La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 14: El Regreso del Señor de las Sombras
El viento del norte aullaba como una bestia herida, arrastrando consigo partículas de hielo que cortaban la piel como cuchillos invisibles, y bajo aquel cielo de plomo pesado, la columna de jinetes avanzaba lenta pero inexorable, como una marea oscura que regresa a su origen. La nieve cubría la tierra hasta donde alcanzaba la vista, un sudario blanco y silencioso que se extendía sobre valles y colinas, sobre bosques de pino cargados de invierno, sobre los caminos que llevaban directo al corazón de las tierras de Duskbringer. Y al frente de todos, montado sobre un corcel de pelaje negro como la medianoche, avanzaba Aleric.
Su figura se recortaba contra el horizonte gris, imponente, inmóvil, como si él mismo fuera parte de la piedra y el hielo de su territorio. Iba envuelto en una capa gruesa de lana oscura, salpicada de escarcha, y bajo el capó se adivinaba el rostro que tantos conocían y pocos se atrevían a mirar de frente: rasgos fuertes y marcados, tallados con la crudeza de un invierno eterno, una nariz recta y afilada, labios finos sellados en una línea que nunca revelaba lo que pensaba. Su cabellera, blanca y plateada como la luna sobre la nieve, caía de forma rebelde sobre su frente, mechones que el viento agitaba sin descanso, brillando con un resplandor frío y sobrenatural que lo distinguía de todos los que lo rodeaban. Pero eran sus ojos lo que dejaba sin aliento a quien osaba cruzarse con él: rasgados, de un violeta intenso, tan profundos que parecían absorber toda la luz, una mirada que perforaba, que veía más allá de las palabras y las máscaras, que había visto demasiada muerte para ser inocente y demasiada traición para ser suave. Era la encarnación misma del poder, de una autoridad que no necesitaba gritar para ser obedecida, una presencia altiva y elegante que imponía respeto y temor a partes iguales.
Aleric inhaló el aire helado, sintiendo cómo el frío le quemaba los pulmones, y exhaló un aliento caliente que se evaporó en el instante, convirtiéndose en una nube tenue que desaparecía tan rápido como había nacido. Miró hacia adelante, y allí, elevándose entre la bruma y la nieve, apareció su hogar: la Fortaleza del Crepúsculo, con sus torres oscuras y sus muros de piedra gris que parecían brotar de la tierra misma, firme e inquebrantable frente a los elementos. Y al verla, algo se movió en su pecho, algo que no era alegría ni alivio, sino una tensión nueva, fría y pesada, como una cadena que se aprieta lentamente.
No regresaba solo. Esa era la verdad que no podía apartar de su mente, la sombra que lo había acompañado durante todo el camino de vuelta. En algún lugar, tras aquellos muros gruesos, vivía una mujer. Una mujer a la que no conocía, cuyo rostro no recordaba, cuyo nombre apenas había escuchado mencionar. Harriette. Su esposa. Un matrimonio sellado por tratado, por conveniencia política, por la necesidad de unir nombres y tierras, sin que nadie les hubiera preguntado siquiera si deseaban compartir una vida. Y ahora, tras semanas lejos de casa, volvía para encontrar que su soledad, esa compañera fiel que había protegido durante años, ya no estaba. Su hogar, ese lugar sombrío y silencioso que él había construido piedra a piedra, ya no le pertenecía por completo. Había una extraña en su interior, una mujer que ahora llevaba su apellido, que dormiría bajo su mismo techo, que compartiría su mesa y su destino. Y no sabía qué esperar de ella, ni qué esperar de sí mismo al verla.
—Ahí está, mi señor —dijo una voz a su lado, ronca y satisfecha—. Por fin en casa.
Era Kael, su capitán, su amigo desde la infancia, el hombre que había estado a su lado en cada batalla y cada noche oscura. Aleric asintió sin hablar, sus ojos violetas fijos en la fortaleza que crecía frente a ellos. Detrás de él, sus hombres comenzaron a murmurar, a levantar la vista, a señalar con gestos de alivio las colinas que conocían de memoria. La nieve se hacía más espesa conforme descendían hacia el valle, y el frío, antes soportable, ahora mordía con ferocidad, perforando capas de ropa y piel, clavándose en los huesos como mil agujas diminutas. Pero ninguno de ellos se quejó. Eran del norte. Habían nacido bajo este cielo gélido, y el invierno corría por sus venas tanto como la sangre. Aquel frío no era un enemigo; era el aire de su hogar.
