«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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El nombre que no figura
Seraphine estaba sentada en una de las mesas de la biblioteca universitaria cuando su teléfono vibró. Llevaba buena parte de la mañana revisando las fotografías de la Colección Ardent, intentando encontrar alguna referencia que les permitiera avanzar sin depender exclusivamente del expediente complementario.
Hasta entonces, no había descubierto nada nuevo.
Abrió el correo.
La universidad había recibido su solicitud de consulta, pero el acceso al expediente seguía pendiente. Antes de autorizarlo, debían localizar la referencia original y determinar si la documentación continuaba bajo custodia de la institución o había sido trasladada.
Seraphine releyó el mensaje.
—¿Buenas noticias? —preguntó Eveline, que acababa de dejar dos cafés sobre la mesa.
—Depende de tu definición de buenas noticias.
—Si no incluye que alguien nos persigue con un hacha, voy a considerarlas excelentes.
Seraphine giró la pantalla hacia ella.
Eveline leyó el correo y suspiró.
—Bueno. Al menos no han dicho que el expediente nunca existió.
—Todavía no.
—Seraphine, no puedes responder a cada noticia con una posibilidad terrible.
—Puedo hacerlo. No significa que deba hacerlo.
Eveline la observó durante un instante.
—Eso ha sonado sospechosamente razonable.
Seraphine sonrió y guardó el teléfono.
La respuesta no les proporcionó el documento que necesitaban, pero confirmaba algo concreto: la universidad estaba intentando localizarlo. No tenían motivos para afirmar que alguien lo hubiera retirado deliberadamente ni que la demora estuviera relacionada con el mensaje anónimo.
—Voy a escribirle a Lucien —dijo Seraphine—. Quizás pueda averiguar si existe algún registro de traslado.
—Y yo revisaré las referencias de la colección. Si el expediente aparece mencionado en otra correspondencia, podremos encontrar una fecha más precisa.
—Sin convertir cada coincidencia en una conspiración.
Eveline levantó su vaso de café.
—Brindemos por nuestra nueva afición: no sacar conclusiones precipitadas.
Seraphine chocó suavemente su vaso contra el de ella.
—Una afición terriblemente aburrida.
—Pero útil. Y, con suerte, menos peligroso que nuestras aficiones anteriores.
Ambas se rieron.
Después, Seraphine abrió una nueva entrada en su registro de investigación y anotó la respuesta recibida. Separó los hechos confirmados de las preguntas pendientes, tal como había comenzado a hacer desde que descubrió el retrato y los documentos relacionados con la antigua capilla.
El expediente no estaba localizado.
La universidad aún no había confirmado ningún traslado.
Y el mensaje anónimo seguía sin remitente conocido.
Por ahora, eso era todo.
En Nocthar, Darius Vhal había encontrado una referencia adicional en un registro de correspondencia antigua.
El documento mencionaba una consulta realizada por un intermediario cuyo nombre estaba parcialmente borrado. En otra entrada, fechada posteriormente, apareció una referencia a una oficina encargada de recibir documentación procedente de otros territorios.
No había una firma que permitiera identificar al intermediario. Tampoco existía una lista que confirme qué documentos se habían presentado.
Darius comparó las dos entradas.
Las fechas eran distintas. La segunda podía corresponder a una operación posterior relacionada con la primera, pero también podía pertenecer a un trámite independiente.
No tenía pruebas suficientes para elegir entre ambas posibilidades.
Llevé los documentos al despacho de Kaelith.
—Encontré una referencia adicional —explicó, colocando las hojas sobre el escritorio—. No identifica al intermediario, pero menciona una oficina receptora.
Kaelith examina la escritura.
—¿La oficina sigue existiendo?
—La institución sí. El departamento fue reorganizado varias veces. Estoy comprobando dónde terminaron sus registros.
—¿La referencia aparece en otros documentos?
—En dos. Uno registra una recepción sin especificar el contenido. El otro menciona una revisión documental, pero no confirma que pertenezca al mismo expediente.
Kaelith levantó la mirada.
—Entonces tenemos varias entradas incompletas.
—Varias entradas que podrían estar relacionadas —corrigió Darius—. No es lo mismo.
El soberano guardó silencio unos segundos.
—Tienes razón.
La admisión sorprendió a Darius más de lo que habría querido reconocer.
Kaelith volvió a examinar los documentos.
—Continúa con la oficina receptora. Necesitamos conocer el recorrido de esos registros antes de decidir si tienen alguna relación con la investigación de Seraphine.
Darius reconoció las hojas, pero no se marchó inmediatamente.
—Hay otra anotación que considero importante.
Kaelith le indicó que continuaría.
Darius abrió una hoja distinta. No procedía del mismo registro, sino de un inventario consultado durante la investigación de los documentos antiguos.
En el margen alguien había escrito:
«El nombre no debe incorporarse al registro hasta confirmar la identidad del testigo».
Kaelith leyó la frase dos veces.
—¿Qué nombre?
