Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 13
Damián no la llevó de vuelta al centro del salón para un vals aburrido. Hizo una señal a la orquesta y, de repente, el ritmo cambió. Las cuerdas se volvieron profundas, agresivas y melancólicas. Un tango empezó a rugir, silenciando los murmullos de la élite.
Él la tomó de la cintura con una fuerza que le recordó quién mandaba, pegando el cuerpo de ella al suyo sin dejar un solo milímetro de aire entre ambos. Renata pasó su pierna por el costado de la de Damián en un movimiento fluido, su vestido de seda negra subiendo peligrosamente por su muslo.
—Bailas como si estuvieras planeando un asesinato, Renata —susurró él contra su oído, su aliento caliente enviando descargas eléctricas por su columna.
—Y tú me sostienes como si fuera tu propiedad más peligrosa —respondió ella, inclinándose hacia atrás mientras él la sostenía sobre su brazo, sus rostros a centímetros de distancia.
La pista se calentó. Sus movimientos eran una coreografía de guerra y deseo. Cada paso de Damián era dominante, marcando el territorio, mientras Renata respondía con una agilidad felina, desafiándolo con la mirada. Los invitados observaban hipnotizados; no era un baile, era una consumación pública de su poder.
Cuando la música alcanzó su clímax, Damián la atrajo hacia sí con un tirón violento, sellando el baile con una intensidad que dejó a Renata sin aliento.
—Suficiente teatro por hoy —gruñó él, sus ojos oscuros brillando con una promesa oscura—. Tenemos invitados esperándonos en el sótano.
La finca Bustamante estaba a veinte minutos de la mansión Vane, un búnker de lujo oculto tras hectáreas de bosque privado. Damián guio a Renata por una escalera de piedra que descendía hacia las profundidades de la propiedad.
Al abrirse la pesada puerta de acero, el olor a hierro y humedad golpeó a Renata. Pero no se asustó. Al contrario, sus pupilas se dilataron.
El sótano no era una bodega. Era una sala de "interrogatorios" de alta tecnología mezclada con herramientas que parecían sacadas de un museo de la inquisición. Ganchos de acero, mesas de disección y una pared llena de instrumentos de precisión que brillaban bajo la luz fluorescente.
En el centro, atados a sillas de hierro, estaban David y Marcus.
David lloriqueaba, su ropa de marca ahora rota y empapada de sudor. Marcus, con el hombro vendado de forma tosca, mantenía una mirada de odio, aunque sus manos temblaban. Damián se quitó el saco negro y se arremangó la camisa blanca, revelando sus antebrazos tatuados y fuertes.
—¿Qué es esto, Damián? —preguntó Renata, caminando lentamente por la habitación, acariciando con sus dedos largos el filo de un escalpelo de plata. Su voz no tenía miedo; tenía curiosidad.
—Mi santuario de la verdad —respondió él, tomando una vara de metal y acercándose a David—. Aquí es donde los hombres dejan de mentir para empezar a suplicar. ¿Te asusta, mi reina?
Renata se detuvo frente a David. El hombre que ella creyó amar la miró con horror, viendo en sus ojos algo que nunca había notado: una oscuridad que superaba a la de Damián.
—No me asusta —dijo ella, soltando una risa pequeña y gélida—. Me fascina. Me fascina que seas tan honesto con tu naturaleza, Damián.
Damián no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido, impactó la vara en la rodilla de David. El grito de dolor desgarró el aire del sótano. La sangre salpicó la camisa blanca de Damián, manchando el cuello y su mejilla.
Damián se giró hacia ella, con una gota de sangre corriendo por su pómulo, luciendo como un demonio hermoso y letal.
—Estoy loco, Renata —dijo él, acercándose a ella, su respiración agitada—. Soy un monstruo que disfruta rompiendo a los que intentan tocarte. ¿Todavía quieres estar al lado de un hombre que tiene las manos manchadas así?
Renata extendió su mano y, con el pulgar, limpió la sangre de la mejilla de Damián. Luego, ante la mirada horrorizada de David, ella se llevó el dedo a los labios, probando el sabor metálico del triunfo.
—Estás loco —susurró ella, enredando sus dedos en el cabello de él y obligándolo a bajar la cabeza—. Pero yo también lo estoy. Por eso te elegí. Porque entre locos nos entendemos, y nadie más podría soportar el fuego que llevamos dentro.
Damián la atrapó contra la mesa de tortura, ignorando los lamentos de los hombres al fondo. La besó con una ferocidad hambrienta, sus manos manchadas de sangre dejando marcas en la seda negra de su vestido.
—Si somos dos locos contra el mundo —gruñó él contra su boca—, entonces compadezco al mundo. Porque esta noche, Marcus y David son solo el aperitivo. Mañana iremos por el Senador.
Renata sonrió contra sus labios, sintiendo el calor de la adrenalina y el deseo. David Morana, desde su silla, comprendió finalmente que la mujer que había despreciado nunca fue una oveja perdida. Era la loba que siempre había pertenecido al alfa que ahora la devoraba frente a sus ojos.
La verdadera tortura para David no era el dolor físico, sino ver que Renata Vane finalmente había encontrado su lugar: en el centro del caos, protegida por un monstruo que la amaba por su oscuridad, no a pesar de ella.
Vamos a ver qué pasa con el Presi