado tres días desde la huida del Santuario de la Raíz. La ciudad de Shanghái, fuera de esas paredes, era un hervidero de actividad silenciosa; los informantes del clan Li recorrían cada callejón, y los mercenarios de los clanes Wang y Si buscaban cualquier rastro de la "traidora" y su "caído" protector.
Zixuan estaba sentado en un rincón sombrío, observando a Yan con una intensidad que bordeaba lo maníaco. Sus heridas físicas habían cerrado, dejando tras de sí una piel extrañamente translúcida, pero su mente parecía estar en otro lugar, vagando por los siglos de guerras que había sobrevivido. Yan, por su parte, no había dormido. Sus ojos estaban fijos en la pequeña maleta de cuero que perteneció a su padre, la única posesión que Qi había rescatado de su antigua casa antes de que todo estallara.
—Hay algo que no encaja, Zixuan —dijo Yan, rompiendo el silencio sepulcral. Su voz sonaba ronca, desgastada por la fatiga—. Mi padre no era solo un contable. Un hombre que solo lleva cuentas no guarda un diario escrito en un dialecto que dejó de usarse hace cien años.
Zixuan se levantó, moviéndose con la elegancia letal de una pantera. Se colocó detrás de ella, su aliento frío acariciando la nuca de Yan.
—Tu padre era un hombre de secretos, Yan. Siempre lo supe. Pero incluso para nosotros, los inmortales, algunos de esos secretos eran leyendas urbanas.
Yan sacó un frasco pequeño de la maleta. Estaba oculto en un doble fondo, junto a un pergamino amarillento que detallaba un árbol genealógico que no comenzaba con el apellido Shu, sino con uno mucho más antiguo y prohibido: *He*.
—Los *He* —susurró Yan, leyendo las notas al margen de su padre—. Dice aquí que fueron "los purificadores". No eran sirvientes, Zixuan. Eran el veneno.
Zixuan frunció el ceño y tomó el pergamino. Sus ojos se dilataron mientras procesaba la información.
—¿Purificadores? Se decía que existía un linaje humano cuya sangre era incompatible con la nuestra. No solo incompatible... sino tóxica. Un error genético o una maldición ancestral diseñada para evitar que los de mi especie dominaran el mundo por completo. Se creía que el clan Li los había exterminado a todos durante la Rebelión Taiping.
Yan sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad del ambiente. Se miró las venas de las muñecas, esas líneas azules que Zixuan había besado y mordido con igual pasión.
—Mi padre sabía que yo era la última —dijo Yan, con lágrimas de rabia acumulándose en sus ojos—. No me protegía por amor, Zixuan. Me protegía porque soy una bomba biológica. Escucha esto: *"La sangre del Eclipse Lunar. Un solo gramo de esta esencia en el torrente de un Anciano descompone la estructura molecular de su inmortalidad. El hierro se vuelve plomo, y la eternidad se convierte en ceniza"*.
—Eso explicaría por qué Li Zhou estaba tan obsesionado con capturarte viva —murmuró Zixuan, su voz cargada de una comprensión oscura—. No quería matarte para dar un mensaje. Quería tu sangre para destilar un arma contra los otros clanes... o quizás, para eliminar cualquier amenaza que tú representaras para él.
Yan se levantó bruscamente, tirando la silla al suelo. El ruido resonó en el almacén como un disparo.
—¡Todo ha sido una mentira! —gritó ella, girándose para enfrentar a Zixuan—. Mi vida, mi carrera, mi relación contigo... ¿Soy solo un arma para todos vosotros? ¿Soy solo una botella de veneno con piernas?
Zixuan la tomó por los hombros, apretando con una fuerza que en otro momento la habría hecho gemir, pero ahora ella solo sentía un vacío gélido.
—¡Mírame! —le ordenó él, obligándola a sostener su mirada ambarina—. Yo no sabía esto. Te busqué porque tu mente me fascinaba, porque tu resistencia me desafiaba. Si hubiera sabido que tu sangre podía matarme con un solo trago, jamás me habría acercado a ti en aquel ritual.
—Pero bebiste —dijo Yan, su voz quebrándose—. Y no has muerto.
—Porque el vínculo de la luna negra es diferente —explicó él, soltándola y caminando de un lado a otro con agitación—. El ritual que hicimos... creó un puente. Mi esencia se mezcló con la tuya antes de que el "veneno" pudiera actuar. Pero si un extraño bebiera de ti ahora, si Li Zhou o Wang Zhi lo hicieran... morirían entre agonías que harían que el infierno pareciera un jardín.
Yan se dejó caer de rodillas, rodeándose con los brazos. Se sentía sucia, marcada por una herencia que no pidió. La "Heredera" no lo era de una fortuna o de un imperio mafioso, sino de una maldición capaz de borrar del mapa a la élite que gobernaba las sombras de China.
—¿Qué quieres hacer, Yan? —preguntó Zixuan, arrodillándose frente a ella. Por primera vez, él no parecía un amo, sino un suplicante.
—Quiero terminar con esto —respondió ella, levantando la vista. Sus ojos, antes llenos de miedo, ahora ardían con una resolución gélida—. Li Zhou quiere mi sangre. Pues se la voy a dar. Pero no de la forma que él espera.
—Es un sacrificio, Yan —dijo Zixuan, su voz temblando ligeramente—. Si activas el potencial completo de tu sangre mediante el "Despertar del He", tu corazón no lo resistirá. Es un veneno que consume al portador tanto como al receptor.
—¿Y qué vida me queda, Zixuan? —preguntó ella, extendiendo su mano para acariciar la mejilla fría de él—. ¿Ser tu mascota para siempre? ¿Huir de hotel en hotel hasta que un cazador como mi hermano me encuentre y me atraviese el pecho porque huelo a muerto? Prefiero ser el fuego que los consuma a todos.
Zixuan cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella. El silencio en el almacén se volvió denso, cargado de una tragedia inminente. El olor a sándalo de Zixuan parecía mezclarse con el olor a papel viejo y destino.
—Si ese es tu camino —susurró él—, yo seré tu espada hasta el último aliento. Pero no te dejaré morir sola. Si tú caes, yo me aseguraré de que no quede ni un solo Li, Wang o Si para contar la historia.
Yan asintió, sellando el pacto con un beso que sabía a hierro y a despedida. La heredera había descubierto su herencia, y el mundo de las sombras no estaba preparado para el precio que ella estaba dispuesta a cobrar.