En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 15
Seraphina se atrevió a extender su mano de nuevo, esta vez con la palma abierta, ofreciendo no un toque, sino una señal de paz.
—Os pido que me deis una oportunidad, Elara. Una oportunidad de empezar de nuevo. No como rivales, sino como hermanas. Podríamos… podríamos ser una fuente de apoyo la una para la otra en este lugar donde la confianza es tan escasa. Podríamos aprender la una de la otra.
Elara miró la mano extendida de Seraphina, luego sus ojos violetas, buscando alguna trampa, alguna señal de la vieja Seraphina. Pero solo encontró una expresión de sincero arrepentimiento y una extraña vulnerabilidad que nunca había asociado con la duquesa. La joven, que había sido criada en la simplicidad y la bondad, se sentía confundida por esta repentina y profunda revelación.
—Mi señora… no sé qué decir —murmuró Elara, sus ojos vagando por el jardín, como si buscara una respuesta en las flores—. Vuestro… vuestro cambio es… inesperado.
—Lo sé —Seraphina retiró suavemente su mano, sin presionar—. Y no espero que me creáis de inmediato. Vuestras heridas son profundas, y mis palabras pasadas fueron veneno. Solo pido… una oportunidad. Un acercamiento. Un comienzo. Si queréis, podemos hablar de todo lo que ha pasado, de vuestras preocupaciones. No os pido perdón, no si no lo sentís. Solo pido un poco de vuestro tiempo, de vuestra comprensión.
Se puso de pie, su expresión era ahora más digna, pero aún carecía de la arrogancia de la Seraphina original. Caminó hacia el rosal y cortó con delicadeza una rosa blanca inmaculada, la misma que había estado observando antes.
—Esta rosa blanca —dijo, ofreciéndosela a Elara—. Que sea un símbolo de mi intención. De pureza. De un nuevo comienzo. Sin espinas, si es posible.
Elara dudó, sus ojos fijos en la rosa. Luego, con manos temblorosas, la tomó. Sus dedos rozaron los de Seraphina, y la joven no se encogió. Había una belleza frágil y virginal en la rosa, y algo en el gesto, en el tono de Seraphina, que parecía genuino.
—Yo… yo la acepto, mi señora —dijo Elara, su voz un poco más firme. Sostuvo la rosa con delicadeza, inhalando su suave fragancia.
—Por favor, Elara. Llamadme Seraphina. Y si es posible, espero que algún día podamos vernos no solo como "mi señora" y "Lady Elara", sino como hermanas. Seraphina y Elara.
Elara levantó la vista, una pequeña y tentativa sonrisa asomando en sus labios.
—Seraphina.
La pronunciación de su nombre, sin el título formal, sonó como música para sus oídos. Era un pequeño, pero significativo paso.
—Ahora, si me disculpáis —dijo Seraphina, dando un paso atrás—. Sé que tenéis vuestro libro. No quiero interrumpiros más. Pero si alguna vez deseáis hablar, si tenéis preguntas, si necesitáis ayuda con algo en este castillo… no dudéis en buscarme. Mi puerta, y mi mente, estarán abiertas.
Seraphina hizo una pequeña reverencia, un gesto de respeto que la Seraphina original rara vez ofrecía. Luego, se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso por el sendero de grava, dejando a Elara sola con la rosa blanca y sus pensamientos. No miró hacia atrás. Quería darle a Elara espacio para procesar, para reflexionar sin sentir la presión de su mirada.
Mientras caminaba de regreso al castillo, Seraphina sintió una mezcla compleja de alivio y agotamiento. La conversación había sido tensa, emocionalmente exigente, pero había logrado su objetivo. Había plantado la semilla de la duda en la mente de Elara, había abierto una pequeña fisura en el muro de resentimiento y miedo que las separaba. No era una reconciliación completa, ni mucho menos, pero era un comienzo. Una puerta se había abierto.
"Ella es buena de corazón," pensó Seraphina. "Y vulnerable. Y está asustada. Justo como lo fue Seraphina en sus primeros años. Si puedo ofrecerle apoyo en lugar de antagonismo, quizás podamos forjar una verdadera alianza."
Llegó a su habitación, y Lily ya estaba allí, terminando de ordenar. La doncella la miró con una expresión inquisitiva.
—¿Lady Elara os ha recibido bien, mi señora?
Ella sonrió, una sonrisa genuina y un poco cansada.
—Ha sido… un buen comienzo, Lily. Un comienzo. Nos llevará tiempo, pero creo que hay esperanza.
Lily le devolvió la sonrisa, sus ojos grandes y azules brillando con satisfacción.
—Me alegro mucho de oír eso, mi señora. Es lo que vuestra madre, la difunta duquesa, siempre habría deseado.
El comentario de Lily tocó a Seraphina con una punzada inesperada. La madre de Seraphina. Una figura ausente, pero cuyo deseo de armonía familiar resonaba ahora en ella.
Se sentó en el tocador, y Lily comenzó a cepillar su cabello, con movimientos suaves y rítmicos. Se miró en el espejo. El rostro de Seraphina. Los ojos violetas. Ya no se sentía tan ajeno. La máscara de la duquesa orgullosa y fría había comenzado a agrietarse, revelando la vulnerabilidad y la humanidad que estaba inyectando en ella.
El camino por delante sería largo y lleno de obstáculos. Tendría que enfrentarse a su padre, al Duque Kaelen, a su madrastra y a su hermano. Tendría que navegar por las intrigas de la corte y aprender las reglas de la magia. Pero el primer paso, el más crucial, se había dado. Había extendido una rama de olivo a la heroína. Y la heroína, aunque cautelosa, la había aceptado.
La pequeña rosa blanca de Elara se marchitaría con el tiempo, pero la semilla de la esperanza, de una posible hermandad, había sido plantada en el corazón del ducado de Drakenburg. Y ella, ahora Seraphina, estaba decidida a nutrirla, sin importar lo que el destino original de la novela pudiera haberle dictado. Su nueva historia acababa de empezar.
Seraphina luego, fue a ver a los trabajadores de las minas, al regresar, había recibido una invitación a una fiesta del ducado Silverwood.