Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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Verdades que duelen, vidas que cambian
Elena caminó durante horas, abrazando a Milagros contra su pecho, protegiéndola del viento y del miedo, sabía que no podía confiar en nadie, pero también sabía que había un hombre que jamás la traicionaría.
Emiliano había estado allí, en el hospital, cuando Camila partió, ayudo a Camila a traer al mundo a la dulce Milagros, había visto dar su último aliento a Camila, había sostenido su mano por última vez, y había llorado en silencio el amor que le fue arrebatado, si alguien podía proteger a la hija de la mujer que amaba, era él.
Cuando llegó a su puerta, las piernas le temblaban y el llanto le ahogaba, al verla Emiliano salió de inmediato, con el rostro serio y la mirada pesada de quien no ha dejado de sufrir, ahora la recién nacida hija de su gran amor, se encuentra en los brazos de Elena, una buena amiga.
Había visto la vida de Camila apagarse entre sábanas blancas y el sonido constante de monitores, lo que no esperaba ver era a la pequeña criatura que Elena llevaba entre sus brazos, envuelta con cuidado, con los rasgos inconfundibles de la mujer que ambos amaron.
—Es la pequeña Milagritos —Susurra Elena, sin rodeos, al verlo acercarse. — Se llama Milagros, Luciano la llamó así, si hoy no hubiera huido con ella, Lourdes la habría borrado del mundo esta misma tarde.
Emiliano palideció al instante, pero no por duda, sino por la furia contenida que le recorrió el cuerpo, coge a la bebé con delicadeza, como si fuera lo más frágil del universo, y al verla, al reconocer en sus ojos cerrados la mirada de Camila, sintió que el dolor de la pérdida se mezclaba con una fuerza nueva, imparable.
—Me lo contó todo —Dijo con voz grave.— Sé lo que Lourdes es capaz de hacer, no la dejaré acercarse, conmigo Milagros estará a salvo, nadie la tocará.
— Gracias Elena, Gracias por arriesgarte. Camila, Camila estaría orgullosa de ti.
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Mientras tanto, en el departamento en donde había dejado a su hija, Luciano ingresa corriendo, con el presentimiento convertido en certeza dolorosa, recorrió cada habitación, llamando el nombre de la pequeña, con la voz quebrada por el temor, pero el silencio fue su única respuesta, encontró la puerta trasera abierta de par en par, y en el suelo, la manta que él mismo había puesto a su hija esa mañana.
Se dejó caer de rodillas, apretándola contra su pecho, y un grito desgarrador salió de su garganta, un sonido que vino de lo más profundo de su alma, donde el dolor no tiene nombre.
—¡Mi hija! ¡Dónde está mi hija! —Grita, saliendo de nuevo a la calle, buscando desesperado entre los transeúntes, como si el aire pudiera darle una respuesta—¡Milagros! ¡Papá está aquí, pequeña!
Pregunta a vecinos, a empleados, llamó a todos los conocidos, nadie sabía nada. El vacío que dejó Camila ahora se duplicaba, se triplicaba, con la ausencia de la niña que era su única razón de seguir adelante. Se sentía un fracaso: no pudo proteger a la mujer que amaba, y ahora tampoco a su hija, caminaba sin rumbo, con la mirada perdida, preguntándose qué clase de monstruo le haría eso a una bebé inocente.
Y en medio de esa tormenta, el teléfono sonó, era Lourdes.
—Luciano, amor.—su voz sonaba dulce, casi tierna, como si nada hubiera pasado.— Tengo que contarte algo maravilloso, algo que nos unirá para siempre.
—No tengo tiempo, Lourdes —responde él con rudeza, sin poder contenerse.— Milagros ha desaparecido, alguien se la llevó, si descubro que tuviste algo que ver, te juro que…
—¡No, no digas eso! —Lo interrumpe, fingiendo dolor— Pero escúchame, esto lo cambia todo, estoy embarazada, Luciano, Vamos a tener un hijo.
Luciano se detuvo en seco, como si le hubieran golpeado con fuerza en el pecho, el mundo se detuvo a su alrededor.
—¿Que? —Alcanzó a murmurar, sin dar crédito.
—Sí —Continua ella, con una sonrisa que podía escucharse en la voz— Nuestro hijo, fruto de esa noche en que nos unimos, ahora seremos una familia, cuando todo pase, olvidarás a esa niña, seremos felices, nosotros y nuestro bebé, nadie podrá separarnos.
Luciano colgó sin decir una palabra, lo dicho por Lourdes no le dio alegría, como ella esperaba, al contrario, le heló la sangre, algo en su interior le gritaba que ese embarazo no era casual, que llegaba justo cuando ella necesitaba asegurar su posición, cuando Milagros podía estorbar. ¿Sería posible? ¿Había planeado todo esto desde el principio?
Lejos de allí, Lourdes dejó el teléfono sobre la mesa y acarició su vientre con una sonrisa triunfal, no le importaba si Luciano la amaba o no, con ese hijo, lo tenía atado para siempre, si la otra niña aparecía, encontraría la forma de deshacerse de ella, nadie se interpondría en su camino.
En la casa de Emiliano, él seguía sosteniendo a Milagros, mientras Elena le contaba cada detalle de lo ocurrido.
—No podemos decírselo a Luciano.—Dice Elena con seriedad— No sabemos en quién confiar, Lourdes tiene ojos y oídos por todas partes
—Lo sé. —Responde Emiliano, mirando a la pequeña con devoción— Pero él tiene derecho a saber que su hija está viva. Cuando llegue el momento, se lo diremos, mientras tanto, aquí estará a salvo, yo cuidaré de ella como si fuera mía, porque Milagros vivió en ella, y mientras yo respire, nadie le hará daño.
Nota del autor:
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