Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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Lucha de titanes
[Perspectiva de Ámbar]
El Hospital Central olía a una mezcla estéril de antiséptico, miedo y muerte inminente. Logré entrar por la puerta de servicios, usando un viejo truco que aprendí en mis años como Miranda Durán cuando necesitaba evitar a la prensa tras una subasta de arte fallida. Me puse una bata blanca que encontré en la lavandería y un tapabocas que ocultaba la mitad de mi rostro, pero nada podía ocultar el temblor de mis manos.
Subí por las escaleras de emergencia hasta el piso de cuidados intensivos. Mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado. Cada paso me recordaba que, al otro lado de esas puertas automáticas, mi padre luchaba por su vida y mi verdugo esperaba para dar el golpe de gracia.
Cuando las puertas se deslizaron, la imagen me golpeó con la fuerza de un huracán. Al final del pasillo, sentado en uno de los bancos de plástico frío, estaba Damián. No era el Damián arrogante del estudio; tenía los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido en las palmas de sus manos. Se veía pequeño, fragmentado por la misma culpa que él intentaba proyectar sobre mí. A su lado, Vanessa hablaba con un médico, gesticulando con una elegancia que me pareció obscena dadas las circunstancias.
Me acerqué con pasos silenciosos. Cuando estuve a unos metros, Vanessa me vio. Sus ojos se abrieron con furia y dio un paso adelante para interceptarme.
—¿Cómo te atreves? —siseó, bajando la voz para no llamar la atención del personal—. Te prohibí poner un pie aquí. Eres veneno para Arturo.
—Apártate, Vanessa —dije, y mi voz sonó tan profunda y cargada de autoridad que incluso ella retrocedió un centímetro—. Tengo el poder legal y el derecho de sangre. Si intentas sacarme, haré un escándalo que dejará tu reputación en el suelo antes de que termine el turno de noche.
Damián levantó la cabeza. Al verme, sus ojos se encendieron con un brillo peligroso. Se puso de pie con una lentitud letal, caminando hacia mí como un titán que se prepara para la guerra. Vanessa, viendo que el enfrentamiento era inevitable y que Damián se encargaría de mí, se retiró hacia la cafetería con una sonrisa de suficiencia. Ella sabía que Damián era mi mayor obstáculo.
—¿Qué haces aquí, Ámbar? —preguntó él. Su voz era un trueno bajo, cargado de un odio que ya no era ciego, sino calculado—. ¿Viniste a ver si tu padre finalmente te dejó el camino libre?
—Vine a ver al hombre que tú casi matas —respondí, sosteniéndole la mirada. Estábamos a centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo, ese calor que alguna vez fue mi refugio y que ahora era una hoguera que pretendía consumirme—. Vine a recordarte que, por muy dolido que estés, no tienes el derecho de jugar a ser Dios.
—¡Yo no juego a ser nada! —rugió él, acortando la distancia mínima que quedaba. Su aroma a sándalo me envolvió, una tortura sensorial que me desgarraba—. ¡Tu padre es el cómplice de una asesina! Si está en esa cama es porque no pudo soportar el peso de las mentiras que tú misma construiste.
—¡Mientes! —le grité, y mis palabras resonaron en el pasillo estéril—. Estás tan cegado por tu sed de venganza que ya no distingues la justicia de la crueldad. Lo atacaste porque es el único que me cree. Lo atacaste porque en el fondo tienes miedo, Damián. Tienes miedo de que lo que dice el diario sea verdad. Tienes miedo de descubrir que me has estado torturando mientras el verdadero culpable se ríe de ti a tus espaldas.
Damián soltó una carcajada amarga, una que me dolió más que cualquier golpe físico.
—¿El diario? —me tomó bruscamente del brazo, arrastrándome hacia el ventanal que daba a la habitación de Arturo—. Ese diario es una obra maestra de la manipulación. Vanessa me entregó los registros clínicos, Ámbar. Sé que escribías esas cosas como parte de tu "terapia" para evadir la realidad. Eres una mitómana diagnosticada. ¿Crees que voy a creer en las fantasías de una niña que no puede ni mantener la mirada frente a un espejo?
—¡Entonces mírame ahora! —le exigí, clavando mis ojos en los suyos con una ferocidad que lo hizo vacilar—. Mírame y dime que ves a la niña del informe. Dime que ves a la Ámbar caprichosa que se salta los semáforos por diversión. No puedes, ¿verdad? Porque sabes que esta mujer que tienes enfrente te conoce. Conoce tus miedos, conoce la forma en que te tiembla la mano cuando hablas de Miranda, conoce el vacío que sientes cada noche.
El silencio que siguió fue una lucha de titanes. Dos voluntades chocando en el vacío. Damián apretó el agarre en mi brazo, pero yo no retrocedí. Éramos dos fuerzas de la naturaleza enfrentándose sobre las ruinas de lo que solíamos ser. Sus ojos bajaron a mis labios por un microsegundo, un rastro del deseo que el odio no había podido borrar, y luego volvieron a mis ojos, cargados de una furia renovada.
—No sé quién eres —susurró él, y su voz tembló por primera vez—. No sé qué demonios despertó en ese coma, pero no voy a dejar que me confundas. Miranda era luz. Tú eres sombra. Ella era verdad. Tú eres un disfraz muy bien diseñado.
—Miranda te amaba —le dije, y mi voz se volvió suave, afilada como una navaja—. Ella te amaba tanto que, si pudiera verte ahora, despreciando la verdad y atacando a un anciano inocente, se moriría de nuevo de pura vergüenza. El hombre del que ella se enamoró no era un matón que asfixia a padres desesperados.
Damián retrocedió como si le hubiera dado una bofetada. Su rostro se volvió de una palidez mortal.
—No te atrevas a hablar por ella —siseó, señalándome con el dedo—. No vuelvas a profanar su nombre con tu boca.
—La profanas tú —respondí, dando un paso hacia él, obligándolo a retroceder—. La profanas cada vez que dejas que Vanessa te use como su perro de ataque. ¿No lo ves, Damián? Ella te maneja. Te dio esos informes porque tiene miedo de lo que yo sé. Si Arturo muere, ella se queda con todo. Y tú habrás sido el idiota útil que le despejó el camino.
En ese momento, el monitor dentro de la habitación de Arturo empezó a pitar de forma frenética. El sonido era un chillido metálico que cortó nuestra pelea de raíz. El equipo médico entró corriendo.
—¡Código azul! —gritó una enfermera.
El mundo se detuvo. Vi a través del cristal cómo empezaban las maniobras de reanimación otra vez. Damián se quedó paralizado, mirando la escena con los ojos desorbitados. Por un segundo, vi la culpa real atravesar su máscara de piedra. Él sabía que su agresión había sido el detonante.
Me desplomé contra el cristal, con las manos extendidas como si pudiera enviarle mi propia vida a Arturo.
—No te mueras... por favor, no te mueras —suplicaba entre sollozos.
Damián se acercó por detrás. No me tocó, pero sentí su presencia como un muro.
—Si él muere... —empezó a decir, pero su voz se quebró.
—Si él muere, tú y yo habremos perdido lo último que nos quedaba de humanidad —le interrumpí, girándome para mirarlo con el rostro bañado en lágrimas—. Y tú tendrás que vivir el resto de tu vida sabiendo que mataste al único hombre que realmente amaba a la hija de los Valer. ¿Es esa la justicia que querías para Miranda? ¿Sangre de inocentes?
Damián no respondió. Se quedó mirando a Arturo, y por primera vez en toda esta pesadilla, vi una grieta en su armadura. El titán estaba herido. La duda, esa semilla que yo había plantado con tanto dolor, finalmente estaba empezando a romper el concreto de su odio.
—Vete de aquí, Damián —le dije, con una frialdad que nació de lo más profundo de mi alma—. Vete antes de que termine de odiarte tanto como tú me odias a mí. Porque el día que descubras la verdad, y te juro por mi vida que la descubrirás, no habrá perdón suficiente en este mundo para lo que has hecho hoy.
Él me miró una última vez. No había rabia en sus ojos ahora, solo una confusión infinita y un rastro de terror. Se dio la vuelta y caminó por el pasillo, desapareciendo en las sombras del hospital, mientras yo me quedaba allí, sola, luchando por el alma de un padre y por los restos de un amor que se desvanecía entre el olor a medicina y el eco de sus pasos.
Arturo seguía luchando, y yo, Miranda Durán en el cuerpo de Ámbar Valer, decidí en ese instante que ya no jugaría a la defensa. El enfrentamiento con Damián me había demostrado que la piedad no servía de nada. Si quería salvar a Arturo y destruir a Vanessa, tendría que ser más implacable que todos ellos juntos. La guerra de los titanes apenas comenzaba, y yo estaba dispuesta a quemarlo todo con tal de que la verdad saliera a la luz.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