Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 16: Donde el deseo se vuelve problema
La lluvia caía con un ritmo lento, casi hipnótico.
El sonido llenaba la cabaña de madera y piedra como si el mundo se hubiera reducido a ese compás suave. El aire estaba tibio, cargado del olor a tierra húmeda que se pega a la piel después de las tormentas fuertes. El fuego ardía bajo, dibujando sombras largas que se movían al compás del viento.
Severin estaba allí.
No en el borde, no vigilando.
Dentro.
La capa oscura caía abierta sobre sus hombros, y la luz del fuego le quitaba dureza al rostro. No había órdenes en su mirada. No había distancia. Solo una atención que pesaba.
—No tienes que estar alerta ahora —dijo Severin, con una voz que no parecía suya, más baja, más cercana.
Rhydian dio un paso atrás, pero Severin avanzó al mismo tiempo, cerrando el espacio con una lentitud que no dejaba rutas de escape. La cercanía era densa, cargada de algo que no necesitaba nombre para sentirse real. El calor del cuerpo del Enigma se volvió un hecho demasiado presente.
—No me mires así —murmuró Rhydian, sin moverse.
—No sé mirarte de otra forma cuando te quedas —respondió Severin.
La mano de Severin se alzó y rozó el borde de la capa de Rhydian. El contacto fue leve, pero le recorrió el pecho como una corriente que no pedía permiso. El aliento del Enigma le rozó la comisura de los labios. El mundo pareció contener el aire.
Por un latido, Rhydian creyó que el peso del otro iba a inclinarse un poco más, que el límite que en la vigilia nunca se cruzaba iba a ceder—
Y entonces despertó de golpe.
El amanecer llegó con una luz pálida que se filtró por las grietas del techo de la cabaña. La lluvia había cesado durante la madrugada, dejando el aire limpio y frío, cargado de ese olor a tierra que aparece después de las tormentas fuertes. El campamento despertó despacio, con cuerpos entumecidos y miradas cansadas.
Rhydian se incorporó con la capa de Severin aún sobre los hombros. El fuego era ya solo un círculo de cenizas tibias. Durante un instante, al abrir los ojos, tuvo la sensación extraña de no estar en la frontera, de no estar huyendo ni protegiendo a nadie. Solo estar. Luego el mundo volvió a su sitio.
—Maldición… —murmuró, pasándose una mano por el rostro.
El calor incómodo que le recorría el cuerpo no tenía nada que ver con el fuego. Cerró los ojos un segundo, recordando el sueño con una claridad que lo irritó.
—No puede ser que desee estar con ese bruto —se dijo en voz baja—. Frío, mandón, imposible de leer…
La imagen del sueño volvió a colarse, traicionera: la cercanía sin dureza, la atención sin órdenes.
—…pero no puedo negar que me gusta.
Severin estaba despierto desde antes.
No miraba el exterior.
Miraba a Rhydian.
No con la frialdad habitual, sino con una atención contenida, como si intentara memorizar algo que no sabía si podría volver a permitirse. Cuando Rhydian notó la mirada, no la esquivó, aunque el recuerdo del sueño le tensó los hombros.
—Parece que sobrevivimos a la noche —murmuró Rhydian, más seco de lo habitual.
—No fue la noche lo que casi nos desarma —respondió Severin en voz baja.
Rhydian alzó una ceja.
—¿Y entonces qué?
Severin no contestó. Se levantó y comenzó a dar órdenes para reanudar la marcha. El momento se disipó, pero la pregunta quedó flotando entre ellos, sin nombre.
El camino de ese día los llevó por un tramo de bosque cerrado. Las ramas bajas obligaban a avanzar despacio, y en algunos puntos debían apartar la vegetación con las manos. En un pasaje estrecho, una rama se enganchó en la capa de Rhydian, tironeándolo hacia atrás. Antes de que pudiera soltarse, Severin ya estaba allí, cortando la tela con un movimiento rápido de su daga.
—Te vas a quedar atrapado —dijo.
—Eso ya lo estaba —respondió Rhydian, con una sonrisa que se le escapó antes de poder evitarla.
Severin se quedó demasiado cerca. La proximidad era una constante que ninguno parecía querer corregir. El brazo del Enigma rozó el costado de Rhydian al apartar la rama. Fue un roce mínimo. Suficiente para que Rhydian sintiera una descarga breve, incómoda, que le recorrió el pecho.
Severin retiró la mano con la misma rapidez con que la había acercado.
—No fue necesario que me tocaras —dijo Rhydian en voz baja, más por defenderse de sí mismo que del otro.
—Fue necesario que te soltara —replicó Severin—. No confundas intención con accidente.
Rhydian lo miró de reojo.
—A veces los accidentes dicen más de lo que queremos admitir.
No hubo respuesta.
Más adelante, hicieron una breve parada para beber agua. Uno de los soldados, un alfa joven, se acercó a Rhydian para preguntarle por el estado de los omegas rescatados. El tono era amable, pero la mirada se demoró más de lo necesario. Rhydian respondió con educación, sin darle importancia.
Severin apareció a su lado casi de inmediato.
—Nos vamos —dijo, sin mirar al soldado.
El alfa se apartó con un gesto incómodo.
Rhydian caminó unos pasos con Severin antes de hablar.
—No tienes que interponerte cada vez que alguien me dirige la palabra.
—No lo hago —respondió Severin—. Intervengo cuando percibo riesgos.
—¿Riesgos reales o los que solo existen en tu cabeza? —preguntó Rhydian.
Severin apretó los labios.
—No me gusta que te observen como si… —se detuvo— como si fueras algo que se puede tomar.
Rhydian sintió un tirón en el pecho. No era exactamente alegría. Era reconocimiento.
—No soy algo que se toma —dijo con firmeza—. Y tú no eres quien decide quién puede mirarme.
Severin lo miró durante un largo segundo.
—Lo sé —admitió—. Pero no puedo evitar… calcular las intenciones ajenas cuando estás cerca.
—Eso se llama celos —dijo Rhydian con calma peligrosa.
—No —respondió Severin—. Eso se llama evaluar amenazas.
Rhydian soltó una risa baja.
—Llámalo como quieras. Se siente igual desde aquí.
El resto del día avanzó con esa tensión soterrada que no se disipaba con palabras. Al caer la tarde, encontraron un claro protegido del viento para acampar. Mientras los demás preparaban el fuego, Rhydian se apartó un poco para estirar los músculos. El cansancio se le había acumulado en los hombros.
Severin se acercó por detrás, sin tocarlo.
—Te estás exigiendo demasiado —dijo—. Si caes enfermo o te lesionas, el grupo pierde una pieza útil.
Rhydian giró el rostro.
—Otra vez me reduces a utilidad.
Severin negó con la cabeza.
—No. Te reduzco a alguien que no quiero perder del campo.
La frase se le escapó antes de que pudiera corregirla.
El silencio que siguió fue distinto. No era solo tensión. Era algo que dolía por no decirse del todo.
Rhydian dio medio paso hacia él.
—No me pierdas entonces —murmuró—. Quédate donde puedas verme.
Severin sostuvo su mirada. No hubo promesas. No hubo gestos grandilocuentes. Pero esa noche, al acomodarse para dormir, Severin eligió un lugar más cercano al de Rhydian que nunca antes.
No se tocaron.
No se dijeron nada.
Pero el espacio entre ambos era tan pequeño que la frontera, por una vez, parecía lejos.