Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 – El lazo que se elige
El anuncio del cortejo no llegó con estruendo, sino con verdad.
Raegor pidió permiso a los ancianos al amanecer, siguiendo la costumbre más antigua de la tribu: no reclamar, sino ofrecer. El claro se preparó con símbolos de unión y elección, hojas verdes entrelazadas y piedras lisas traídas del río. Aiden observaba desde un costado, el corazón acelerado, sintiendo que cada mirada era un testigo respetuoso, no una presión.
Raegor se presentó ante todos con la espalda recta.
—Hoy declaro mi intención de cortejar a Aiden —dijo—. Con paciencia. Con respeto. Con la promesa de no tomar nada que no me sea ofrecido.
Aiden dio un paso al frente. No habló de inmediato. Sus dedos buscaron el colgante que Raegor le había regalado días atrás, y luego alzaron la vista.
—Acepto el cortejo —respondió—. Porque aquí aprendí a sentirme a salvo… y porque quiero saber hasta dónde puede llegar lo que estamos construyendo.
Un murmullo cálido recorrió a la tribu. No hubo gritos ni celebraciones excesivas. Hubo sonrisas, asentimientos y un gesto antiguo: hojas verdes colocadas a sus pies, símbolo de un camino que comienza.
Desde ese día, el vínculo cambió.
Raegor comenzó a ofrecer pequeños gestos cotidianos: frutas raras que solo crecían en zonas altas, flores de aroma suave dejadas junto al lecho de Aiden, silencios compartidos al atardecer. Aiden respondía a su manera: ajustando correas, reforzando herramientas, mejorando el abrigo del hogar con materiales aislantes que había aprendido a combinar.
Los roces se volvieron más conscientes.
Una mano en la espalda para guiarlo. Un roce de nudillos al pasar. Aiden ya no se tensaba. A veces, incluso, buscaba ese contacto. El rubor seguía allí, pero ahora venía acompañado de una sonrisa tímida, de una respiración que no huía.
Una noche, sentados junto al fuego, Aiden apoyó la cabeza en el hombro de Raegor sin darse cuenta. Cuando lo notó, se quedó quieto… esperando.
Raegor no se movió.
Solo inclinó un poco el cuerpo para acomodarlo mejor.
Entonces llegó la amenaza.
Exploradores regresaron con noticias inquietantes: una manada de bestias errantes avanzaba desde el norte, desplazadas por un fenómeno extraño. El suelo se había vuelto inestable, zonas enteras del bosque colapsaban como si algo drenara la vida desde abajo.
La tribu se preparó para defenderse, pero Aiden observó los mapas de tierra, las corrientes de agua, los patrones de huida.
—No es un ataque —dijo—. Es un colapso del equilibrio.
Se agachó y trazó líneas en la tierra.
—En mi mundo, cuando el suelo cede así, suele ser por acumulación de agua subterránea o vacíos internos. Si construimos canales aquí y reforzamos esta zona con raíces y piedra, podemos desviar la presión.
Los ancianos dudaron. Nunca lo habían hecho así.
Raegor habló entonces:
—Aiden ve caminos donde nosotros vemos fuerza. Escuchémoslo.
Trabajaron día y noche. Aiden dirigió con calma, explicando, adaptando sus conocimientos a los materiales del mundo bestia. La selva respondió. El avance se detuvo. La manada errante cambió de rumbo sin violencia.
La tribu comprendió algo fundamental.
Aiden no solo pertenecía.
Era un cambio.
Esa noche, exhaustos, Aiden y Raegor se sentaron lejos del bullicio. El cielo estaba despejado, las estrellas brillaban intensas.
—Hoy tuve miedo —confesó Aiden—. De fallar. De que no me escucharan.
Raegor tomó su mano con firmeza, entrelazando los dedos.
—Hoy te siguieron —dijo—. Y lo volverán a hacer.
Aiden lo miró, los ojos húmedos.
—Gracias por creer en mí… incluso cuando yo dudé.
Raegor inclinó la frente, rozando la de él con suavidad.
—Eso también es cortejo.
La selva guardó silencio, como si comprendiera la magnitud de ese momento.
No era solo un vínculo naciente.
Era el inicio de una nueva forma de vivir.