En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capitulo 2
El trayecto hacia la mansión Volkov fue un desfile de luces borrosas a través de los cristales blindados del Maybach negro. Fabiana iba sentada en el asiento trasero, rodeada por un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el zumbido del motor eléctrico. A su lado, un guardia de seguridad con cara de piedra no le dirigió ni una mirada, tratándola como si fuera un paquete de mercancía peligrosa que debía ser entregado.
Ella, sin embargo, no tenía miedo. O al menos, se obligaba a no tenerlo. Sus dedos acariciaban la suave tapicería de cuero. Esto es lo que se siente tener dinero, pensó. Ni una pizca de polvo, ni un ruido del exterior, solo la pureza del privilegio. Comparado con el estruendo de los trenes y los gritos de los vecinos en "El Cinturón", este coche era un templo.
Cuando los portones de hierro forjado con el emblema de un lobo de plata se abrieron, Fabiana contuvo el aliento. La mansión no era una casa; era una fortaleza de cristal y mármol situada en la cima de la colina más alta de la ciudad. Desde allí, Alessandra Volkov podía observar a todos los habitantes de la metrópolis como si fueran hormigas.
—Bájese —ordenó el guardia.
Fabiana descendió del vehículo. El aire aquí arriba era distinto; no olía a smog ni a desesperación, sino a pinos y a esa frescura eléctrica que precede a una tormenta. Fue conducida a través de pasillos inmensos, decorados con obras de arte que probablemente valían más que toda su genealogía junta. Finalmente, se detuvieron ante una puerta de madera de ébano.
—Báñese y cámbiese. Tiene dos horas. La Señora no espera a nadie —dijo una mujer de uniforme gris antes de cerrar la puerta tras de ella.
El dormitorio era más grande que toda la casa de los Lagos. En el centro, una cama con dosel esperaba como un altar. Sobre un diván de terciopelo, reposaba una bata de seda negra tan fina que parecía líquida. Fabiana se despojó de su vestido rojo —su armadura barata— y entró en el baño de mármol.
Mientras el agua caliente golpeaba su piel, Fabiana se miró en el espejo empañado. Era una Omega recesiva, sí. Su aroma era apenas un susurro de vainilla y pimienta, casi imperceptible frente a los aromas embriagadores de las Omegas puras como su hermana Lucía. Pero eso era lo que la hacía letal. Alessandra no podría predecir sus reacciones a través del olfato. Fabiana era un enigma biológico.
—No voy a morir hoy —se susurró a sí misma, limpiando el vapor del espejo—. Hoy voy a comprar mi libertad.
Dos horas exactas después, Fabiana fue escoltada al ala privada de la mansión: el estudio de Alessandra.
El ambiente cambió drásticamente. El aroma de Alessandra —ese sándalo pesado y ozono metálico— impregnaba las paredes. Era una presencia física que golpeaba el pecho de Fabiana. Al entrar, vio a la Alpha de espaldas, mirando por un ventanal inmenso que abarcaba toda la pared. Alessandra sostenía una copa de cristal con un líquido ámbar. No llevaba el traje de la gala; ahora vestía una bata de seda oscura que dejaba entrever la fuerza de sus hombros.
—Acércate, pequeña inversión —dijo Alessandra sin girarse. Su voz vibró en la base de la columna de Fabiana.
Fabiana caminó con paso firme, aunque cada fibra de su ser le pedía que retrocediera. El aura de Alessandra era como estar de pie frente a un incendio forestal. Cuando estuvo a un metro de ella, Alessandra se giró. Sus ojos grises escanearon a Fabiana, ahora vestida solo con la bata de seda negra, el cabello húmedo y la piel brillante.
—Muchos han pasado por esa puerta —comentó Alessandra, dando un sorbo a su bebida—. Alphas que querían mi poder, Omegas que querían mi protección. Todos terminaron quebrados. ¿Qué te hace creer que una niña muerta de hambre del Cinturón puede resistir lo que ellos no pudieron?
—Porque ellos tenían algo que proteger —respondió Fabiana, dando un paso más, invadiendo el espacio personal de la Alpha—. Tenían orgullo, tenían familias que amaban, tenían miedo de perder su posición. Yo no tengo nada. Cuando no tienes nada, Alessandra, eres invencible.
Alessandra dejó la copa sobre una mesa de cristal con un golpe seco. Se acercó a Fabiana con la elegancia de un depredador que ha encontrado una presa que no huye. Su mano, grande y de dedos largos, se cerró alrededor de la mandíbula de Fabiana, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Me gusta que uses mi nombre. Es un error que te costará caro —susurró Alessandra. Sus feromonas se desataron de golpe.
Fabiana sintió un impacto brutal. Su sistema nervioso comenzó a chisporrotear. Era como si el aire se hubiera convertido en plomo líquido. Sus pupilas se dilataron y un calor sofocante empezó a subir por sus muslos. El instinto Omega, ese que Fabiana tanto despreciaba, estaba tratando de forzarla a exponer su cuello en señal de sumisión.
—Mírame —ordenó Alessandra.
Fabiana apretó los dientes tanto que le dolió la mandíbula. Luchó contra la marea negra que intentaba apagar su conciencia. En lugar de someterse, estiró su mano y la puso sobre el corazón de Alessandra, sintiendo el latido rítmico y frío de la Alpha.
—Su corazón late igual que el mío —jadeó Fabiana, con una sonrisa provocadora a pesar del dolor—. ¿Es eso lo que le asusta? ¿Que una "rata" como yo pueda sentir su debilidad?
Alessandra apretó más el agarre. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose casi negros. Por un segundo, la frialdad de la "Viuda de Hierro" se transformó en una furia ardiente, una chispa de deseo salvaje que nunca antes había sentido por nadie. Nadie la había tocado sin permiso en décadas. Nadie se había atrevido a llamarla débil.
—Mi "debilidad" es un lujo que no puedes permitirte —gruñó Alessandra. Con un movimiento rápido, empujó a Fabiana contra el ventanal. El cristal frío contrastó violentamente con el calor de sus cuerpos—. Has venido a vender tu virginidad, ¿verdad? Quieres el dinero. Quieres la cuenta bancaria.
Alessandra deslizó su mano desde la mandíbula de Fabiana hacia su cuello, y de ahí hacia el nudo de su bata de seda.
—Si firmo este contrato, Fabiana Lagos, dejas de ser una persona. Pasas a ser mi propiedad. Te marcaré, te usaré y, cuando me canse, te desecharé. No habrá amor, no habrá "hotelería", no habrá familia. Solo tú y mi voluntad. ¿Sigue pareciéndote un buen negocio?
Fabiana sintió el nudo de su bata deshacerse. La seda se deslizó por sus hombros, revelando su piel pálida ante la mirada hambrienta de la mujer más poderosa del mundo. La tensión en la habitación era tan alta que parecía que el cristal del ventanal iba a estallar en cualquier momento.
—Firma el contrato con tus dientes en mi cuello, Alessandra —desafió Fabiana, su voz apenas un susurro cargado de seducción y veneno—. Hazme tuya, pero recuerda esto: una vez que entres en mí, no seré yo quien quede atrapada en tu mundo. Serás tú quien no pueda dejarme ir.
Alessandra soltó una risa baja, una vibración peligrosa que erizó los vellos del cuerpo de Fabiana. Se inclinó, su nariz rozando la glándula de aroma en el cuello de la Omega. Aspiró profundamente el aroma a vainilla y pimienta.
—Sobrevive a esta noche, pequeña rata. Y mañana, el mundo será tu cajero automático. Pero si fallas... —Alessandra clavó sus dedos en la cadera de Fabiana—... desearás haberte quedado en el Cinturón comiendo pan duro.
Justo cuando Alessandra estaba a punto de morder, el teléfono rojo sobre el escritorio de ébano comenzó a sonar de forma insistente. No era una llamada cualquiera. Era la línea de emergencia de la Inteligencia Global.
Alessandra se detuvo, su rostro volviendo a la máscara de hielo en un microsegundo. Se separó de Fabiana, dejándola temblorosa y expuesta contra el cristal.
—Parece que mis enemigos tienen prisa por morir —dijo Alessandra, mirando la pantalla del teléfono. Luego, miró a Fabiana con una intensidad que hizo que a la joven se le helara la sangre—. Quédate aquí. No te muevas. Si sales de esta habitación antes de que yo regrese, mis guardias tienen órdenes de disparar a matar.
Alessandra salió del estudio a zancadas, dejando a Fabiana sola en la penumbra, con el corazón martilleando contra sus costillas. Fabiana se ajustó la bata, pero su mirada se desvió hacia el escritorio de Alessandra. Allí, medio oculta bajo unos documentos, había una carpeta con el sello de "CONFIDENCIAL".
En la portada, había una fotografía. No era de negocios. Era una foto vieja de una mujer que se parecía sospechosamente a su madre, Elena Lagos, junto a una versión mucho más joven y menos fría de Alessandra Volkov.
La intriga golpeó a Fabiana más fuerte que las feromonas de la Alpha. ¿Qué conexión tenía su madre, una pobre limpiadora, con la mujer más poderosa del planeta? ¿Y era su presencia allí realmente una coincidencia, o Alessandra ya sabía quién era ella desde el momento en que entró en la gala?
El silencio de la mansión se volvió pesado. Fabiana sabía que mirar esa carpeta era su sentencia de muerte, pero también sabía que esa información valía más que su virginidad.
Continuará ✨.....