Conforme avanzaban hacia el poblado que se extendía a los pies de la fortaleza, las puertas de las cabañas se abrieron de golpe. Hombres, mujeres y niños salieron al exterior, pisando la nieve sin vacilar, con los rostros encendidos por el frío y la emoción. Y entonces estalló el sonido: aplausos fuertes, rítmicos, que resonaban en el aire helado, mezclados con gritos de bienvenida, de nombres llamados, de risas y llantos ahogados. Las familias corrían hacia los jinetes, se aferraban a sus piernas, abrazaban a sus esposos y hermanos e hijos, y el aire se llenó de un calor que no provenía del sol, sino de la certeza del regreso. Aleric lo observaba todo con una calma que no llegaba a su interior. Sabía que lo hacían por sus hombres, por los que habían vuelto sanos y salvos, por la paz que él había jurado proteger. Sabía que para ellos él era un escudo, un muro contra la oscuridad que amenazaba con devorarlos. Pero él sentía que ese muro se estaba agrietando, que algo nuevo y desconocido estaba a punto de entrar en su vida, y no sabía si sería capaz de resistirlo.
Llegaron por fin a las puertas principales de la fortaleza, enormes, de madera oscura reforzada con hierro, y al abrirse, revelaron un grupo de sirvientes que esperaban con expresiones de asombro y prisa, con las manos entretejidas y los ojos muy abiertos. Nadie esperaba su llegada hasta dentro de tres días. La noticia de su retorno no había llegado antes que él.
El mayordomo, Thorne, un hombre de porte rígido y mirada afilada que había servido en la fortaleza desde antes de que Aleric naciera, salió a su encuentro con pasos rápidos, luchando contra la sorpresa que se reflejaba en cada línea de su rostro. Se inclinó profundamente al llegar ante él, la cabeza baja, las manos entrelazadas delante del cuerpo.
—Mi señor —dijo, y su voz, normalmente firme, tembló levemente—. No esperábamos vuestra llegada hasta dentro de tres días. No tenemos todo preparado para recibiros como merecéis. Las habitaciones no están caldeadas, el banquete no está dispuesto...
—Nos adelantamos —lo interrumpió Aleric, y su voz era grave, profunda, como el retumbar de la piedra contra la piedra, sin rastro de ira, pero con una autoridad que hizo que el mayordomo enderezara la espalda de inmediato—. La frontera está en calma, por ahora. No veo razón para perder tiempo en el camino. Da de comer a los hombres y dales alojamiento. Han recorrido muchas leguas y necesitan descansar.
—Será hecho de inmediato, mi señor —respondió Thorne, y dio las órdenes a los sirvientes con gestos rápidos y precisos.
Aleric desmontó, y sus botas se hundieron en la nieve virgen, sintiendo el frío a través del cuero y la tela. Entregó las riendas a un mozo de cuadra y se quedó un instante mirando la puerta abierta, el umbral entre el exterior gélido y el interior de su hogar. Y por primera vez en mucho tiempo, dudó. Respiró hondo, el aire frío llenándole los pulmones, y cruzó.
El cambio fue inmediato y abrumador. El frío se desvaneció, reemplazado por un calor suave y constante que envolvió su cuerpo como una manta pesada, pero no fue el calor lo que lo detuvo en seco. Fue la luz. Fue la belleza. Fue el orden.
