Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡Decisiones que pesan!
Maximiliano siempre había sido un hombre directo, para él, andar con rodeos era una pérdida de tiempo, y este momento no era una excepción. La presencia de Sofía se estaba convirtiendo en algo que ni él mismo podía evitar, sobre todo al tenerla tan cerca. Su acercamiento no fue brusco, pero sí imponente; su mirada la envolvió con la misma intensidad con la que un león observa a su presa antes de lanzarse sobre ella. Entre tanto, Sofía sentía cómo su respiración se iba descontrolando poco a poco, y sus defensas, esas que había construido con tanto esfuerzo, comenzaron a derrumbarse una a una, sin poder evitarlo.
Para ella, era como si su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle, como si todo lo que había jurado controlar durante tanto tiempo se desvaneciera en un solo segundo. Por un instante creyó que podría recuperar la cordura, salir del trance en el que había sido envuelta, por eso, decidida abrió su boca dispuesta a hablar… pero no alcanzó a pronunciar ni una palabra porque sus labios fueron sellados inesperadamente por Maximiliano, y al sentir su calidez se quedó sin aliento.
Este no era un beso inesperado nacido del momento, este era un beso desesperado, incontrolable, como si hubiera sido anhelado durante mucho tiempo. Él invadió su boca con una mezcla de rabia contenida y deseo acumulado.
La mente de Sofía le gritaba que se apartara, que lo rechazara, pero su cuerpo opinaba diferente, cada uno de sus pensamientos había desaparecido y sin nada que hacer, le correspondió. Lo hizo con la misma intensidad, con el mismo deseo que había intentado negar. En ese beso no solo había necesidad… era algo que había deseado con lo más profundo de su ser, sumado a un amor que jamás había tenido la oportunidad de ser expresado.
Sus dedos se enredaron en el cabello de Maximiliano, mientras que su respiración se volvió errática, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Cuando finalmente se separaron, él solo la observó en silencio, con la mirada encendida, a diferencia de Sofía quien aún mantenía los ojos cerrados, mientras su pecho subía y bajaba con frenesí, su rostro sonrojado manifestaba la magnitud de sus emociones. En ese momento, ella era incapaz de procesar lo que acababa de suceder.
El silencio que quedó entre los dos era tan intenso que una sola palabra podía romper de inmediato la atmósfera que se había formado… pero no hubo oportunidad porque la puerta se abrió de golpe.
— ¡Sofí…! — La voz de Fernanda se detuvo de inmediato al ver la escena frente a ella, el rostro de su hermana encendido y a Maximiliano demasiado cerca, aún inclinado sobre ella. — Yo… lo siento… no sabía que estabas con…
No terminó la frase debido a que Sofía reaccionó de inmediato, apartándose con brusquedad de Maximiliano, y sin mirar atrás, se alejó con un gesto rápido, acercándose a su hermana, sujetándola del brazo.
— Vamos. — Susurró Sofia, sin darle oportunidad de decir nada.
Y sin mirar una vez más al hombre que la había hecho temblar hace un instante, salió de la oficina con paso firme, arrastrando consigo a Fernanda. El sonido de sus tacones se fue perdiendo por el pasillo, dejando tras de sí el silencio más pesado que Maximiliano había sentido en años.
El camino a casa transcurrió envuelto en un silencio pesado. Ninguna de las dos se atrevía a hablar. Fernanda sostenía el volante con fuerza, sin saber qué decir ni cómo aliviar lo que intuía en el rostro de su hermana. No hacía falta preguntar; conocía demasiado bien a Sofía. Podía leer en su mirada que lo que había sucedido hacía apenas unos instantes entre ella y Maximiliano la había desarmado.
Por su parte, Sofía mantenía la mirada perdida en la ventana. Su mente era un torbellino. Por más que trataba no lograba procesar lo ocurrido, ni comprender en qué momento había perdido el control.
¿Por qué lo había hecho? ¿En qué estaba pensando al corresponder ese beso?
Pero, en el fondo sabía la respuesta. Llevaba seis años enamorada del mismo hombre, seis años reprimiendo sentimientos que creía imposibles. Y aun así, jamás imaginó que algo así pudiera ocurrir.
En ese instante una punzada de vergüenza y confusión le apretó el pecho. Se sentía débil, ingenua… tonta. Se reprochaba una y otra vez por haber cedido, por haber permitido que un instante cambiará todo lo que había tratado de controlar durante tanto tiempo; pero también se sentía feliz, y eso era algo que no podía negar.
Al llegar al apartamento, Sofía no dijo ni una palabra y fue directo a su habitación cerrando la puerta tras de sí. Necesitaba estar sola… necesitaba tiempo para procesar lo que acababa de suceder, y entender porque Maximiliano había hecho eso. Fernanda comprendía lo que su hermana estaba sintiendo, pero aún así no pensaba permitir que continuará auto compadeciéndose por sus propias decisiones.
— Voy a entrar. — Anunció Fernanda con voz suave, abriendo la puerta con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper aún más a su hermana.
— Ahora no, Fernanda. — Respondió Sofía sin mirarla, dándole la espalda mientras se envolvía en una cobija. Su postura era rígida, defensiva, como si quisiera protegerse del mundo… y de sí misma.
Pero para Fernanda eso no era un impedimento; avanzó un par de pasos, negándose a retroceder.
— ¿Por qué no te das una oportunidad? — Soltó sin pensar demasiado. Sabía que estaba pisando un terreno delicado, pero también sabía que alguien debía hacerlo.
— Estás loca. — Murmuró Sofía casi para sí misma, con la voz quebrada. Claro que lo había pensado; lo había imaginado tantas veces que le dolía admitirlo. Pero ahora… ahora todo era distinto. — Jamás me miraría de esa manera.
Fernanda dejó escapar un suspiro frustrado.
— ¿Y cómo se supone que lo sepas si ni siquiera lo intentas? Cuando estabas en la universidad, jamás te atreviste a dirigirle la palabra. Siempre te escondiste en la sombra, como si con eso bastara para que él te viera.
— No entiendes nada porque nunca te has enamorado. — Replicó Sofía con un hilo de voz, apretando la cobija contra su pecho. Era cierto, siempre había preferido observar a la distancia, convencida de que era suficiente con quererlo en silencio. Pero ese silencio también la había consumido.
— Puede que nunca me haya enamorado, pero eso no significa que no lo entienda. — insistió Fernanda, acercándose un poco más. — Entiendo que tienes miedo, Sofía. Miedo a salir herida otra vez. Pero jamás sabrás si algo podría funcionar entre ustedes si sigues huyendo de todo.
— Basta, Fernanda. Olvídalo. — Pidió Sofía, y esta vez su voz tembló. No podía soportar que la verdad se la dijeran en la cara.
Hubo un silencio tenso y pesado. Fernanda la observó con tristeza, pero también con impotencia.
— Bien. — Dijo finalmente, con un tono que dolía más que un reproche. — Sigue escondiéndote como siempre, detrás de una máscara… pero después no te lamentes por lo que pudo ser.
Y sin agregar nada más, Fernanda salió de la habitación, dejando a Sofía sola, hundida en su cama, sintiendo cómo sus propias decisiones comenzaban a asfixiarla.
Por otro lado, Maximiliano se sentía extasiado. Jamás imaginó que algo como esto sucedería, era como si hubiese retrocedido el tiempo y por primera vez disfrutara del deleite del romance. A pesar de la reacción de Sofía, él sentía que algo había cambiado por completo en él, algo que lo hacía sentir feliz.
De inmediato recordó que aún faltaba algo por hacer. Llamó a Steffan y le notificó que organizaría una rueda de prensa. Debía limpiar el nombre de Sofía y dejar en claro su inocencia.
Steffan al principio no entendía a que se refería su jefe, pero después de escuchar su explicación entendió porque lo hacia.
A la mañana siguiente, todo en la empresa estaba listo. El auditorio estaba lleno de periodistas, parecían buitres esperando a su presa para acabar con ella, creían que obtendrían una gran primicia, y a decir verdad así era, pero también muchos se arrepentirían de haber hablado sobre la persona equivocada.
Al llegar Maximiliano, los flashes no se detuvieron. Tomó su lugar y de inmediato todos empezaron a pedir la palabra, pero con un solo movimiento todo quedó en completo silencio.
— Buenos días a todos. Primero que nada permítanme aclararles que no habrá preguntas, haré una declaración general con la cual espero disipar todos los rumores mal infundados que se han propagado en contra de la Srta. Sofía Loreti y mi persona.
Los murmullos y descontentos surgieron de inmediato. Todos esperaban poder indagar más sobre la vida del imponente Maximiliano Ferreira pero al parecer no sería así.
— Bien. Primero, desde hace 1 año soy un hombre divorciado debido a diferencias irreconciliables con mi esposa. Segundo, la Srta. Loreti no tuvo nada que ver con mi divorcio debido a que entre nosotros siempre hubo un trato estrictamente profesional y jamás hubo un trato personal entre los dos. Ella es una mujer decente y muy profesional. Y tercero, el incidente ocurrido hace algunas semanas fue provocado por alguien más con malas intenciones hacia mi persona, la Srta. Loreti lastimosamente terminó involucrada debido a que al ver mi condición intentó ayudarme, y por eso terminamos en las mismas condiciones.
Como pueden ver en la pantalla, este es el historial médico de ambos, allì se puede identificar claramente el motivo por el cual fuimos internamos y el grave estado de salud en el que nos encontrábamos. Espero que con esto se acaben las noticias mal intencionadas. Y como último detalle, aquellos que hicieron falsas acusaciones, deben prepararse para una demanda de nuestra parte. Sin más que decir, que tengan un buen día.
El descontento de muchos no pudo evitarse, pero quienes más preocupados estaban, eran aquellos que habían publicado la información sin una base confiable a sabiendas de que su puesto correría peligro.