"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El precio de la seda
Las primeras dos semanas en la mansión Rossi fueron un infierno de lujo y desesperación. Micaela no era una invitada; era un proyecto. Alexander no permitió que diera un solo paso fuera de su suite. El lugar, aunque inmenso y decorado con mármol y sedas, se sentía más estrecho que la celda de la pensión donde vivía.
—¡Alexander, por favor! —suplicó Micaela una mañana, tratando de levantarse de la cama mientras una enfermera le vendaba los pies, todavía hinchados por la desnutrición—. Dijiste que hoy podría cargarlo. Dijiste que Gabriel estaba mejor.
Alexander estaba apoyado en el marco de la puerta, observándola con una frialdad que la hacía sentir como un animal en exhibición. Sostenía una taza de café negro y su mirada recorría el cuerpo delgado de Micaela, deteniéndose en las marcas de las costillas que aún se traslucían bajo su bata.
—Dije que podrías verlo si cumplías con tus lecciones —respondió él, caminando hacia ella con una lentitud amenazante—. Ayer te negaste a comer la dieta que el nutricionista preparó. Lloraste durante tres horas por un hombre que está de luna de miel en una isla privada mientras tú hueles a hospital. No estás cumpliendo tu parte del trato, Micaela.
—¡Quiero ver a mi hijo, no tengo hambre y menos de tu comida cara! —gritó ella, con las lágrimas desbordándose.
Alexander dejó la taza sobre una mesa y, en un movimiento rápido, la tomó de los hombros, obligándola a ponerse de pie. El dolor en el vientre de Micaela fue una punzada eléctrica, pero él no la soltó. La arrastró frente al espejo de cuerpo entero.
—Mírate —le ordenó Alexander, apretando sus dedos en la piel de ella—. Tienes el cabello opaco, la piel gris y los ojos de una perra apaleada. ¿Crees que con esa imagen vas a lograr que Julián Ferrante se arrepienta? Él te verá y sentirá asco. Te dará una moneda y seguirá su camino.
Micaela sollozó, viendo su reflejo. Era verdad. Se veía destruida.
—Si quieres a ese niño —continuó Alexander, bajando la voz hasta convertirla en un susurro oscuro—, vas a dejar de llorar. Vas a comer cada gramo de lo que te den. Vas a dejar que los estilistas te arranquen esa piel muerta y te conviertan en una reina. Solo cuando dejes de ser una víctima, te dejaré ser madre.
Él la soltó bruscamente y ella cayó sobre la cama, temblando. Alexander hizo una señal y tres mujeres vestidas de uniforme gris entraron con maletas llenas de productos, telas y cepillos.
—Tienen ocho horas —dijo Alexander antes de salir—. Quiero que para la cena, mi esposa parezca un ser humano y no un desecho del sur.
El resto del día fue un proceso humillante. Le frotaron la piel con sales que le ardían en las llagas de las manos, le cortaron el cabello maltratado y le aplicaron mascarillas que se sentían como cemento sobre su rostro cansado. Cada vez que Micaela intentaba preguntar por Gabriel, las mujeres guardaban un silencio absoluto.
Al caer la tarde, Micaela estaba agotada. La vistieron con un camisón de seda negra que resbalaba sobre su piel como agua fría. Sus manos estaban suaves por primera vez en años, pero sentía que su identidad se estaba borrando bajo capas de cremas y perfumes.
La puerta se abrió y entró una enfermera con un monitor portátil. En la pantalla, Micaela pudo ver a Gabriel. Estaba en una incubadora, rodeado de cables, pero dormía tranquilo. Tenía los puños cerrados y el poco cabello que se le veía era oscuro, igual al de Julián.
—Diez minutos —dijo la enfermera, poniendo el monitor sobre la mesita—. Órdenes del señor Rossi.
Micaela se pegó a la pantalla, tocando el cristal con las yemas de los dedos. Lloró en silencio, hablándole a la imagen. —Pronto estaremos juntos, mi amor. Mamá va a hacer todo lo que ese hombre diga, solo para sacarte de aquí.
Exactamente a los diez minutos, la enfermera apagó el monitor y salió. El silencio que quedó fue más pesado que el dolor físico.
Minutos después, Alexander entró para la cena. La mesa estaba servida en la suite. Él la observó detenidamente, recorriendo con la vista el camisón de seda que marcaba su figura. Se acercó a ella y, con una posesión absoluta, le tomó un mechón de cabello y lo olió.
—Mucho mejor —murmuró Alexander—. Mañana vendrán los profesores de finanzas y etiqueta. No solo vas a lucir como una Rossi, vas a pensar como una. Vas a aprender cada debilidad de las empresas Ferrante.
—¿Y cuándo voy a ser libre, Alexander? —preguntó ella, con una voz que ya no sonaba tan quebrada.
Alexander se sentó frente a ella y le sirvió una copa de vino tinto. Sus ojos grises brillaron con una luz peligrosa.
—Nunca, Micaela. Firmaste un contrato de por vida. Pero no te preocupes, la libertad está sobrevalorada. El poder, en cambio, es adictivo. Y cuando veas a Julián Ferrante arrodillado frente a ti, me darás las gracias por estas cadenas de oro.
Micaela tomó los cubiertos de plata, sintiendo su peso frío. Comió cada bocado de la carne cara, aunque le supiera a ceniza. Alexander la observaba comer con una sonrisa satisfecha, la sonrisa de un hombre que ha encontrado el juguete perfecto y no tiene ninguna intención de soltarlo.
La transformación había comenzado. La chica del callejón estaba muriendo, y en su lugar, bajo el control obsesivo de Alexander Rossi, estaba naciendo un arma de belleza y odio.