El gran recibidor, aquel espacio amplio y sombrío que él recordaba tan bien, donde las paredes de piedra siempre habían parecido absorber la luz y donde las sombras se acumulaban en cada rincón como polvo olvidado, ahora brillaba. Las antorchas ardían con llamas claras y firmes, iluminando tapices que antes estaban oscurecidos por el tiempo y el descuido, mostrando escenas de cacerías antiguas y batallas del norte que él nunca había visto con tanta claridad. Los suelos de piedra, antes manchados y opacos, brillaban con un pulido que hacía que la luz se reflejara en ellos como en agua estancada, y en las esquinas, en los huecos vacíos que él siempre había ignorado, había arreglos de ramas de pino, bayas rojas y flores de invierno que llenaban el aire con un aroma sutil, fresco y dulce, que contrastaba con el olor a humedad y hierro que siempre había habitado el lugar.
Las paredes, antes desnudas y frías, ahora mostraban cuadros bien dispuestos y estantes con libros y objetos que él no recordaba haber poseído. Todo estaba en su sitio, todo tenía un propósito, y la elegancia que emanaba de cada rincón era tan natural como imponente. Cuando el emperador le había entregado aquella fortaleza, Aleric había hecho lo que podía: administrar lo esencial, mantener las defensas, asegurar que hubiera comida y fuego. Pero el resto se había quedado en penumbra, olvidado, como si él mismo hubiera llevado su sombra a cada estancia. Ahora, el lugar respiraba. Vivía. Y no era obra suya.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó Aleric, y su voz resonó en el recibidor, más fuerte de lo que pretendía, cargada de asombro y de una inquietud que no lograba explicar—. El lugar... no es el mismo que dejé.
Thorne lo miró con respeto, y en sus ojos había algo que parecía orgullo contenido. Se enderezó un poco más antes de hablar, eligiendo cada palabra con cuidado.
—Es la señora, mi señor —dijo con tono solemne—. La archiduquesa. Desde que llegó, no ha perdido un solo día. Reorganizó toda la administración del castillo, revisó cada cuenta, cada almacén, cada habitación. Mandó reparar lo que estaba roto, limpiar lo que estaba sucio, ordenar lo que estaba perdido. Registró cada posesión, cada hectárea de tierra, cada cabeza de ganado, con una minuciosidad que habría envidiado el mejor de los contadores. También ha puesto en orden los jardines del invernadero, que llevaban años abandonados; ahora hay flores y verduras que no deberían crecer en esta época del año. Dijo que una fortaleza no es solo piedra y muros, sino el corazón de quienes la habitan, y que un corazón descuidado se marchita.
Aleric escuchaba cada palabra como si fueran piedras cayendo sobre su pecho. Había imaginado a la mujer que le habían dado como esposa de mil formas distintas: frágil, llorosa, quejumbrosa, acostumbrada a los lujos del sur y horrorizada por la crudeza del norte. Nunca, ni por un instante, había imaginado esto. Nunca había pensado que encontraría a una mujer que tomaría lo que él había dejado en ruinas y lo transformaría con tanta determinación, con tanta inteligencia, con tanta visión. Y aquello, en lugar de tranquilizarlo, lo inquietó profundamente. Porque una mujer así no era una simple esposa política. Era una fuerza. Y no sabía si estaba preparado para enfrentarse a ella.
—¿Dónde está ella? —preguntó, y al decirlo sintió que el corazón le latía con una fuerza inusual, un latido lento y pesado, como el tambor que anuncia la llegada del enemigo.
—Está supervisando los preparativos para esta noche, mi señor —respondió Thorne—. No sabía que llegaríais, pero sin duda querrá veros en cuanto se entere de vuestra presencia.
En ese momento, las pesadas puertas tras ellos se abrieron de nuevo, y sus tres capitanes entraron al recibidor, sacudiendo la nieve de sus capas y riendo en voz baja, con la relajación de quienes ya han llegado a salvo. Pero al levantar la vista y ver el salón, se detuvieron de golpe, las risas murieron en sus gargantas, y se quedaron mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos, sin dar crédito a lo que veían.
—Por las sombras del norte —murmuró Rurik, pasando la mirada de un lado a otro, como si esperara que las paredes desaparecieran ante sus ojos—. Esto no es lo que dejamos. Juro que cuando partimos, este lugar parecía una tumba fría y oscura. Ahora... parece que respira.
—Parece que alguien le ha dado alma a tus muros, Aleric —añadió Darien, acariciando con la mirada un tapiz que antes estaba cubierto de polvo—. Quizá esa esposa tuya no es la flor delicada que todos imaginábamos.
