Ante la alta sociedad, él es un respetable magnate textil y un esposo devoto; en la sombra, es un despiadado mafioso que asesinó al padre de su esposa para doblegarla. Durante años, ella soportó amenazas, humillaciones y el chantaje de perder a su hijo, fingiendo debilidad mientras aprendía en secreto el arte de la supervivencia y la muerte.
Cuando creyó librarse mediante un lento veneno y una huida perfecta, el pasado regresó exigiendo venganza. Ahora, la mujer sumisa que solo "ladraba" ha muerto; en su lugar ha surgido la temida leyenda del bajo mundo conocida como La Pantera Negra. Un ajuste de cuentas definitivo donde el cazador se convertirá en la presa.
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Capítulo 5: La fuga de las sombras y el vacío de la mansión
El amanecer siguiente trajo consigo una calma tensa y calculada a la mansión Monasterio. Las enormes puertas de hierro forjado se abrieron para dejar salir la caravana de vehículos blindados que trasladaba a Rogelio hacia el helipuerto privado. Desde la ventana de su dormitorio, Ariadna observó cómo el coche negro se alejaba por el camino de grava. El mafioso partía rumbo a su viaje internacional con el estómago carcomido por el veneno, convencido de que dejaba a su esposa firmemente atada, vigilada de cerca por su madre Catalina y su exesposa Marcia, y totalmente sometida bajo sus amenazas.
En cuanto el último vehículo desapareció en el horizonte, Ariadna no perdió ni un solo segundo. El plan que había estado tejiendo en las sombras junto a Gael y al pequeño Luciano se puso en marcha con precisión militar.
—Es el momento —susurró Gael, entrando sigilosamente en la habitación principal con una bolsa de lona cargada con identificaciones falsas, dinero en efectivo y un par de armas compactas—. El personal de seguridad de la entrada principal ya ha sido neutralizado temporalmente en los turnos de relevo. Tenemos exactamente dos horas antes de que la señora Catalina o Marcia sospechen algo y vengan a revisar la recámara.
Ariadna asintió con la mandíbula tensa. Se giró hacia su hijo Luciano, quien ya se encontraba esperándola con una mochila pequeña en la espalda, vistiendo ropa cómoda y oscura. A sus siete años, el niño no había derramado una sola lágrima; su mirada reflejaba una fría y silenciosa determinación.
—¿Estás listo, mi amor? —le preguntó Ariadna, agachándose para tomarlo de los hombros y mirarlo fijamente a los ojos.
—Sí, mamá —respondió Luciano con voz firme, sin vacilar un instante—. Sé defenderme. No voy a llorar ni a tener miedo. Vamos a buscar a la abuela Carmen y a la tía Diana.
—Así se habla —terció Gael con una sonrisa de aprobación contenida, abriendo la puerta con sigilo—. He preparado un coche discreto en la parte trasera de la propiedad. Vamos a la casa de tu madre de inmediato; ellas ya tienen sus maletas listas, tal como lo acordamos anoche por el teléfono cifrado.
El trayecto hacia la modesta casa donde se recuperaba doña Carmen transcurrió en completo silencio. Al llegar, Ariadna y Gael ingresaron rápidamente. Encontraron a Carmen —aún con los moretones visibles en el rostro a causa de la brutal agresión ordenada por Rogelio días atrás— y a la joven Diana esperándolas con el corazón en la boca.
—¡Hija, bendito sea Dios, por fin nos vamos de este infierno! —exclamó Carmen con la voz quebrada por el miedo y el alivio, abrazando fuertemente a Ariadna y a su nieto Luciano.
—No hay tiempo para llorar, mamá —le advirtió Ariadna con voz tajante pero amorosa, separándose del abrazo y entregándoles un sobre con documentos de identidad nuevos y dinero—. A partir de este momento, ya no somos las Rangel que ellos conocen. Nos cambiamos de nombres, de apariencia y de vida. Rogelio descubrirá pronto lo que firmó anoche entre los contratos de exportación, y cuando regrese del viaje o se entere de que huimos, nos buscará hasta debajo de las piedras. Tenemos que desaparecer del mapa por completo.
Diana, con apenas quince años pero con una madurez forzada por las circunstancias, asintió con rapidez, colocándose una gorra oscura y tomando su mochila.
—Entendido, hermana. Estoy lista. Hagamos lo que tengamos que hacer para sobrevivir.
Bajo la coordinación experta de Gael —quien decidió renunciar a su puesto como la sombra de Rogelio para unirse definitivamente al destino de Ariadna y protegerlas—, el grupo abandonó la ciudad en un vehículo modesto, sin rastro digital, cruzando fronteras estatales hasta perderse en una bulliciosa y lejana metrópoli donde el bajo mundo y las altas esferas de la mafia jamás imaginarían buscar a una simple diseñadora de modas y a su familia.
Días después, el caos estalló en la mansión Monasterio. Cuando Marcia y Catalina descubrieron que la habitación de Ariadna estaba vacía, que el niño no estaba en la escuela y procedieron a revisar el despacho de Rogelio buscando documentos, se toparon con la tétrica realidad: al abrir la copia del fajo de papeles que Rogelio había rubricado apresuradamente antes de viajar, descubrieron atónitas que entre los contratos textiles iba el acta de divorcio por mutuo acuerdo con la renuncia total de bienes y la transferencia irrevocable de la custodia y el apellido del niño a favor exclusivo de Ariadna. El escándalo sacudió los cimientos de la familia mafiosa, amplificado por una llamada desesperada desde el extranjero: el estado de salud de Rogelio se había desplomado de forma crítica. Los médicos locales le diagnosticaron un cáncer de estómago fulminante y sumamente avanzado, acelerado por el veneno que circulaba por su torrente sanguíneo.
Rogelio, postrado en una camilla extranjera, con el estómago destrozado y enterándose a través de su madre por teléfono de que su esposa lo había burlado legalmente firmando su propio divorcio y quitándole a su hijo, juró que las encontraría cueste lo que cueste. Desconocía por completo el paradero de su exesposa y su hijo, mientras el tiempo comenzaba a correr en su contra en medio de la enfermedad y la desesperación.