—No lo indica.
—¿Qué testigo?
—Tampoco.
—Sabemos cuándo se añadió la nota?
—Sin precisión. La tinta es diferente de la utilizada en el resto de la página, pero eso no demuestra cuándo se escribió ni quién lo hizo.
Kaelith apoyó los dedos sobre el escritorio.
La palabra testigo le produjo una presión leve detrás de los ojos. Por un instante, sentí que estaba a punto de recordar algo. No llegó a ver la habitación blanca ni la mesa redonda que había aparecido en su visión anterior.
Solo quedó una impresión fugaz, tan incompleta que no podía confiar en ella.
Cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, la sensación había desaparecido.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Darío.
-Si.
Kaelith apartó la hoja y respiró despacio.
—Verifica la procedencia de esta anotación. No la atribuyas a la misma persona que escribió las otras.
—Lo haré.
—Y mantenga este registro separado de los documentos sobre el intermediario hasta que encuentres una referencia que permita conectarlos.
Darius inclinó la cabeza.
—Entendido.
Cuando el general se dirigió a la puerta, Kaelith lo llamó una vez más.
—Darius.
Él se detuvo.
—No salgas a perseguir a nadie por una sospecha.
—No tenía intención de hacerlo.
—Me alegra oírlo.
Darius lo miró con una mezcla de cansancio y resignación.
—Está empezando a resultar difícil distinguir cuándo me da una orden y cuándo intenta demostrar que confía en mí.
Kaelith sostuvo su mirada.
—Cuando vuelva a confiar en ti sin reservas, no necesitarás preguntarlo.
La respuesta fue dura, pero no injusta.
Darius ascendió y salió sin discutir.
Kaelith permaneció frente al escritorio, mirando la frase que había quedado sobre la mesa.
No sabía si el testigo mencionado había participado en el juramento de los olvidados. Ni siquiera sabía si el documento procedía de la misma época que los acontecimientos que intentaba recordar.
Sin embargo, la palabra había despertado en él una sensación que no podía ignorar.
No era un recuerdo.
Todavía no.
Elyndra Caelith aprendido había a desconfiar de los silencios demasiado perfectos.
Durante siglos había custodiado juramentos, promesas y recuerdos que otros consideraban demasiado peligrosos para conservar. Sabía que un silencio podía proteger una verdad, ocultarla o convertirla en algo irreconocible.
Aquella tarde volvió a examinar el registro de custodia del cristal.
La voz que había pronunciado el nombre de Seraphine seguía resonando en su memoria.
Si alguna vez dudas de lo que prometemos...
La frase nunca había terminado.
Elyndra había revisado los sellos, la superficie del cristal y las anotaciones de sus antiguas custodias. No había encontrado señales concluyentes de manipulación, pero tampoco podía descartar que el registro estuviera incompleto.
Tomó una hoja y escribió tres preguntas:
¿Quién pronunció la promesa?
¿Quiénes estaban presentes?
¿Qué debía recordar Seraphine si alguna vez regresaba?
Se quedó mirando la última.
No sabía si la antigua petición de Seraphine —no entregarle la verdad hasta que pudiera soportarla— seguía siendo válida en las circunstancias actuales. Tampoco sabía si interpretarla como una orden significaba traicionar la intención de quien la había pronunciado.
El cristal no le proporcionó todas las respuestas.
Solo le recordaba que, en algún momento, Seraphine había temido que la verdad le fuera entregada demasiado pronto.
Elyndra guardó la hoja junto al registro.
No volvería a forzar el cristal para obtener una respuesta. Si existía una manipulación, debía encontrarla mediante pruebas. Si el recuerdo estaba incompleto, tendría que aceptar sus límites.
Y si la promesa había sido pronunciada por varias personas, quizás ninguna de ellas hubiera comprendido todas sus consecuencias.
Antes de cerrar el archivo, Elyndra revisó una vez más la fecha de la última inspección del cristal.
La anotación no presentaba irregularidades evidentes.
Eso no demostraba que el recuerdo estaba intacto.
Pero tampoco justificaba afirmar que alguien lo había alterado.
Por ahora, debía conformarse con lo que sabía.
Y esperar.
El hombre del abrigo gris recibió la noticia al anochecer.
La solicitud para localizar el expediente complementario había sido registrada.
No conocía los detalles de la petición ni podía asegurar que se tratara de la misma investigación que había seguido durante los últimos días. Sin embargo, la referencia a la Colección Ardent y al cuarto volumen le hizo comprender que otras personas estaban acercándose a los mismos documentos que él llevaba tiempo intentando entender.
Sacó la tarjeta antigua de su carpeta.
La primera anotación seguía siendo legible. La segunda, escrita a mano, continuaba sin una firma que permitiera identificar a su autor.
«No entregar al solicitante hasta confirmar si el testigo conserva el recuerdo».
Había conservado aquella tarjeta durante años sin saber si algún día tendría que utilizarla.
Ahora, alguien buscaba un expediente cuya relación con ella todavía no podía demostrar.
