La devoción de la Santa Duquesa fue una vez el faro de esperanza para su pueblo. Con un toque, curaba heridas y consolaba almas. Pero su mundo se derrumbó la noche en que su hermana, casada con el hijo del rey, fue falsamente acusada de envenenar a la hija de la concubina real.
Sus súplicas de clemencia fueron ignoradas. Su pueblo le dio la espalda. Y ante sus propios ojos, vio cómo su hermana perdía la cabeza.
Rota por el dolor, pero con una determinación de acero, la Duquesa se retira a su hogar ancestral. Mantiene una imagen impecable, serena y devota ante el mundo. Pero tras esa máscara de pureza, se teje una red de astucia y alianzas sagradas. No busca violencia burda. Busca desmantelar, pieza a pieza, a quienes la traicionaron, empezando por el mismísimo rey.
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Capítulo 15: El Abrazo de las Sombras
Lysandra apenas había dado dos pasos hacia la salida del cenador cuando una voz la frenó en seco. No fue un mandato imperial áspero ni un grito de indignación por su altivez. Fue una frase dicha con un tono tan rasgado, tan impregnado de un sufrimiento rancio y sangriento, que el aire helado del jardín pareció densificarse de golpe.
—¿Crees que eres la única mujer a la que la ignorancia de los hombres le arancó el corazón del pecho, Lysandra?
Lysandra se congeló bajo el arco de mármol. No se giró, pero sus hombros, tensos bajo la seda gris, delataban que cada una de esas palabras había impactado en su armadura.
—Yo también perdí al hombre que más amé en este mundo —continuó Elena, y el crujido de sus faldas al ponerse de pie resonó sobre la piedra—. Perdí a mis padres, perdí a mi estirpe y vi a mi familia ser reducida a cenizas mientras yo estaba demasiado lejos para salvarlos. Sé exactamente qué se siente al despertar por las mañanas y descubrir que el pecho te arde porque lo único que habita en él es un abismo que no se puede llenar con nada.
Un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa del mar recorrió la columna vertebral de Lysandra. La antigua Santa giró la cabeza muy despacio, clavando sus ojos azules en la figura de la soberana.
Elena Dragomir avanzó tres pasos hacia ella. La luz dorada del atardecer norteño se reflejó en sus pupilas. Por un segundo, la apariencia de reina benevolente y majestuosa pareció disiparse, dejando al descubierto a una criatura que había caminado por las profundidades del infierno.
—Mi esposo... la gente del continente lo llamaba "el Sabio" —murmuró Elena, y su mirada se volvió distante, enfocándose en un punto lejano del pasado—. Pero él no era un hechicero ni un conquistador. Él solo era un científico... un hombre brillante, de manos nobles, que inventaba cosas increíbles para hacerle la vida más fácil a los campesinos, para curar enfermedades con máquinas y plantas. Pero mi pueblo, cegado por el miedo y la superstición, tomó su brillantez como hechicería oscura. Lo tacharon de demonio.
La voz de Elena se quebró ligeramente, pero de inmediato recobró una dureza espeluznante.
—En aquel entonces, yo poseía la misma luz que tú llevas en las manos —confesó la Emperatriz, señalando con un dedo tembloroso las palmas de Lysandra—. Tenía magia sagrada. Me dedicaba a viajar, a llevar la paz y la salud a otros reinos cuando me llamaban, creyendo ingenuamente que el mundo era bueno. Y en mi ceguera... lo dejé solo. Cuando el rumor de la revuelta llegó a mis oídos y regresé al palacio, ya era demasiado tarde. Lo habían torturado. Lo ejecutaron como a un vil criminal en nombre de sus falsos dioses.
El silencio en el jardín se volvió asfixiante. Las fuentes parecían haber apagado su murmullo para escuchar el secreto de la viuda.
—Ese día, la luz que habitaba en mí se pudrió —dijo Elena, y sus ojos brillaron con un matiz carmesí, tan vívido y aterrador como los de Cassian—. Vendí mi alma a las sombras. Me llené de la oscuridad más oscuras y bebí la sangre de un demonio para obtener el poder necesario para vengar su memoria. ¿Te has preguntado alguna vez por qué mis ojos son rojos, Lysandra? ¿Por qué la linaje Dragomir lleva la marca de la bestia?
Lysandra sintió que la garganta se le cerraba. Mantuvo la mirada fija en la soberana, incapaz de articular sonido alguno.
—Mis ojos son rojos porque la sangre demoníaca infectó mi alma para siempre —reveló Elena con un susurro escalofriante—. Y mis hijos... Cassian y Safira... bebieron, y tuvieron la misma marca porque no tuve más opción que hacerlos beber de mi propia sangre corrupta para que no murieran siendo niños por la maldición que me perseguía. Y cuando tuve ese poder en mis manos... no dejé a nadie con vida. Maté a todo un reino. No tuve piedad con nadie. Quemé sus ciudades hasta convertirlas en polvo, masacré a sus nobles y arrastré las coronas de sus reyes por el barro hasta que mi sed de sangre quedó saciada.