Aleric no respondió. Se quedó de pie en el centro del recibidor, con las manos a los costados, apretadas con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon bajo la piel pálida. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, de dudas crueles, de prejuicios que él mismo se negaba a soltar. Recordó lo que el príncipe heredero le había dicho en la corte, aquellas palabras venenosas sobre una mujer débil, enamorada, fácil de romper. Y por primera vez, dudó de la veracidad de esas palabras. Si la mujer que había hecho todo eso era la misma que él había descrito, entonces no la conocía en absoluto. Y la ignorancia era el peor enemigo de un hombre que vivía rodeado de sombras.
Fue entonces cuando lo escuchó. Un sonido suave, rítmico, el roce de unos tacones finos sobre la piedra pulida. Venía del pasillo principal, aquel corredor largo y majestuoso que se extendía hacia el ala este del castillo, y el sonido resonaba con claridad, acercándose poco a poco, cada paso un latido que se acoplaba al suyo propio. No había vacilación en aquellos pasos, ni prisa innecesaria. Eran firmes, mesurados, la marcha de alguien que sabe exactamente a dónde va y qué encontrará.
Los tres capitanes se callaron de inmediato. Incluso ellos, que conocían cada rincón de la fortaleza, que habían recorrido esos pasillos de noche y de día, se quedaron inmóviles, con la mirada fija en la penumbra del pasillo de donde provenía aquel sonido. Era un sonido delicado, pero al mismo tiempo cargado de autoridad, como si el propio aire se inclinara ante quien avanzaba.
Aleric se quedó rígido, con la respiración contenida sin darse cuenta. Quiso dar un paso adelante. Quiso cruzar esa distancia, verla por fin, ponerle un rostro y una voz a la mujer que era suya por ley y por tratado. Pero sus pies no se movieron. Algo lo retenía, un miedo oscuro y profundo a lo que podría descubrir en ella. Porque si ella era diferente a lo que esperaba, si había en ella una fuerza que igualara la suya, entonces todo lo que él creía saber sobre el mundo, sobre sí mismo, podría desmoronarse.
Y en su interior, esa parte oscura, retorcida y cruel que él ocultaba de todos, tembló. No de miedo a ella, sino de miedo a lo que ella podría despertar en él.
El sonido de los pasos se detuvo. Justo antes de llegar al gran salón, al límite donde la luz de las antorchas se mezclaba con la penumbra del pasillo. Aleric no podía verla aún, pero sabía que estaba ahí. Podía sentir su presencia, como una brisa suave que traía consigo un aroma sutil, una fragancia que no pertenecía a aquel lugar, pero que de alguna manera encajaba perfectamente con él. Podía imaginarla de pie tras la sombra, esperando, observando, decidiendo cuándo revelarse. Y en ese silencio tenso, cargado de todo lo que no se había dicho, el encuentro que cambiaría sus vidas para siempre estaba a punto de ocurrir.
—Archiduque —la voz de Thorne rompió el silencio, suave y respetuoso—. ¿Deseáis que avise a la archiduquesa de vuestra llegada?
Aleric no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada fija en la penumbra del pasillo, donde la silueta apenas se insinuaba, una forma que apenas se distinguía entre las sombras, esbelta y erguida, como una flor que crece entre las rocas y desafía al invierno. Su corazón seguía latiendo con fuerza, lento y pesado, y en su mente se entrelazaban el deseo y la desconfianza, la esperanza y el desprecio hacia sí mismo por sentir algo que no era indiferencia.
—No —dijo finalmente, y su voz salió más baja de lo que pretendía, cargada de una tensión que no podía ocultar—. Déjala que venga. Déjala que sea ella quien cruce el umbral primero.
Y en la sombra del pasillo, Harriette permanecía inmóvil, sabiendo que él estaba ahí, sintiendo su presencia como una pared de piedra que se alzaba frente a ella, y en su pecho, el pasado y el presente luchaban una batalla silenciosa, mientras el futuro, oscuro y hermoso, esperaba a que uno de los dos diera el primer paso.