Podía seguir esperando.
Podía destruir la tarjeta.
O podía entregarla a quienes estaban investigando.
Ninguna opción le garantizaba que la verdad permaneciera intacta.
El hombre tomó su teléfono y abrió la conversación sin nombre.
Escribió un mensaje:
Necesito saber qué buscan exactamente en el expediente complementario.
Lo leyó dos veces.
Después lo borró.
No tenía manera de saber quién estaba detrás de la solicitud de consulta. Tampoco sabía si las personas que buscaban el volumen comprenderían lo que significaba aquella anotación.
Entregar la tarjeta sin conocer sus intenciones podía poner en manos equivocadas una pista cuyo origen ni siquiera él comprendía por completo.
Guardó el teléfono.
Todavía no.
Antes de revelar lo que conservaba, necesitaba averiguar qué sabían realmente los investigadores y qué esperaban encontrar.
Porque, si la anotación decía la verdad, el documento que faltaba quizás no fuera importante únicamente por lo que contenía.
Quizás también importe por la persona a la que mencionaba.
Aquella noche, Seraphine se reunió con Kaelith en el jardín interior de su residencia.
Había elegido un lugar abierto, lejos de los pasillos silenciosos y de las puertas que parecían esconder más secretos que respuestas. Kaelith llegó a la hora acordada y no hizo ningún comentario sobre su elección.
Seraphine le contó lo que había recibido de la universidad.
—Todavía no han localizado el expediente —concluyó—. Pero están intentando seguir la referencia.
—¿Y Lucien?
—Va a comprobar si existe algún registro de traslado. Eveline revisará la correspondencia de la colección.
Kaelith.
—Darius encontró otra anotación. Habla de un nombre que no debía incorporarse al registro hasta confirmar la identidad de un testigo.
Seraphine dejó de caminar.
—¿Un testigo?
-Si. Pero el documento no identifica a la persona ni explica qué debía registrarse.
—Crees que tiene relación con el juramento?
—No lo sé.
Seraphine lo miró con atención.
—Y... ¿Qué sentiste cuando lo leíste?
Kaelith tardó un momento en responder.
—Reconocimiento. O algo parecido. Pero no se observó nada concreto.
—Entonces no lo trataremos como un recuerdo.
-No.
Seraphine continuó caminando junto a él.
—Quizá la palabra se repite porque los documentos pertenecen a un mismo asunto. O quizás sea un término habitual en los registros de aquella época.
—Ambas posibilidades siguen abiertas.
—Me alegra que no sea la única intentando evitar conclusiones precipitadas.
Kaelith le dedicó una sonrisa discreta.
—No te acostumbres demasiado. Podría estropear mi reputación.
—¿Qué reputación?
—La de soberano temible.
Seraphine lo examinó de arriba abajo.
—Creo que sobrevivirá.
Kaelith terminó sintiéndose ofendida.
Ella se rio y, después de unos pasos, tomó su mano.
—Si encontramos al testigo —dijo—, no podemos asumir que quiera hablar.
—Ni que recuerde lo ocurrido.
—Ni que su recuerdo sea completo.
Kaelith entrelazó los dedos con los de ella.
—Entonces tendremos que escucharlo antes de decidir qué significa.
Seraphine apoyó brevemente la cabeza contra su hombro.
—Eso suena peligrosamente sensato.
—Estoy haciendo un esfuerzo extraordinario.
—Lo noto.
Permanecieron en silencio durante unos instantes.
No había respuestas nuevas. El expediente seguía sin localizarse, el hombre del abrigo gris conservaba su tarjeta y los recuerdos de Kaelith continuaban fragmentados.
Pero aquella noche ninguno intentó llenar el silencio con una explicación inventada.
Y, para Seraphine, eso también era una forma de avanzar.
En una habitación que no pertenecía a ninguno de los archivos consultados por Seraphine o Darius, alguien revisaba una carpeta de documentos antiguos.
No había una lista de nombres que pudiera vincularse con la investigación ni una anotación que revelara la identidad del testigo.
Solo había correspondencia incompleta, referencias a documentos que ya no estaban en su lugar original y una hoja cuya procedencia aún debía verificarse.
La persona que la sostenía se detuvo ante una frase escrita en el margen:
«La identificación queda pendiente de confirmación».
No era una revelación.
No demostraba que existiera una conspiración ni que los documentos pertenecieran al juramento de los olvidados.
Pero indicaba que alguien, en algún momento, había decidido no completar un registro hasta obtener información adicional.
La persona volvió a guardar la hoja.
Todavía no tenía lo necesario para identificar al testigo.
Y no estaba dispuesta a cometer el error de confundir una sospecha con una certeza.
Antes de cerrar la carpeta, dejó una nota para sí misma:
Localizar el registro original. Verifique la procedencia. No atribuir la anotación sin pruebas.
Después apagó la lámpara.
La investigación continuaría.
Y, por ahora, el nombre que faltaba seguiría sin figurar.
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