Lysandra se quedó completamente paralizada. Las palabras de la Emperatriz no eran una amenaza ni una lección moralina; eran la confesión de un monstruo que alguna vez había sido un ángel. El mito de la "Viuda del Sabio" se desmoronaba ante sus ojos para revelar la tragedia de una mujer que había destruido el mundo para vengar a su amor.
El pecho de Lysandra subía y bajaba con agitación. Una tempestad de emociones contrapuestas hizo estragos en su interior: el asombro, la compasión y un terror sordo ante el reflejo del camino que ella misma acababa de emprender.
—¿Por qué... —consiguió formular Lysandra con la voz quebrada y la boca seca—... por qué me contáis todo esto, Emperatriz?
Elena recortó la distancia que las separaba. Se detuvo a solo un paso de la joven, mirándola con una intensidad que traspasaba la carne y alcanzaba el alma de la antigua Santa.
—Te lo cuento porque sé lo que es hacer justicia —respondió Elena con una dulzura dolorosa—. Sé la satisfacción destructiva que se siente cuando ves a tus enemigos suplicar por la vida que ellos mismos arrebataron. Pero también te lo cuento porque conozco el día después, Lysandra. Conozco el silencio que queda cuando la última cabeza rueda y te das cuenta de que la venganza no llena el vacío. No borra el dolor. No te devuelve la risa de tu hermana ni te regresa la paz que te robaron.
La Emperatriz levantó la mano con lentitud, sin intenciones agresivas.
—No voy a intentarte detener —aseguró Elena con firmeza absoluta—. Si decides quemar el reino de Mortemer hasta las cenizas, el Gran Imperio Dragomir marchará a tu lado. Tendrás nuestros ejércitos, nuestras espadas y nuestro fuego. No te juzgaré, porque yo hice exactamente lo mismo. Pero no quiero que camines por este infierno pensando que nadie en el mundo entiende la podredumbre que llevas dentro.
Un nudo sofocante se formó en la garganta de Lysandra. Durante semanas, desde el segundo exacto en que la guillotina cayó sobre el cuello de Elara, se había obligado a ser de piedra. Se había prohibido derramar una sola lágrima, convencida de que llorar era una debilidad que sus enemigos aprovecharían. Había congelado su corazón para no sentir la quemadura de la traición.
Pero ante la mirada comprensiva de aquella mujer que había recorrido la misma oscuridad, la grieta en su armadura se volvió insostenible.
Una sola lágrima, pesada, ardiente y traicionera, escapó del ojo izquierdo de Lysandra, resbalando lentamente por su mejilla pálida.
Elena no dudó. Con la delicadeza de una madre que consuela a su propia hija, alzó su mano y, con la yema del pulgar, le limpió suavemente el rastro de la lágrima antes de que cayera al suelo.
Acto seguido, la Emperatriz dio un paso más y envolvió a Lysandra en un abrazo cálido y firme.
El gesto tomó a Lysandra por sorpresa. Su cuerpo se tensó de inmediato; durante años, la gente solo la había tocado para rogarle milagros o para intentar arrebatarle su poder. Nadie la había abrazado simplemente por ella. Pero el calor maternal de Elena, el olor a rosas de invierno y la certeza de no ser juzgada quebraron la última barrera de su resistencia.
Lysandra apoyó la frente contra el hombro de la soberana. No rompió a llorar en sollozos descontrolados, pero sus manos se aferraron con fuerza ciega a las telas de terciopelo violeta de Elena, conteniendo el temblor que le sacudía todo el cuerpo.
—Aunque el mundo entero te haya dado la espalda, aunque tus propios reyes te hayan traicionado y la fe te haya abandonado... —murmuró Elena al oído de la joven, rodeándola con sus brazos y acariciándole el cabello de plata con infinita ternura—... en este palacio, entre las sombras de este imperio, jamás volverás a estar sola, Lysandra. Aquí tienes una familia que sangrará contigo si es necesario.
El viento del norte sopló sobre los acantilados, despejando las nubes del atardecer sobre el Palacio de Obsidiana. Y allí, en medio del jardín rodeado de rosas negras y piedra, la antigua Santa comprendió que la venganza que estaba por ejecutar ya no sería un acto de desesperación en la soledad, sino el rugido implacable de un imperio que había decidido cobijarla en sus sombras.
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Lysandra.
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Cassian.
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¿quieren la historia de la emperatriz?
Por eso muchas veces es mejor ayudar a un perro.