“Serás mi esposa”
Fueron las últimas palabras que había escuchado decir de él, antes de dormirse. Llena de pánico, suspiró buscando calmarse, y se levantó para intentar cambiarse. No obstante, al ver la mancha de sangre en la cama le dejó sin palabras. Por lo que al escuchar como la puerta se abría y varias personas ingresaban no pudo evitar saltar del susto.
—¡Allí está la enfermera indecente que se acostó con un paciente!—gritó el hombre que unos minutos antes había visto hablar en el pasillo.
Laury apretó con fuerza las sabanas con las que ocultaba su desnudez, llena de indignación con ella misma. Su trabajo era simple, proteger a ese hombre desde las sombras, pero no solo había caído en una trampa con el sino que su misión principal corría peligro al haberse acostado con un paciente. Se maldijo para sus adentros, aquello era un problema bien grande.
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ACEPTANDO LA VERDAD, BECCA
Manteniendo cierta distancia prudencial, en una pequeña colina, se encontraban Aletheia y Aión observando lo que pasaba. No podían creer lo que estaba sucediendo, pese a tener millones de años de existencia, jamás nada había sorprendido a tal nivel a la diosa.
—Quién diría que Caronte abriría el río del más allá para llamar a tantas almas… ¿Se habrá conmovido por el esfuerzo de los humanos?— dijo Aión, a lo que Aletheia se quedó en silencio mientras veía lo que hacía Laury.
La chica había corrido hasta que el agua comenzó a llegarle al cuello, pero, por alguna extraña razón, no lograba nivelar el caminar de sus compañeros. Podía sentir como una extraña fuerza provocaba que retrocediera y perdiera todo lo avanzado; sin embargo, lo único que tenía en mente era alcanzarlos. Su corazón se estrujaba con mucha fuerza y el ardor en su garganta, acompañado de las ganas de llorar, aumentaba sin piedad.
Había aceptado la misión que le había impuesto la diosa Aletheia con el único fin de poder descansar en paz, de poder ser perdonada por aquellos que murieron aquella noche en el capitolio. Todos los días, desde que había sido internada, hasta que murió por primera vez, había deseado poder volver a encontrarse con las personas que perdió en toda su vida: tanto compañeros como familiares. Pero, justo en el momento, cuando se encontraba en el umbral y que podía encontrarse con ellos, ¿Por qué no se le permitía acercarse?
—Por favor… No me dejen sola—lo dijo en un pobre suspiro, ya no tenía fuerzas ni para hablar.
Detuvo sus esfuerzos por continuar y agachó la cabeza, resignada al hecho de que nada podía hacer. Su cuerpo era adornado por pétalos de rosas que danzaban a su alrededor, con suavidad sobre el agua, y espinas que lastimaban su piel.
—¿Por qué te martirizas tanto, Rebecca?—escuchó la voz de la que había sido su única compañera mujer, Elena, llamarla por su antiguo nombre.
Levantó el rostro sorprendida y pudo ver frente a ella a sus compañeros que se habían devuelto hasta donde se encontraba. Tenía ganas de llorar, pero no podía hacerlo, había reprimido tanto sus lágrimas que le causaba un gran dolor dejarlas salir. Estaba tan débil que sentía que en cualquier momento podía caerse; no obstante, aquella fuerza misteriosa la había llevado a un punto del agua donde apenas le llegaba hasta sus rodillas.
—Muchachos… Yo…—no sabía por donde empezar—¡Por mi culpa ustedes están muertos!
—¿Por tu culpa?, ¿Es que acaso fuiste tú la que nos apuñaló aquella noche?—Preguntó Joseph.
—¿Fuiste tú la que nos traicionó?—Complementó Felipe.
—Solo fuiste una mujer enferma, que prestaba sus servicios como curandera mágica en el ejército. En realidad éramos nosotros los que teníamos que protegerte, pero, aunque lo intentamos, solo te fallamos—dijo Elena—, sin embargo; eso no te detuvo, seguiste avanzando para poder ayudar a los otros hasta que dieras tu último suspiro. Toda la nación alabó ese entonces al capitán Sebastian como un héroe; no obstante, tú también lo fuiste.
La imagen de sus compañeros frente a ella, hablándole con tanta propiedad, era acompañada por la procesión de almas que se dirigían al punto brillante en el horizonte.
A lo lejos, justo en la orilla, el capitán Emerson, el mayor Sebastian y los demás se encontraban observando estupefactos la escena. Estaban sin habla por la imagen que se les mostraba: una noche oscura colindando con la luz del día, estrellas fugaces cayendo con gracia, el agua bañada con rosas y espinas, un sol poniéndose y a su lado una luna nueva cuya luz no era opacada.
En medio de los dos estaba un punto, muy brillante, que parpadeaba como si fuera un faro y llamaba a todas las almas para que fueran hasta ese lugar. Si no fuera porque detrás de él aún podían ver la isla de las rosas, con facilidad hubieran creído que ya estaban muertos. Pero había sido el hecho de escuchar que fue Laury, quién anteriormente era Rebecca, quién salvó al entonces anterior capitán Sebastian, lo que los dejó sin aliento. Tanto tiempo había pasado y solo fue hasta ese momento que se enteraron de la verdad.
—El hecho de haber sobrevivido al ataque, no quiere decir que debas sentirte culpable—siguió hablando Elena—, el futuro que se acerca será cruel, pero estarás bien, tienes una fuerza muy grande en tu interior—sonrió con una leve carcajada—. Debes seguir adelante, no solo por los que nos fuimos hace poco, también por aquellos que te dejaron hace mucho tiempo atrás.
Elena señaló a su derecha y Laury observó como a lo lejos, muy borrosos, pero aún visibles, se encontraban las almas de su familia. Quiso caminar hasta ellos, pero una línea plateada no la dejaba avanzar.
—Detente, no podrás pasar. Cree cuando te decimos que ellos quieren, así como nosotros, que sigas adelante—dijo Felipe.
—¿Cómo puedo seguir adelante? ¿Cómo hago para que yo misma entienda sus palabras?
—Aceptando la verdad, Becca…—respondió Joseph—. Nunca se lo dijiste a nadie, pero nosotros lo sabemos: desde la noche del ataque comenzaste a ver la sangre como pétalos de rosas y espinas. Aquello era una señal de tu alma indicando que quedaste traumada; sin embargo, sacrificaste tu raíz mágica para dársela al entonces capitán Sebastian para evitar que él muriera, haciendo que todo se volviera peor después de eso para tí.
Las campanas que una vez había escuchado, volvieron a sonar. Podía sentir en su interior que era un último llamado para que las almas fueran a aquel punto que los estaba esperando.
—Una vez aceptes que no tuviste culpa alguna, tu alma obtendrá el descanso que tanto merece. Pero, querida Becca, debes aceptar tus sentimientos. Aquellas emociones que, una vez sepultaste, deben salir a la luz. Cuando seas capaz de derramar las lágrimas que tanto has ocultado, comenzarás a ver las cosas como son y el camino tan doloroso, por el que has transitado, desaparecerá—dijo Elena para luego darse la vuelta y continuar avanzando.
—Llora compañera, llora… Ya no estás sola, ahora el futuro podrás enfrentarlo con personas buenas que te aprecian. Por favor, vive—fue lo último que escuchó de sus compañeros.