Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Revisión
Después de aquella discusión, decidí hacer algo muy sencillo.
No hablar de Knox.
No verlo.
No pensar en él.
Y, sobre todo, no volver a mencionar la palabra matrimonio.
Si quería ignorar el problema durante unas horas, tenía una solución.
La universidad.
Mis libros.
Mis apuntes.
Mis trabajos.
Cualquier cosa que mantuviera mi cabeza ocupada.
Y funcionó.
Más o menos.
Me sumergí completamente en mis estudios.
Pasaba horas leyendo.
Tomaba apuntes.
Preparaba trabajos.
Revisaba temas que ni siquiera tenía que estudiar todavía.
Mis padres intentaban que descansara, pero yo necesitaba hacer algo.
Necesitaba sentir que mi vida todavía me pertenecía.
—Blair, llevas cuatro horas con esos apuntes.
Mi madre apareció en la puerta.
—Estoy bien.
—No te pregunté eso.
—Estoy estudiando.
—Eso sí lo veo.
Me miró con preocupación.
—También sé por qué lo haces.
No respondí.
Ella entró y dejó un vaso de agua sobre mi escritorio.
—No tienes que solucionar todo hoy.
—Lo sé.
Mentira.
Sentía que tenía que solucionarlo todo.
Pero no sabía por dónde empezar.
Así que estudiaba.
Hasta que llegó el día de mi primera revisión.
Tenía una cita médica para controlar el embarazo y saber cuánto tiempo llevaba.
La palabra embarazo todavía me resultaba extraña.
Esa mañana me desperté antes de que sonara la alarma.
Me quedé mirando el techo.
Hoy iba a verlo.
O, mejor dicho…
Iba a ver al bebé.
Sentí nervios inmediatamente.
No sabía cómo funcionaba una ecografía.
No sabía qué iban a preguntarme.
No sabía qué iba a sentir.
Y lo peor era que iba a ir sola.
Mi madre me había ofrecido acompañarme.
Varias veces.
Pero yo había dicho que no.
No porque no quisiera que estuviera conmigo.
Simplemente necesitaba hacer algo por mi cuenta.
Aunque me aterrara.
Me vestí despacio.
Tomé mis documentos.
Guardé el teléfono en el bolso.
Y antes de salir me miré al espejo.
—Puedes hacerlo.
No sonó demasiado convincente.
⸻
La sala de espera estaba llena.
Me senté en una esquina con las manos sobre el bolso.
Había otras mujeres acompañadas.
Algunas hablaban con sus parejas.
Otras estaban con sus madres.
Yo estaba sola.
Intenté no mirar demasiado.
Abrí el teléfono.
Revisé mensajes.
Nada importante.
Entonces escuché mi nombre.
—¿Blair?
Levanté la cabeza.
—Sí.
Me levanté.
Sentí las piernas un poco débiles.
Seguí a la médica hasta el consultorio.
Ella sonrió amablemente.
—Es tu primera consulta, ¿verdad?
—Sí.
—¿Estás nerviosa?
Solté una pequeña risa.
—Muchísimo.
—Es normal.
Me hizo algunas preguntas.
La fecha de mi última menstruación.
Mis síntomas.
Los vómitos.
Los mareos.
Respondí todo lo mejor que pude.
Después llegó el momento de la ecografía.
Me recosté.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Tranquila —me dijo la médica—. Vamos a verlo.
La pantalla se encendió.
Yo miré sin entender demasiado.
Al principio solo vi formas.
Grises.
Negras.
Blancas.
—Ahí está.
La voz de la médica fue tranquila.
Me quedé mirando.
—¿Ahí?
—Sí.
Señaló la pantalla.
Y entonces lo vi.
Era pequeño.
Muy pequeño.
Pero estaba ahí.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Ese…?
No pude terminar.
—Sí.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
No esperaba llorar.
Mucho menos así.
La médica continuó explicándome lo que estaba viendo y tomó algunas medidas.
—Por las mediciones, estás aproximadamente de…
Me dijo el tiempo estimado.
Me quedé escuchando.
No dije nada.
La cifra hizo que todo fuera todavía más real.
Había pasado muy poco tiempo desde aquella noche.
Aquella noche que ninguno de los dos recordaba.
Miré nuevamente la pantalla.
Y esta vez no pensé en Knox.
No pensé en mis padres.
No pensé en la universidad.
Solo miré aquella pequeña forma.
—Hola —susurré.
La médica sonrió.
—¿Quieres escuchar?
Asentí.
El sonido llenó la habitación.
Un ritmo rápido.
Pequeño.
Pero constante.
Me quedé completamente quieta.
Era un corazón.
El corazón de mi bebé.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
La limpié rápidamente.
—No esperaba…
Mi voz se quebró.
—No esperaba sentir esto.
—Es un momento importante.
Asentí.
Seguí mirando la pantalla.
Y por primera vez desde que había descubierto el embarazo, no sentí solamente miedo.
También sentí algo diferente.
Algo que todavía no sabía nombrar.
Cuando terminé, la médica me entregó las indicaciones y las imágenes.
Las guardé con cuidado.
Salí del consultorio lentamente.
En el pasillo volví a mirar una de las imágenes.
Era difícil distinguir algo.
Pero yo sabía exactamente qué estaba viendo.
Mi bebé.
Sonreí apenas.
Después mi sonrisa desapareció al recordar algo.
Knox no sabía nada de esa revisión.
Y yo tampoco quería decírselo.
Todavía no.
Guardé la ecografía en mi bolso.
Respiré profundamente.
Y regresé a casa sola.
Pero esta vez, aunque seguía teniendo miedo, ya no sentía que estaba completamente sola.
Había alguien conmigo.
Alguien que todavía no conocía.
Y que, de alguna manera, ya había empezado a cambiar mi vida.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono