De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 3 LA SOMBRA QUE NO DESAPARECE
El silencio en la habitación del abuelo de Gael se volvió pesado y frío tras aquellas últimas palabras. El anciano había cerrado los ojos, respirando con dificultad, y no volvió a pronunciar una sola sílaba más. Gael se quedó sentado a su lado durante horas, sosteniendo su mano arrugada y delgada, repitiendo en su mente cada frase que había escuchado. *“Hay algo que encontraron en esas tierras, algo que no debe ser descubierto. Cuidado con quien confías…”*. No eran palabras al azar ni producto de la enfermedad: era una advertencia deliberada, incompleta por miedo, pero real. Y esa parte final —*“incluso con quienes crees que están de tu lado”*— le hizo pensar en todo lo que daba por hecho, en cada persona que se había acercado a ellos desde que empezó todo.
Al salir de la casa, el sol ya se había ocultado por completo. Llamó a Damián de inmediato, no para asustarlo, sino para contarle lo ocurrido sin omitir nada. Damián escuchó en silencio, y cuando terminó hubo una pausa larga antes de responder.
—Entonces no se trata solo de una pelea entre familias —dijo con voz seria—. Hay algo más. Algo que encontraron en esas tierras hace años y que ocultaron junto con la verdadera historia. Y esa persona que entró a nuestra casa… quizás solo quería los papeles, pero quien los envió sabe de qué se trata.
Acordaron encontrarse en un lugar público y concurrido, una cafetería del centro, donde nadie pudiera acercarse sin ser visto. Al llegar, Damián notó que Gael estaba más tenso de lo normal: miraba a cada persona que entraba, revisaba la calle por la ventana, y su aroma, normalmente cálido y estable, se percibía alterado, con un matiz de alerta que Damián reconoció de los días de huida.
—Mi abuelo no solía mentir —dijo Gael apenas se sentó, bajando la voz—. Si dijo que hay algo escondido en esas tierras, es verdad. Y si advirtió que no confiemos en todos… significa que alguien cercano a nosotros podría estar involucrado. Alguien que parece ayudarnos pero que en realidad vigila.
Damián sintió un escalofrío.
—¿Mi madre? —preguntó casi en un susurro, aunque le dolió solo de pensarlo.
—No lo sé —respondió Gael con sinceridad—. No quiero creerlo, pero tampoco podemos descartar nada sin pruebas. Ella nos entregó los documentos, sí… pero también pudo haber dejado la puerta sin cerrar bien para que alguien entrara y los robara. O tal vez no fue ella. Puede ser otra persona. Lo que sí sé es que desde que aparecieron esos papeles, alguien actúa rápido para borrar todo rastro.
Esa duda empezó a crecer entre ellos como una grieta invisible. No querían sospechar, no querían ver enemigos donde solo había ayuda, pero cada paso que daban revelaba que el engaño estaba tejido en todas partes. Decidieron no hablar de lo que sabían por teléfono ni por mensajes, y cuando se vieron con la madre de Damián al día siguiente, no mencionaron la advertencia del abuelo. Solo observaron: su forma de mirarlos, si preguntaba demasiado, si parecía aliviada o preocupada al saber que los papeles habían desaparecido. Ella se mostró consternada y asustada, dijo que no entendía cómo había podido ocurrir, y ofreció buscar más copias en otro lugar. Pero Damián notó que no le dio tiempo ni lugar preciso: solo dijo que intentaría y que les avisaría. Esa vaguedad no probaba nada, pero no le dio tranquilidad.
Mientras tanto, otra amenaza tomaba forma visible. En la ciudad empezaron a circular rumores nuevos, distintos a los anteriores: ya no decían que Gael había secuestrado a Damián, sino que ambos estaban involucrados en planes ilegales relacionados con las tierras del sur, que buscaban aprovecharse de secretos familiares para enriquecerse. Nadie mencionaba fuentes ni pruebas, pero la historia se repetía en conversaciones, en publicaciones que aparecían y desaparecían en redes, en comentarios que llegaban a oídos de personas que conocían. Alguien estaba construyendo una nueva mentira para desacreditarlos antes de que pudieran contar la verdad.
—Nos están atacando por todos lados —dijo Damián una tarde, mirando por la ventana de su habitación con expresión cansada—. Si hablamos, nos llaman mentirosos. Si callamos, parecemos culpables. No tenemos forma de ganar.
—No tenemos que ganar ahora —respondió Gael, acercándose para ponerle una mano en el hombro—. Solo tenemos que sobrevivir y guardar lo que sabemos. Quien miente necesita mucho ruido para tapar la verdad. Quien dice la verdad solo necesita tiempo y paciencia.
Pero la paciencia se les estaba acabando. Días después, el abuelo de Gael empeoró de golpe. Los médicos no encontraban una causa clara: su cuerpo se debilitaba sin que ninguna cura hiciera efecto. Gael pasó todo el tiempo posible a su lado, y en uno de esos momentos, cuando estaban solos, el anciano abrió los ojos y lo miró con una intensidad que no había mostrado antes. Con un movimiento lento y débil, le apretó la mano tres veces: una, dos, tres. Y luego repitió el gesto antes de soltarla y cerrar los ojos de nuevo. Gael no entendió en ese instante, pero al salir del hospital se detuvo en medio de la acera, con el corazón golpeándole fuerte: tres veces. Tres documentos. Tres lugares. O tal vez tres personas involucradas. No sabía aún, pero era una señal deliberada, un código que le había dejado para que no se olvidara de contar.
Esa noche, cuando se lo contó a Damián, ambos comprendieron que ya no se trataba de buscar respuestas sueltas, sino de encontrar un orden.
—Si hay tres partes —dijo Damián—, entonces hay tres pruebas escondidas. Y quien nos vigila solo consiguió una: la que le entregó mi madre. Faltan dos.
—Exacto —confirmó Gael—. Y mi abuelo me dijo con ese gesto que las otras dos siguen seguras. Solo tenemos que descubrir dónde.
Pero antes de que pudieran planear nada más, recibieron una noticia que los detuvo en seco: el padre de Damián había salido de la institución donde estaba bajo investigación. No estaba libre, todavía tenía restricciones, pero ya no estaba aislado. Y la primera cosa que hizo fue llamar públicamente a su hijo, diciendo que quería reconciliarse, que todo lo que había pasado era un malentendido y que Damián debía volver a casa para proteger su futuro.
—Es una trampa —dijo Damián sin dudarlo—. Lo sé. Pero mucha gente va a creerle. Van a decir que soy ingrato, que exagero todo.
—No importa lo que digan —respondió Gael—. Tú sabes lo que viviste. Y yo también. Pero ahora sabemos algo más: salió justo cuando empezamos a investigar las tierras. No es casualidad. Alguien lo sacó para que nos distraiga.
La situación se volvió más peligrosa cada día que pasaba. Tenían rumores en contra, amenazas silenciosas, una advertencia sobre quién confiar, una señal de tres partes que descifrar, y al enemigo original de vuelta en movimiento. Lo único que tenían claro era que no podían confiar en nadie sin estar seguros, y que cada paso que daban debía ser medido, callado y juntos.
Damián miró a Gael y sintió el peso de todo lo que cargaban: el pasado de sus familias, el presente lleno de ataques, y un futuro incierto donde la única certeza era que no les darían tregua.
—No vamos a poder descansar, ¿verdad? —preguntó con una tristeza que no era solo por ahora, sino por todo lo que había sido su historia.
—No —respondió Gael con honestidad, tomándole la mano con firmeza—. Pero tampoco vamos a estar solos.