La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 17: Puertas cerradas y una mente que se rompe
La mujer dio un paso adelante, con las manos entrelazadas con fuerza, los ojos llenos de una súplica que no logró atravesarme.
—Sé que no me vas a perdonar fácil —dijo, con la voz quebrada—. Pero tu padre era un hombre cruel y despiadado. Los Miller me habían expulsado. Mi propio padre había arreglado un matrimonio con alguien mucho mayor para alejarme de todo, pero me dijeron que contigo no podía llevarme. Tuve que elegir entre sobrevivir o quedar atrapada para siempre. Dejé todo lo que pude juntar en una cuenta a tu nombre, con la esperanza de que algún día lo encontraras. No te abandoné por no quererte. Por favor, intenta entenderlo.
La miré con la misma calma con la que se observa un paisaje ajeno. Sin rabia, sin tristeza. Simplemente… indiferencia.
—Tu historia suena muy conmovedora —dije con suavidad que no implicaba calidez—. Pero no tengo forma de saber qué parte es verdad y qué parte es para que suene mejor. Y sinceramente… no me importa descubrirlo. No siento nada por ti. Ni rencor, ni añoranza, ni curiosidad. Simplemente… eres una desconocida que dice ser mi madre. Y mi vida funciona perfectamente sin desconocidos.
—Pero soy tu sangre —susurró, con las lágrimas cayendo ya por sus mejillas—. Eso significa algo. Debe significar algo para ti.
—Significa que compartimos un apellido que no uso y unos rasgos físicos que no elegí —respondí, señalando la calle con determinación—. Pero el parentesco no se hereda. Se construye. Y tú nunca pusiste ni un solo ladrillo en mi vida. Lo mejor que puedes hacer es darte media vuelta y no volver. No te necesito. Y tú… tú necesitas que te necesite. No es lo mismo.
Palideció, y ese cambio de color confirmó que había dado en el blanco, aunque no supiera exactamente por qué.
—No es solo eso… hay cosas que debes saber —insistió, buscando en su bolso—. Cosas que tu padre ocultó, documentos…
—Guárdalos —la interrumpí—. Si algún día quiero saber tu versión, sabré dónde encontrarte. Pero hoy no es ese día. Y quizás nunca lo sea. Adiós.
Se quedó con la mano suspendida en el aire, luego la bajó lentamente. Comprendió que no había puerta abierta, ni siquiera una rendija. Se dio media vuelta con paso pesado y se marchó sola. Cerré la puerta, eché el cerrojo con un clic firme, y me quedé un instante con la mano aún en el picaporte. Alivio. Solo alivio. Y una pregunta pasajera, apenas un pensamiento sin peso: ¿Será que todo lo que dice es mentira? Sacudí levemente la cabeza. No importaba. Lo que fuera cierto o falso de su historia… no cambiaba mi vida. No necesitaba respuestas que nunca pedí. Me alejé de la puerta y el asunto quedó cerrado para mí.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, el aire se sentía más pesado. Dalila estaba de pie frente al espejo del pequeño baño de la habitación hospitalaria. Se aferraba al borde del lavabo con los nudillos blancos por la fuerza. Respiraba entrecortada, como si le faltara el aire. Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza. No debería importarme tanto… pero me lo quitó. Me lo quitó todo.
Salió del baño y vio a Violeta sentada en la cama, pálida, abrazando sus piernas. La niña levantó la mirada y al encontrarse con los ojos de su madre… bajó la cabeza despacio. Dalila dio un paso hacia ella y se detuvo. No la tocó. Pero su voz se quebró, afilada y temblorosa.
—Tenías que estar más enferma —dijo, y no supe si se lo reprochaba a ella o a sí misma—. Solo necesitaba que él se quedara. Solo eso. Y no pudiste ayudarme. Nunca puedes.
Violeta no lloró. Solo se encogió un poco más, abrazándose a sí misma, esperando que la tormenta pasara sin tocarla. Dalila se giró de golpe y empezó a caminar de un lado a otro, frotándose las manos con desesperación. Su respiración se aceleró de nuevo. Se detuvo junto a la ventana, mirando hacia la nada. Y por primera vez, el miedo la recorrió: ¿Qué estoy pensando? Esto no soy yo… Pero la imagen de Morana, sonriendo segura, feliz con sus hijos, borró esa duda. Sacó su teléfono con manos que le temblaban visiblemente. Buscó un número que tenía guardado en una carpeta antigua, protegida con contraseña. Lo marcó. Le contestaron al tercer tono. Ella miró hacia la puerta entreabierta, asegurándose de que nadie escuchara. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro rasgado, tenso, aterrador.
—Soy yo. No preguntes quién soy ni cómo conseguite mi número. Solo escucha… necesito que hagas algo por mí. Te pagaré el doble. El triple, lo que sea. El lunes… temprano. La escuela privada de los hijos de Morana Miller. Los esperas a la salida. Y… que no lleguen a casa. Que se pierdan. Que nadie los encuentre nunca. ¿Me has oído? Que no vuelvan.
Colgó de golpe, como si el teléfono quemara en sus manos. Se dejó caer en una silla, con el corazón golpeándole contra las costillas como un pájaro encerrado. Y entonces una sonrisa lenta, sombría y que no llegó a sus ojos, se dibujó en sus labios. Se giró y vio que Violeta la observaba desde la cama, con los ojos muy abiertos, húmedos y silenciosos. Dalila no sintió remordimiento. Solo pensó: Pronto todo será mío. Solo mío.
En ese instante, en su casa, Morana se detuvo en medio de la sala. Una sensación repentina, fría y sin nombre, le erizó la piel. Miró hacia la ventana, hacia la calle tranquila, y frunció el ceño por una fracción de segundo. Luego negó con la cabeza. Solo fue el viento. Solo fue el silencio. Y siguió con lo suya, ajena a que en ese preciso instante, el peligro ya tenía nombre y propósito.
palabras de la autora:
A diferencia de mi otras villanas, Dalila ira perdiendo la cordura poco a poco, eso la hará muy peligrosa.